La buena letra

No era muy eficiente para la casa -no sabía cocinar, ni coser, ni planchar y era torpe cuando fregaba y lavaba-, pero se esforzaba por ayudarme. Nos llevamos mejor de lo que yo había pensado en un principio. Aprendía con facilidad cuanto yo iba enseñándole. Por la tarde, se sentaba a escribir cartas, y también en unos cuadernos en los que anotaba -según ella misma me contó- cuanto le ocurría a lo largo del día. «Pero, si, por suerte, no nos pasa nada», le decía yo, «¿de dónde puedes sacar tema para pasarte tanto tiempo escribiendo?» Nos reíamos las dos. Tenía una letra grande, hermosa, en la que las bes y las eles sobresalían como las velas de un barco.
Aprendí a admirarla. A que me gustara su ropa: los escasos vestidos que se había traído consigo, muy desgastados, pero de corte elegante, y los que la señora le regalaba cuando iba a Valencia, y que yo le ajustaba a sus medidas. También empezó a gustarme su capacidad para hablar y convencer a los hombres de cuanto ella pensaba que debía hacerse, incluso en el taller, donde había empezado a llevar las cuentas. Y envidié -aunque no dejaba de escandalizarme- el modo en que trataba a tu tío, a quien besaba y acariciaba en público.
Se ofreció a mejorar mi torpe letra, a cambio de que yo la enseñara a cocinar; a traerme de la capital frascos de perfume y cremas de maquillaje, a cambio de que yo la enseñara a coser. Me hizo un montón de promesas que a mí me ilusionaron. Pasamos muchas tardes sentadas junto a la ventana. Ella vigilaba mi caligrafía y yo sus puntadas irregulares. A veces, me leía algunos párrafos de lo que había escrito ese día en sus cuadernos. En ellos hablaba de que, al abrir la ventana de la habitación, la luz del sol la había emocionado, o de que el aire llegaba húmedo y olía a mar. Era como si tuviese unos dedos más largos que los nuestros y pudiera tocar aquello que nosotros no alcanzábamos.
Y a mí eso me parecía envidiable, como también me lo parecía -aunque desconfiase- que hiciera planes por sí misma, y no pensando en los otros; y que su tristeza o su alegría tuvieran vida propia y no dependiesen de cuanto había a nuestro alrededor, que era lo que yo creía que podía hacerme sufrir o alegrarme.
Una tarde me leyó algunas líneas: «Melancolía», decían, «en esta tarde calurosa sufro la tristeza de la soledad y el aburrimiento. Bovra es un vacío en el que me falta el aire». Cuando terminó la lectura, levantó la cabeza y se quedó mirándome. Ahora pienso que tal vez leyó aquellas palabras como una especie de prueba y que yo reaccioné con una ingenuidad que tuvo que defraudarla. «¿Por qué esa tristeza, Isabel, por qué escribir de soledad ahora, cuando empezamos a ir mejor, cuando estamos juntos?» Sonrió mostrándome esa tristeza que había escrito y cerró el cuaderno.

Cuando intentaba levantarse para ayudarme a preparar la cena, yo me negaba. Me parecía interrumpir con algo demasiado vulgar lo que ella hacía, escribiendo con un cuidado y una dedicación exquisitos. Ciertas tardes, me encerraba en su habitación y me mostraba los frascos de perfume que, al parecer, le regalaba su antigua señora, y que contenían esencias que olían a rosas, a jazmín, a clavel. Eran unos frascos tallados en cristal, preciosos, y ella me ponía con la yema de su dedo meñique unas gotas detrás de la oreja y me decía: «Esta noche va usted a volver loco a Tomás», y a mí me turbaba su lenguaje y también cuando me proponía cambiarme el peinado o que me pusiera alguno de sus vestidos y sus zapatos, pasados de moda, pero elegantes.
En un par de ocasiones disfrazó a tu hermana, y a mí me dio una sensación muy extraña: como si la niña fuera a escapárseme de las manos porque ella fuera a convertirla en una cualquiera. A tu hermana le prohibí que entrase otra vez en su cuarto, y yo me avergonzaba cada vez que la niña, de vuelta del colegio, nos encontraba a las dos allí dentro.
Cuando tu padre, tu tío y José volvían del fútbol un poco bebidos, y charlaban y se reían y hacían bromas en voz alta, se ponía de mal humor y me decía: «No puedo soportar toda esa vulgaridad, su chabacanería y su estúpida falta de ambición. Pero, Ana, ¿no se da usted cuenta de que nos están condenando a fregar cazuelas el resto de nuestra vida?» Yo no quería entenderla. Para mí, y después de todo lo que habíamos pasado, la felicidad era exactamente lo que teníamos, incluidos los sueños que el cine nos prestaba.

