Extinción

interior de una casa en ruinas
Lentamente se aleja, casi sin mirarla a la cara y le grita que no se lo diga a nadie, que lo que ha pasado es algo que debe quedar entre ellos. Ella dice un tímido que sí doloroso por tal de que se largue, y sí, se va.

Lo primero que hizo cuando se él se largó, fue llorar a lágrima viva. No sabía qué hacer, nadie ni nada le había preparado para algo tan horrible. ¿Qué debía de hacer? Tenía miedo y casi ni conocía a ese hombre, él sabía donde ella vivía, y ese tío tras esto podía ser capaz de todo. Pero él se merecía un castigo y ella una protección, porque ¿qué le aseguraba que no volvería él?

Así que llamó a la policía.

El proceso fue lo peor, el rememorar cada detalle. Pensaba ella que había sido una estúpida por no haberlo visto venir, pero no era de lo que cuentan en las películas. No era un tipo que se escondiera en un callejón con una navaja, lo cierto es que parecía hasta agradable, pero de repente cambió y… en la propia casa de ella. A él no le bastaba, él no se detuvo y lo que pasó fue doloroso. La trató como un trapo, la pegó cuando ella intentó detenerle y cuando ella no pudo defenderse, él fue a más y pasó lo que pasó.

A la hora de testificar no fue difícil recordar cada detalle, pero sí fue difícil contarlos sin llorar. Y luego las pruebas. Y luego firma la denuncia.

Por supuesto que él fue detenido y contó su versión de los hechos, el clásico ella me fue provocando y al final se dejó, las heridas se la hizo sola porque estaba bebida, y como buena borracha se inventa lo que no recuerda y tal y cual. Es cierto que ella estaba bebida pero no tan bebida como para caerse, y menos aún para no recordar algo tan horrible como lo que él hizo, o su amenaza antes de irse de la casa de ella. El análisis de alcohol en ella había dado una cantidad que certificaba que tan borracha no estaba, además que las pruebas médicas indicaban que los moratones y arañazos habían sido producidos. Por no hablar que él ya tenía antecedentes penales por delitos de agresión y violación.

Le retuvieron hasta que se celebrara el juicio. Ella sentía miedo y lo único que quería es que todo acabara de una vez, que se fuera él de su vida. Intentaba recuperarse de todo en un grupo de apoyo, pero resultaba que siempre había alguien que lo había pasado peor que tú, lo que hacía que tu drama no pareciera tal. Lo que causó que se sintiera incomprendida, por mucho que las miembros del grupo de apoyo dijesen que la apoyaban y que ese cerdo merece estar entre rejas, ella sentía como que su dolor sólo era de ella.

Ya apenas salía, y si lo hacía procuraba ser acompañada y a sitios que no fueran los de antes. Compro pestillos para cada puerta de su casa y los puso su padre por mucho que él se negara, argumentando que esto sólo le haría tener más miedo. Lo cierto es que ella había pensado seriamente en obtener una licencia de armas, quería una pistola o algo para poder defenderse. El spray de pimienta le parecía un arma poco eficaz, además de que tenía que acertar en la cara y tener las manos libres, lo cual no habría podido ser en aquel caso que le pasó.

Así que se decantó por llevar en el bolso una larga navaja, además del spray de pimienta. Ante los nuevos objetos optó por comenzar a usar bolsos más grandes que pequeños.

La verdad es que su aspecto estaba cambiando desde entonces, ya no se cuidaba nada, a penas comía (ni para ir sola al supermercado del barrio tenía valor) y se despertaba muchas veces por la noche. Después de una baja a la que había optado por todo este asunto (para recuperarse psicológicamente), había agotado casi todos sus días de vacaciones en el trabajo y estaba pensando seriamente en abandonarlo. Sus padres le habían dicho varias veces que debería mudarse ella una temporada en su casa.

Cuando se celebró el juicio ella no parecía ni ella misma. El pánico de ver la cara de ese hombre era más que evidente. Por muy esposado que estuviera y aunque pareciera en calma, le daba miedo.

Entre el miedo, los nervios al subirse al estrado y el tiempo que había pasado desde entonces (ya casi un año), le fue difícil recordar la historia. La narraba casi a saltos y se le escapaba algún que otro detalle importante.

Su abogado le dijo que estuviera tranquila. La policía daría la versión que ella dio en el acto, por no hablar de los testigos del bar y los ruidos y gritos que sintieron y escucharon los vecinos (los cuales aunque habían escuchado ruidos y se temían algo malo, no se atrevieron en aquel momento hacer algo por rescatarla). Todo completaría la imagen final.

El abogado le contó que lo de ella era algo habitual en las víctimas de crímenes como el suyo. Él le decía que había tener en cuenta, además, que algo tan traumático la mente tiende a olvidarlo, por no hablar que no solemos recordar tantos detalles después de tanto tiempo. Le decía que calma, que todo saldrá bien para ella.

Durante el proceso se acentuaron los problemas psicológicos de ella, y se pidió excedencia en el trabajo hasta que terminase el juicio. Sus jefes ya empezaban a estar hartos de su extraña conducta, pero su responsable más cercano les dijo que ella era muy buena trabajadora y muy responsable, pero que desde que pasó aquel suceso, no rendía tanto. Les dijo que en cuanto acabará el proceso seguro que ella comenzaría a sentirse mejor y retomaría su vida.

Al final volvió a vivir en casa de sus padres. Ellos ya ni se fiaban de lo que pudiera pasarle a su hija, para ellos estaba como loca y querían vigilarla bien, estar con ella en todo momento. Daba la impresión de que en cualquier momento podía agarrar aquella larga navaja que siempre llevaba en el bolso y cortarse las venas, o peor aún tirarse desde la ventana de dónde vivía.

Total ya todas sus amigas se alejaban de ella, en cuando a los chicos no podía acercarse a ninguno desde entonces. Tenía miedo. Seguía asustada.

Bajo su gran indignación a él le condenaron sólo a un año de cárcel. No podía creer que tan poco era para la justicia lo que ese cerdo le hizo a ella. Así va todo, se decía.

Bajo la indignación de todos, ella no quiso recurrir. No quería pasar por esto otra vez. Lo que más deseaba era recuperarse, porque ya comenzaba a darse cuenta de que ella no estaba bien.

Aconsejada por las pocas amigas que conservaba y por sus familiares, decidió dejar su trabajo y mudarse lo más lejos posible de dónde vivía. No quería que dentro de un año él pudiera ir a por ella tan fácilmente. El grupo de terapia le había aconsejado cosas como que intentará ir a los mismos bares para intentar superar su terror, lo cierto es que nunca lo hizo y ya no había tiempo para ello.

Lo cierto es que le costó asentarse en un nuevo sitio y a su nuevo trabajo, en una diferente provincia. A pesar de que era una provincia cercana. Le costó hacer nuevas amistades, es más le costaba confiar en alguien que no fuera otra mujer. Y las pocas veces que practicó sexo voluntariamente con algún chico que le gustaba ya no sentía lo mismo que antes.

No quería pensar en que un cerdo como aquel había destruido su vida, ni que había extinguido todo lo que había en ella, y se esforzó todo lo que pudo. Antiguas amigas la visitaban para apoyarla, ver qué tal le iba y sobre todo si mejoraba; incluso algunas se mudaron cerca de donde ella vivía.

Poco a poco, al final, logró recuperarse, aunque, en el fondo, ella ya nunca sería la misma.

Ella siempre cerraba el periódico cuando llegaba a las páginas de sucesos por si salía la cara de él.

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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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