Ese ruido

Escuchas el sonido del metro parando en la estación, pero estás bajando por las escaleras tranquilamente porque sabes que en 5-7 minutos viene otro y, total, lo más largo es el trayecto no la espera (por no hablar que ya bajando a paso normal esas escaleras perderás dos minutos mínimo), sin embargo ves cómo un montón de gente corre desesperadamente por las escaleras para entrar a tiempo, como si les fuera la vida en ello.

Creo que ninguna otra imagen refleja mejor el “choque cultural” de las veces que he pasado por la capital. Sin embargo por las veces que he ido, si tuviera que elegir un inconveniente de la capital como el principal sería el transporte. Sí, muchos lugares están conectados, y sí, el transporte (pese a retrasos mañaneros) es rápido, pero las longitudes son tan largas y se pierde tanto tiempo. La verdad, nunca he podido visitar los lugares emblemáticos ni nada de eso, las veces que he ido allá no han sido de vacaciones, ni siquiera he tenido algún rato libre para eso, tampoco para salir de noche.

Me crié en una ciudad no muy grande pero siempre he sido alguien de ciudades y me siento cómodo en ellas. Me producen algo de intranquilidad, de sentirme como perdido, esos espacios demasiado abiertos en los que las opciones no se limitan a norte, sur, este y oeste. El completo silencio me desconcierta y, a veces, miro al techo y me entretengo apreciando los matices de cada ruido vecinal. Mis padres, en cambio, siempre han odiado toda clase de ruido, pero lo que realmente creo que les pasa es que sólo aprecian su ruido. Sin embargo, ellos pocas veces han necesitado hacer algo que requiriese concentrarse, en cambio muchas veces he necesitado concentrarme, y paradójicamente el ruido me ayudaba a ello, aunque fuera tener la radio puesta de fondo, aunque realmente no escuchara lo que decía la radio o la música que sonaba pero necesitaba de ese ruido.

El ruido de las calles en la capital es diferente, no es un ruido humano, es un ruido de coches por todas partes. Coches por todas partes, esas extensiones de la habitación en la que duermen los conductores de los mismos. Carreteras por todas partes, autovías por todas partes, transportes por todas partes. De alguna manera te recuerdan a las hormigas: salen, hacen lo que deben hacer, y vuelven a su hormiguero. Por otra parte nunca he llegado a ver la cara no industrializada de la ciudad.

Tal vez es que acá tendemos a dar confianza demasiado rápido, a eso de “llamarnos cabrones de broma” algo que desde niño poco o absolutamente nada me gusta, o tal vez sea también porque nuestra sociedad es algo cerrada[1], pero lo cierto es que también tengo ese síndrome del turista, el que causa que piense que las personas que viven allí son muy educadas, amigables y simpatiquísimas, pero en realidad lo que debe de pasar es que las personas con las que hablas necesitan de eso de hablar con alguien. Pobres diablos. Nadie confía, todo allí es el desapego, la rapidez, el concepto de la ciudad llevado al extremo, y no extraña que los movimientos de izquierdas allí suelan promulgar tanto con el apego, la confianza en el otro y de vez en cuando suelten ese “el día tiene 24 horas”. Pero hay tantos allí que votan a un partido que cuyo lema le falta ya poco para ser “vótanos porque has nacido para sufrir”.

Piensas en qué clase de futuro te esperaría allí si te quedaras a vivir, y aunque seas una persona que le resulta tan cómodo el desapego, prefieres no saberlo.


Notas:
[1] Mi gran problema con este mundo (ni idea si en otros lados de España también pasa, que es posible): el estado en sociedad perpetuo. Que si debes ser sociable por narices en todo momento (que si he ido con unos amigos/familiares/pareja, he hecho tal cosa con tales personas, he almorzado con compañeros/amigos/familiares/pareja,…), porque si no, pensaremos y diremos que eres raro/a, pero no seas sociable con nuestro grupillo excepto cuando nos conviene que seas sociable con nosotros, y si no lo eres cuando nosotros te decimos que seas sociable con nosotros pasarás a tener la etiqueta de borde para siempre. Esto es: con que una sola vez digas “no puedo porque…”, ya está, ya eres el/la borde (y cuidado con no dar una explicación de porqué no puedes), y si haces algo solo/a, ya está, ya eres el/la raro/a. Mi gran problema es que el que no te apetezca hacer algo junto a gente y quieras hacerlo tú solo (como viajar a un sitio cercano o pasear, por ejemplo) aquí es casi de un pecado capital. Y tanto hay muchas cosas que me gustan y a mi entorno no, como también hay cosas que prefiero hacer yo solo. Que para algunos/as será un drama enorme el hecho de almorzar solo/a, pero yo encantado, oye.
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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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