Cierta tarde, sonó con insistencia un claxon a la puerta de casa y salimos tu padre, tu tío y yo a la calle, para ver quién nos reclamaba. Resultó ser ella, al volante de un coche que, al parecer, le había dejado Raimundo Mullor. Venía muy excitada y nos invitó a subir, ante las miradas sorprendidas de los vecinos. Tu tío montó en el asiento de al lado y tu padre y yo nos quedamos en la acera. Tu padre miró con ojos turbios cómo arrancaba de nuevo el automóvil.
Así fui dándome cuenta de que ella había llegado a Bovra y se había instalado en nuestra casa con un propósito. Descubrí que ninguna de todas aquellas promesas de intercambio que me había hecho, y que tanto me habían ilusionado, le interesaban lo más mínimo, y que no tenía la menor voluntad de enseñarme o de aprender. Lo único que pretendía era convertirme en cómplice para escapar de un mundo que sólo había aceptado como primer escalón para llegar a otro que debía calcular y añorar a cada instante.
Quería que me maquillase, que me cuidase las uñas y que me atreviera a llevar sombrero. A veces me ha dado por pensar si no querría convertirme en una caricatura suya, en una muñeca boba con la que se podía jugar. Yo no le acepté aquel juego. Yo era ya una mujer, y me había trazado, o había encontrado, mi camino. Si no éramos cómplices, no podíamos ser más que enemigas.

Perdió el interés en hablarme, en ayudarme en las tareas de la casa, en proponerme esas cosas que yo miraba con miedo, pero también con esperanza. Poco a poco, me fue dejando ver que ella estaba encima de no sé quién ni de dónde, porque había venido sin nada, seguía sin nada, y todo nos lo pedía con una voz muy suave, que le cambiaba en cuanto lo había conseguido. Ya sabía que no íbamos a ser cómplices.
Algunos fines de semana íbamos a Misent. Intentaba ganarse a la abuela María con sus frascos de perfume y con esa dulzura que sabía poner en las palabras y que a mí me daba envidia y desazón. La tía Gloria le pedía que le dejase el sombrero y salía a pasear con él puesto los sábados por la tarde y estaba contenta como si al final hubiera conseguido que su hermano Antonio tuviese lo que ella había soñado para él. «Ésta sí que es una verdadera señorita», me decía orgullosa.
Yo callaba y asentía, aunque ya había empezado a sospechar cuál había de ser el desengaño de Gloria, su sufrimiento. No me equivoqué y mis sospechas se quedaron, pasados los años, cortas. Al poco tiempo, dejaron de venir con nosotros a Misent. Ella tenía que ver a sus familiares en la capital y, además, ponía como excusa misteriosas visitas y quehaceres. Cuando nos veía llegar a tu padre y a mí solos con la niña, la abuela María sonreía con amargura.
En la modesta despensa que teníamos empezaron a faltar la harina, el arroz, el aceite y el azúcar. Yo notaba las mermas en todo, pero prefería callarme, no decir nada, porque me imaginaba que ella les llevaba a sus familiares cuanto nos quitaba a nosotros. Por aquellos tiempos, comprendíamos esas cosas. En la capital era difícil conseguir casi nada, como no fuera a costa de mucho dinero. Y nadie teníamos dinero. Sin embargo, yo pensaba que lo normal hubiera sido decírnoslo tranquilamente en vez de tener que robarnos a escondidas. Me callaba, porque no quería que se enfrentasen tu padre y tu tío, a pesar de que sabía que ese enfrentamiento tenía que llegar.

A los robos siguieron las enfermedades. El médico le dictaminó a los pocos meses de vivir con nosotros una dolencia del estómago que le impedía comer lo mismo que los demás cada vez que el menú no era de su agrado. Esos días, ella se preparaba un puchero aparte, con una pechuga de gallina o un muslo, y verdura. Ya había perdido la costumbre de ayudarme en la cocina y ahora sólo esos días se acercaba para prepararse su comida especial. Tu hermana comía garbanzos con un poco de grasa de cerdo, o patatas, y miraba de reojo hacia las verduras y el pollo de los recién casados.
Sólo si la carne aparecía en la olla común comían con nosotros, pero entonces ella se volvía interesadamente servicial. Secuestraba la cazuela en la cocina y la ponía a su lado, sin dejarla llegar al centro de la mesa. Cogía el cazo y se encargaba de apartar las raciones, con lo que lo mejor se iba siempre a su plato y al de tu tío, que comía sin levantar la cabeza, avergonzado. Más adelante, empezaron a buscar excusas para comer en horas distintas a las nuestras. Cuando iban a Misent, se comportaban igual.
De repente, en la familia ya no éramos todos iguales: ellos dos habían mejorado su forma de vivir y vestir y nosotros nos habíamos vuelto más pobres. Y, sobre todo, como hubiese dicho ella en su diario, más mezquinos.

