La trampa

El uno de febrero a las 21:16 me hicieron decir “heteróclito”.

Cada día a las 15:00 y a las 21:00 durante media hora debo decir delante de una cámara lo que me escriben que diga. No cavo en una mina, no construyo una pared, no limpio un edificio, no atiendo llamadas siguiendo un guión,… Sólo comunico siendo una cara visible más de la noticia. Digo lo que hay, digo lo que me escriben que diga, no puedo interferir en ello, lo que piense sobre ello no importa, lo que diga sin cámaras tampoco importa, porque lo que hago no tiene mérito alguno. Como pasa con todo ser vivo, en realidad soy dos personas: la más fácil de sustituir y la insustituible que sólo yo sé que existe.

El tres de febrero a las 21:27 me hicieron decir “malquerencia”.

Tu imagen y tu voz son lanzadas a los televisores y lo único que puedes hacer es seguir leyendo punto por punto, coma por coma. Y pase lo que pase sigue leyendo, lee bien, de forma natural y sin trabas ni interrupciones o vendrán los problemas y sin indemnización.

El cinco de febrero a las 15:17 me hicieron decir “fratricidio”.

Pensé al principio que debían ser ordenes de la dirección, ese clásico aviso de “vamos a por ti”, pero los guionistas decían que no sabían nada, ni siquiera recordaban haber escrito esas palabras. Antes de solía leer dos palabras antes de decirlas, ahora leo tres palabras y visualizo si la cuarta es la trampa. Pasé un día entero en la sala de los guionistas, vigilé cada cambio en el guión que realizó cada persona que accedió al ordenador, pero a las 15:24 de aquel siete de febrero las cámaras me hicieron decir “regicidio”.

Fuera quién fuese, el saboteador o la saboteadora era demasiado ágil. Si, al menos, fueran deportes el tema sería investigado con rapidez, porque en deportes las palabras del guión son casi siempre las mismas (manejo, esférico, toma, deportista,…) luego si hubiera pasado en esa sección el cambio habría sido demasiado brusco, pero mi sección se trataba de las noticias y sucesos, lo cual no era tan medido.

A nadie excepto mí parecía preocuparle/a. Lógico, sólo yo me jugaba el puesto, si en algún momento me trababa o paraba, nadie se fijaría en la dificultad de palabra, pero sí en mi error. Nadie podía salvarme de un Trending Topic, del un millón de visitas al vídeo de youtube con el momento estelar, de las imágenes eslogan con lo que cobro vs mi error, del puñado de comentarios y gifts jocosos y todo sin ningún tipo de misericordia. Lo peor no sería una línea negativa en mi evaluación ni un punto más a favor para que pise la calle. Lo peor sería ese esperar a que sucediese otro algo en TV que hiciera olvidar lo que dije, esperar a que la atención de un ente externo que en teoría es imposible de controlar se desvíe a otro punto condenando mi error al olvido, una espera que dura un promedio de tres días.

El catorce de febrero a las 15:24 me hicieron decir “natalicio”.

La situación se agravó el 16 de febrero a las 21:01 cuando la cámara me pidió que dijera cosas como “el puto optimismo del cabrón del presidente de gob…”. No dije las palabrotas pero mis compañeros las vieron en la cámara y sus caras se congelaron en ese instante. Toda mi parte del guión al completo estaba repleta de palabrotas, lo cual pensé que significaría con toda seguridad el despido de algún guionista y el fin de mi problema. Pero nadie fue despedido porque todas las modificaciones del documento hechas por los distintos autores indicaban que ni uno solo de los guionistas había escrito aquellos tacos.

Pero la cámara siguió dictando groserías al día siguiente. Alguien de arriba sugirió que aunque era un problema que estaban investigando, mi voz aquel día le daba un cierto tono atractivo a las noticias y no sé qué quiso decir con eso hasta el día siguiente. Porque para el día siguiente ya habían pasado tres días.

No paré de preguntar ni de quejarme, pero, como se suele decir en las grandes empresas, debía comprender que mi asunto no era lo más prioritario ni del mayor interés para la cadena. Porque, total, era algo que lograba evitar con un “tono atractivo” que sólo la dirección podía captar. Porque un problema sólo es considerado problema si el trabajo no sale adelante, si el trabajo sale adelante se trata sólo de una barrera más que el o la profesional debe ser capaz de saltar con habilidad. El paso, tan a la última moda, del problema colectivo al problema individual, ese pasar la pelota porque, total, gracias a ti, nunca pasa nada.

Así que las trampas siguieron y siguieron. Palabras difíciles de pronunciar en el discurso, palabras mal sonantes que había que saltarse, dejar el café y tomar una pastilla todas las noches para calmarme y poder dormir. Habían pasado tres semanas y ni yo ni nadie logramos descubrir quién era la persona que saboteaba mi parte del guión, comenzamos a pensar que era la misma cámara que había cobrado vida propia.

La cámara se conectaba a través de la red wifi corporativa con el ordenador. Era indudable que alguien estaba interfiriendo en la conexión, el quién y con qué objetivo no me importaban, porque lo que hacía no tenía mérito alguno. Cuando algunas líneas de mi guión comenzaron a desaparecer, los informáticos me dijeron que vigilarían la conexión, la aislarían y bloquearían todo acceso que no fuera del ordenador a la cámara y de la cámara al ordenador. Pero las trampas siguieron y siguieron.

Cambiar de cámara era una opción, pero resultaba que el equipo directivo quería deshacerse del problema sin coste alguno, así que me pidieron, si no era mucha molestia pero también siempre por el bien de la cadena para que no pudiera rechazar la propuesta, que memorizase el guión. Sin embargo la versión que los guionistas me imprimieron contenía las trampas y cuando fui a la sala de guionistas y puse mis quejas sobre la mesa, ellos abrieron el fichero y se lo encontraron así, modificado. Cuando tratamos de rellenar los huecos nadie se acordaba de qué frase había escrito y ni siquiera la edición del diccionario que teníamos poseía una definición para esas palabras difíciles que nadie sabía qué significaban. Así que, para las 20:00, los guionistas me presentaron un guión escrito a bolígrafo, pero la trampa me miró con esa sonrisa de sorna que tantas veces había visto en ese mes. Exclamaron “¡qué clase de brujería es ésta!” pero para los de arriba seguía sin pasar nada grave.

Cuando empezaba en una nueva cadena tendía a ver mi trabajo como sencillo e ideal. También es cierto que en esa cadena sólo llevaba un año, pero las peticiones de otras cadenas ya me resultaban tentadoras. Bastaba contestar un email o decir sí a una llamada para que toda trampa terminase. Y así fue, hasta que pasó otro año, la trampa volvió y dije sí a otra llamada. Siempre que me piden que me quede, que hay margen para negociar mejor salario o mejores condiciones, hago un esfuerzo para callar mi risa.

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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.