Cicatriz

Como aún no me dejaban entrar en las discotecas tampoco me dejaban pasar el bachillerato, pero eso no importaba porque de todas formas pasé un verano entero encerrado sin ir a la playa con nadie.

Con más de seis puntos en la parte baja del abdomen no puedes atarte los zapatos, ni siquiera puedes pensar en ir al baño sin ayuda. Esperaba que los puntos se cayeran en una semana, pero lo cierto es que tardaron un mes y medio. Los médicos decían que era normal porque aunque no tenía barriga se trataba de una zona complicada.

Mientras estaba ahí tumbado sólo pensaba en el día en que saldría de allí. Una de las cosas que también pensé fue en ese amigo que tenía y al que trataba de ayudar a superar su timidez, pensaba que ese año cumpliría su sueño de estar siempre en casa.

Recuerdo como su padre me decía “por qué no te lo llevas al cine con algunas amigas” con ese tono de aquel hijo alto de ojos azules que pasaba su vida encerrado en su cuarto. Solía pensar que nadie elige a alguien por casualidad, pero como una amiga quería conocerle una vez le dije que sí. Para agradecérmelo mi amigo se pasó toda la sesión pegado a mí, ella me miraba con un “¿qué está pasando?” y me concentraba por no mirarla con un “te lo dije”.

“¿Tu amigo habla?”, me preguntaban como quién pregunta si los perros ladran. “¿Es gay?”, me preguntaban mis padres como quién pregunta si tu perro muerde. Daban igual las explicaciones cuando cada cual tenía una imagen diferente de la situación y la mía era la de alguien que tira de una correa pero el perro no se mueve.

Le daba vergüenza salir a su calle a tirar la basura, por lo que jamás vino a verme durante aquellos meses de verano. No necesitaba estudiar porque el trato era que me aprobarían en cuanto cumpliera los dieciocho, pero él iba a repetir con toda seguridad. Los profesores odiaban su silencio y boicoteaban a todo aquel que se le acercara, llamaban a sus padres y les decían “Procure que su descendiente no se acerque a ése si no quiere que acabe mal”. Cuando les llamaron, los míos dijeron que en todo caso sería la mala influencia para él. Es entonces cuando sospeché que sabían lo de los discos.

En cierta forma hubiera tenido su lógica, poseía una enorme colección de discos de música que me habían regalado amigos que no tenían dinero para eso. Mi amigo, que lo sabía, me bajaba música de Internet, pero lo que me importaba no era la música y jamás podría entenderlo porque era demasiado tímido.

Dado que me había cansado hace tanto de ser el listo, hacer el tonto se me daba bien, pero en aquella cama lo más que podía era pedir por favor que alguien me ayudara a ir al baño. Al principio como no podía sentir nada de cintura para abajo tuve que vomitar tres veces para sacar del todo la anestesia. La primera de las veces que vomité fue cuando mi tío me hablaba de mi prometedor futuro porque le dije que nunca quería pensar en algo así. Lo único que quería era escapar de aquel antro de dolor.

Pero no había forma de escapar, si no me hubieran operado hubiera muerto y lo mejor era no mirar qué había realmente debajo de esas gasas.

Aún tengo la cicatriz y años después una novia que tuve me preguntó cómo me la hice, pero como dan igual las explicaciones cuando cada cual tiene una imagen diferente de la situación, para que no pensara en tiernos bebes con bultos le dije que me la hicieron en una pelea.

Tras la operación no volví a ver a mi amigo hasta que lo encontraron muerto. Me encontraba en la edad de dar tumbos entre conocidos y dejarse llevar por todo y me esforzaba en ello, algo que él jamás podría entender porque era demasiado tímido.

No se molestó en ni llamarme, meramente pasaba los días jugando a videojuegos y viendo series mientras una bandeja de su madre entraba en su cuarto con alguna de sus cuatro comidas diarias. Durante una ola de altas temperaturas su padre lo llevaba a regañadientes a una piscina y un día no salió.

A pesar de que todas las pruebas apuntaban a errores con la mezcla de la piscina, todos los actores implicados se las apañaron para que, como suele pasar, nadie se hiciera responsable de su muerte. Así que no lloré ni una lagrima pero apreté los puños lo más que pude.

Diría que siempre estará en nuestros recuerdos o que me acuerdo de él a menudo, diría otras mentiras, pero la verdad es que nunca más he vuelto a pisar la playa.

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Esta entrada fue publicada en relatos el por .

Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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