Con tu padre no me atrevía a hablarlo. Él tenía que darse cuenta, lo mismo que nos dábamos cuenta la abuela María y yo, pero callaba. Después entendí que, para conseguir callarse, se sometía a violencia y que eso empezó a hacerle un daño que acabaría por cambiarle el carácter. Cuando nos comunicó que estaba embarazada, y que el médico le había anunciado dificultades y le había impuesto un régimen severo, supe que aún iba a hacerse mayor la diferencia entre ellos y nosotros. No me equivoqué. A partir de ese día llegaban a casa huevos, carne y leche, a los que nosotros no teníamos acceso.

[…]

Hacía tiempo que ellos ya no vivían con nosotros. Por entonces se habían alquilado una casa elegante cerca de la plaza, con piano incluido. Iban todos los domingos a misa de doce y luego tomaban el vermut en el Casino. Tu tío formaba parte de la directiva del equipo de fútbol y asistía a los partidos desde la tribuna y ella había buscado una niñera para atender a tu prima y le había puesto una cofia. Organizaba reuniones en la casa. Recibía clases de piano, a cambio de tazas de té y lecciones de inglés que repartía entre las damas del pueblo. En Bovra se hablaba con sorna de las «reuniones de la mis».
José se había empleado en otro taller. Había continuado acudiendo a ver a tu tío todas las tardes, hasta que ella, en presencia de su marido, le dijo que hiciese el favor de evitar esas tertulias, que definió como «más propias de un cafetín que de una empresa seria». Paco, tu padre y él siguieron yendo al fútbol los domingos, aunque tu padre iba, cada vez más, a regañadientes, porque era en el campo de fútbol donde veía cada semana a su hermano y enfermaba de recuerdos. No soportaba divisarlo al otro lado del terreno, en la tribuna, vestido de traje y chaleco y ofreciéndole un puro a Mullor. Yo me acostumbré a no dirigirle la palabra el domingo por la noche. Ese día se acostaba sin cenar.

[…]

Tenía miedo de que el negocio de la muerte no le resultara rentable y, durante algún tiempo, se volvió mística, acudió a la iglesia, recibió a los curas en casa y llevó a cabo obras de caridad; de una caridad estrecha que, sin embargo, debía de parecerle meritoria, porque siempre ha pensado que la vida la estafa, no le da lo que se merece. Su caridad consistió en suavizar aún más el tono de voz y en regalar trajes viejos e inútiles y algunas monedas, todo eso perfecta y cuidadosamente anotado en sus diarios, como anota céntimo a céntimo sus gastos en libros de contabilidad.
No sé si incluyó en alguna de sus campañas de caridad las visitas que empezó a hacerme por entonces. El hecho de venir debía parecerle suficiente y no se sentía obligada a más, porque si yo le decía que, aunque me costase un sacrificio, quería que tú continuases el bachiller superior y que luego hicieras una carrera, ella me respondía que para qué ese sacrificio, si, con catorce años, un peón de albañil podía traerme un buen sueldo a casa.
Quizá también yo había empezado a poner en ti el rencor tozudo que puso tu padre, y me dejaba aplastar por el orgullo. Conseguí que pudieras salir de Bovra, que estudiases, y empecé a perderte. Durante las vacaciones te presentabas en casa con amigos que nos parecían lejanos, aunque ya el paso de los años nos hubiera igualado un poco a todos y los malos tiempos se hubiesen quedado en el recuerdo. A veces te veía escribir y, a mi pesar, recordaba aquellos cuadernos de ella. Pensaba: «La buena letra es el disfraz de las mentiras.»

Un trozo de La buena letra de Rafael Chirbes.

De dónde procedemos. Los engaños que traen consigo aquellos/as que vienen defendiendo la alta cultura como bandera. De por qué no hay que extrañarse de que los que se hacen llamar, con aires de grandeza, emprededores hagan cosas como tratar, sin remordimiento alguno ni cargo de conciencia, de apropiarse del “yo tengo un sueño” para su propio beneficio.

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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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