La supuestamente divertida infancia

Comic de Matt Groening

De La vida en el Infierno de Matt Groening.
La nostalgia hacia la infancia es supuestamente divertida. Que narices, toda la infancia es una etapa supuestamente divertida. Nos reiremos de los malos momentos porque ya están bastante lejos, pero admitamos que fue una época que rallaba lo autoritario. Las edades de un solo dígito son para los adultos muy de que ignoren tu opinión o se rían de ella si contradice en algo la suya (en ocasiones con el añadido de un “ya lo entenderás cuando crezcas” o similares), y en pocos casos se trata de que razones el porqué estás equivocado/a. Los padres y los profesores eran una autoridad en sí a la que contradecir podía salir caro. Si había castigo, o no, era lo de menos, el problema era cómo afrontar callado/a la bronca.

Llevo dicha una cosa mala de la infancia: enfrentarse a broncas de los padres, el cual luego cambiaremos por afrontar las broncas de amigos o parejas o las broncas en el trabajo de los clientes o de los jefes. Hay más.

Vamos al tema del colegio. Resulta que: nada de moverse del sitio, el inicio de acostumbrarse al nefasto método de esforzarse en atender lecciones magistrales durante horas y horas, levantarse temprano por la mañana para acostumbrarse a tener sueño durante la semana, acostumbrarse a sillas y pupitres incómodos, llevar una mochila cada vez más pesada para hacerse con ese buen dolor de espalda que ya siempre te acompañará hasta el fin de tus días, aprenderlo todo de memoria (a pesar de que cuando seas mayor recordarás de ello una pequeña parte, lo suficiente para reírte de alguien, creyéndote varias veces superior a ese alguien que no se acuerde ese estúpido dato, en especial si ese/a alguien es candidata a miss de algún país o modelo), los deberes para quitar tiempo para jugar, más deberes para quitar más tiempo para jugar, esa clasificación por notas para que compruebes empíricamente cómo se puede ser un total capullo pero mejor estudiante que tú al mismo tiempo, siempre pedir permiso para hablar y esperar pacientemente tu turno sosteniendo el brazo con el otro hasta que te sueltan de malos modos un “¡QUÉ!”, el hecho de que si varios estudiantes fracasan parece que nunca fracasa el profesor ni aunque el número de alumnos fracasados sea elevado, esa asignatura que casi roza lo militar llamada educación física,…

Sobre los supuestamente amigos y compañeros, ay, esa clásica, descarada y cruel sinceridad infantil. Y el tema va a más si encima la autoridad paterna y familiar te insistían en que debías de tener buenas compañías para así poder conservarlas durante toda la vida, pero nadie cae que un/a niño/a no puede saber qué tipo de persona serán sus amigos/as en el futuro (ni siquiera un adulto podría), y ahora como es normal te revientan todas esas frases motivacionales del tipo “amigos de toda tu vida, los mejores”. Porque la realidad es que no son tantos los casos en los que se conservan amigos durante toda la vida, a menos que tú y tus amigos no hayáis cambiado casi nada de vuestra personalidad y ni os planteéis salir del pueblo dónde nacisteis, porque, en general, lo que suele pasar es que las personalidades y las situaciones varían a lo largo del tiempo.

A pesar de que maduramos, todo lo que te sucede durante la infancia no se queda en la infancia, sino que será recordado durante toda tu vida por los otros. No se puede presentar a los padres una nueva amistad o pareja sin tener ese miedo a que de repente saque a relucir alguna anécdota de la infancia o saque el álbum de fotos si la cosa se alarga. Respecto a esto, hay casos extremos de gente que afirman que tú siempre serás la persona que fuiste en la infancia, una idea muy cruel. Así si le sumamos a esto el tema anterior de “hacerse buenas compañías y conservarlas”, a pesar de que la cagarás como es lógico porque estás empezando, la infancia se convierte así en una etapa crítica, en la cuál lo que hagas para algunos será más importante que todos tus esfuerzos por tratar de no repetir errores durante toda tu vida. Por tanto, la única fórmula para triunfar en la infancia sería tratar de ser mediocre y sobretodo no destacar en nada.

Y las actividades extraescolares. En mi caso como mis padres no tenían dinero para más sólo me apuntaron a Karate, pero lo normal es que te apunten, además de a un deporte/arte_marcial, a un idioma y al conservatorio. Esto, junto con los deberes, supone la perdida definitiva de tiempo libre de lunes a viernes, y todo esto teniendo suerte de que tus padres no sean unos flipados del tipo “Mi hijo tiene que aprender a programar Visual Basic con cuatro años, que se le echa el tiempo encima y blablabla”. Luego es normal que más de uno/a no vea tan mal echar horas extras, total, las lleva echando desde que tenía cuatro años.

Dulces escondidos en la casa para que comas siempre sano. En la televisión te han quitado otra vez más los dibujos animados, es más los dibujos animados que normalmente puedes ver no suelen ser los que más te gustan porque coinciden con las horas que tus padres quieren ver la tele (“pero que muñecas/os más feos te gustan, hijo/a”) o la cadena ha cambiado la programación para emitir tenis o baloncesto. El animal de compañía que cuidabas acaba de morir. Te toca esperar un rato en el casa de los abuelos/tíos/vecinos/… a tus padres que han ido a un sitio que nadie te quiere decir y nadie sabe cuánto van a tardar y cuidado con seguir preguntando porque “¡pero quieres dejar de preguntar tanto y escuchar a la voz de la sabiduría contarte cómo es de dura la vida!”

Pero eh, que esos dicen que son los días más felices de tu vida. Recuerda que luego todo va a peor.

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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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