¡Lo que hay que leer! (Matilda vs Moby Dick)

Me hace mucha gracia la gente conservadora con los libros. Esa gente que dice que lo que hay que leer son los clásicos de toda la vida, y a ser posible cosas que no tengan nada que ver con el mundo actual ni de cosas que impacten. Para ellos un libro debe de ser tan bonito y dulce que estés todo el rato asintiendo con la cabeza y diciendo “este tío/a es lo que hay que leer”, esto es, diciendo cosas con las que todo el mundo estaría de acuerdo y que no requieren una reflexión profunda. Curiosamente de ese tipo de libros hay mucho que leer, también, curiosamente, todos ellos suelen ser escritura de autores masculinos, muy rara vez se nombra una autora, ni siquiera un homosexual, y si les dices Federico García Lorca te miran con caras raras. Es fácil identificarlas pues son esas personas que creen que la poesía es cosa de enamorados ¡y eso que tratar ligar con poesía es una enorme equivocación!

Debo confesar que de adolescente era de los que leía clásicos, hasta que descubrí la literatura de terror, después hice un parón y, pasado un tiempo, volví con libros más de nuestra era y de muy distintos géneros (hasta libros no ficción y de documentación). Actualmente no puedo leer casi nada que sea anterior a 1900, y es que contra más actual sea el libro, para mí mejor. Intento leer libros de diversos géneros y que tengan algo novedoso para mí, leer a alguien que no tenga nada nuevo que aportar, ni siquiera sea para pasar el tiempo, sólo para dártelas de culto y tal, lo veo una perdida de tiempo.

Mi principal problema con los libros clásicos es el contexto histórico, hay novelas antiguas que hay que leer teniendo la mentalidad de la época, si no, la cosa puede desembocar en algo bastante extraño. Incluso, una mayoría de las veces, es necesario haber leído antes y después opiniones de expertos sobre esas novelas, por lo que no es de extrañar que las asignaturas de literatura (en primaria, secundaria y bachillerato) sean muy necesarias para que un mínimo de dicha cultura general crítica no se pierda.

Como ejemplo para ello os traigo el fragmento de una novela, que pese a ser de 1851, es una novela muy citada, puesta en la cima de casi toda crítica, bastante religiosa y, debo confesar, que una de las mejores, ya que en mi adolescencia la llegué a leer varias veces. Hablo de Moby Dick de Herman Melville. Sin embargo el contexto cultural, social e histórico nos puede jugar varias malas pasadas, por ejemplo en este fragmento inicial del capítulo Un apretón de manos:

Esa ballena de Stubb, adquirida tan cara, se trasladó debidamente al costado del Pequod, donde se llevaron a cabo de modo normal todas esas operaciones de izado y descuartizamiento antes descritas, hasta el vaciado del Tonel de Heidelberg, o caja.

Mientras algunos estaban ocupados en esta última tarea, otros estaban empleados en arrastrar los toneles mayores, tan pronto como se llenaban de esperma, y, llegado el momento adecuado, esa misma esperma se manipulaba con cuidado antes de ir a las destilerías de que trataré en seguida.

Se había enfriado y cristalizado en tal medida que cuando, con otros varios, me senté ante una amplia bañera constantiniana de esperma, la encontré extremadamente condensada en bultos que flotaban acá y allá por la parte líquida. Nuestra tarea era volver a hacer fluidos esos bultos a fuerza de apretarlos. ¡Dulce y untuoso deber! No es extraño que en tiempos antiguos el aceite de esperma fuera un cosmético tan estimado. ¡Qué clarificador! ¡Qué endulzador! ¡Qué suavizador! ¡Qué delicioso reblandecedor! Después de tener las manos en él unos pocos minutos, notaba los dedos como anguilas y empezando, por decirlo así, a volverse serpentinos y espirales.

Yo, sentado allí bien cómodo, con las piernas cruzadas, en cubierta; tras el duro ejercicio del cabrestante; bajo un tranquilo cielo azul; con el barco navegando indolentemente y deslizándose con serenidad; yo, mientras me bañaba las manos en esos suaves y amables glóbulos de tejidos infiltrados, tejidos casi en esa misma hora, para romperse sustanciosamente entre mis dedos y descargar toda su opulencia, como las uvas plenamente maduras sueltan su vino, y mientras aspiraba ese aroma incontaminado, literal y verdaderamente como aroma de violetas en primavera, os aseguro que viví aquel rato como en un prado almizclado, y me olvidé totalmente de nuestro terrible juramento, lavándome de él las manos y el corazón en ese inefable aceite de esperma, y casi empecé a dar crédito a la vieja superstición de Paracelso de que el aceite de esperma es de rara eficacia para mitigar el calor de la ira, al mismo tiempo que, bañándome en ese baño, me sentía divinamente libre de toda mala voluntad, o petulancia, o malicia de ninguna clase.

¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana! Apreté aquel aceite de esperma hasta que casi me fundí en él: apreté ese aceite de esperma hasta que me invadió una extraña suerte de locura, y me encontré, sin darme cuenta, apretando en él las manos de los que trabajaban conmigo, confundiéndolas con suaves glóbulos. Tal sentimiento desbordante, afectuoso, amistoso, cariñoso producía esta labor, que por fin acabé por apretarles continuamente las manos, y por mirarles a los ojos sentimentalmente, como para decir: «¡Oh, mis queridos semejantes!, ¿por qué vamos a seguir abrigando resentimientos sociales, o conocer el más leve malhumor o envidia? Vamos; apretémonos todos las manos; mejor dicho, apretémonos universalmente en la mismísima leche y esperma de la benevolencia».

¡Ojalá pudiera seguir apretando ese aceite de esperma para siempre! Pues ahora, una vez que, por muchas experiencias prolongadas y repetidas, he percibido que en todos los casos el hombre debe acabar por rebajar, o al menos desplazar, su concepto de la felicidad inalcanzable, sin ponerlo en parte ninguna del intelecto ni de la fantasía, sino en la esposa, el corazón, la cama, la mesa, la silla de montar, el rincón del fuego, el campo, ahora que he percibido todo esto, estoy dispuesto a apretar la tina eternamente. En pensamientos de las visiones nocturnas, he visto largas filas de ángeles en el paraíso, cada cual con las manos en una orza de aceite de esperma.

Cualquiera puede ir a su biblioteca a buscar el libro o bajarlo de internet, ir al capítulo Un apretón de manos, y comprobar que es cierto que lo que acabo de poner pertenece a dicho libro. Puede que varíe ligeramente dependiendo de la traducción (en este caso se trata de la traducción de Jose María Valverde (Ed. Planeta)), por ejemplo en la traducción de Juan Gómez Casas (Ed. Santillana) es casi igual sólo que varía en cosas como que en vez de “[…]¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana![…]”, dice “[…]Así estuve, ¡estruja!, ¡estruja!, ¡estruja!, durante toda la mañana[…]”.

¿Os acordáis de la película Matilda (basada en la novela del mismo nombre) y de que el libro preferido de la protagonista era Moby Dick? Os aseguro que ya nunca volveréis a ver con los mismos ojos la escena del final de la película[1]. Esas sonrisas adquieren una imagen distorsionada y hasta pervertida. Pero tranquilos, seguramente a quién se le ocurrió la idea nunca llegó a leer Moby Dick entero, o por lo menos no se acuerda de ese capítulo. ¿O es que acaso Matilda sabía de antes lo que se hacía con el esperma de las ballenas y por eso no se escandalizó? Es más, ¿sabía Matilda qué era el esperma?

Moraleja: la literatura clásica no se puede leer sin saber ni entender la historia. Al contrario de lo que dice cierta gente de que la literatura clásica es lo que hay que leer sin necesidad de saber apenas historia. ¡Lo que hay que leer! ¡Como si eso fuera tan fácil! ¡Seguro que ellos todavía no la han leído!


Notas:
[1] Por si queréis ver la susodicha escena final en la cual comienza a leer el susodicho libro (porque traumatizarse todavía es gratis), aquí tenéis el enlace: Matilda – Melville’s “Moby-Dick”
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2 pensamientos en “¡Lo que hay que leer! (Matilda vs Moby Dick)

  1. Roaming Wolf

    Pero sí la misma novela de Moby Dick aclara que con “esperma” se refieren a la grasa del cachalote.

    Pésimo artículo xD

    Responder
    1. Griseo Autor de la entrada

      Mira que el texto lo escribí en noviembre del 2012 y he venido a mirar a ver dónde la líe parda. Pero no, no la líe parda y todo está bien. Pues el resumen de todo el texto es que no se puede leer Moby Dick (ni otros textos clásicos) sin cultura sobre el tema (sabiendo de detalles de la época como la historia, cultura, términos, contexto,…) de antemano, porque te puedes hacer un lío gordo al leer esa parte.

      Responder

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