El pedir perdón

Por cuestiones de la vida, en el trabajo hemos tenido que esperar a un profesor de universidad para una reunión de un proyecto. El hombre vino una hora más tarde y nosotros estuvimos esperándole. Cuando llegó no se disculpó, y comenzó, siguió y acabó como si nada. Nadie, ni siquiera nuestros jefes, se atrevió a decirle nada, pero todos estábamos incómodos. Es curioso, pero nuestros jefes saben pedir perdón por el retraso, hasta los perros de alguna manera saben disculparse. Podría, al menos, haber sacado junto con la disculpa su historia de que está a tiempo parcial, o que mira, que si he tenido un problema con el coche o yo qué sé. Ya hasta el mentir por llegar tarde implica otra situación. Pero no, se trata de un profesor que sabe de empresas, se trata del poder de nunca haber pedido disculpas.

Esto me retrotrae a mi época de estudiante y comienzo a entenderle. ¿En qué época de estudiante he tenido algún profesor que se haya disculpado? Diría que en prescolar porque tengo la fortuna de no acordarme de cómo se comportaban los profesores en prescolar. No, las disculpas siempre nosotros y el piropo de “sus niños están bien educados” a los padres. Y cuando un trabajo estaba bien hecho “eh, mirad, compañeros de clase del chico/a, qué bien lo hace, ahora fíjate en estas pegas y tal”, pero al final ni un triste gracias.

Porque no es sólo que no saben pedir perdón, también se han olvidado de decir gracias.

La primera vez que trabajé fue repartiendo propaganda de academias, tampoco escuchaba gracias ni perdón de los profesores que eran propietarios de cada academia. En cambio, cuando trabaje de becario fue algo diferente. Ahí una vez escuché un gracias.

Una de las cosas más curiosas cuando comencé a trabajar fuera de la universidad fue escuchar tantos gracias y perdón. Sujetar la puerta cuando salías y veías que alguien iba a salir, sacaba de la boca de ese alguien un gracias. Cuando alguien iba a pasar entre un grupo de personas, ese alguien decía perdón y no se limitaba sólo a apartar con el brazo en el hombro o en la cadera de nadie. El mundo laboral tiene muchos puntos horribles y el malestar con los/as compañeros/as o con su mala educación puede venir de muchos lados, pero, al menos, ese mínimo lo cumplen.

Los/as amigos/as y ciertos familiares también dicen perdón o gracias, aunque a veces la confianza que, con el tiempo hay quién se toma, pueda hacérselo olvidar, pero, al menos, en los momentos cruciales lo dicen.

Realmente es curiosa la historia del pedir perdón y de su legendaria antigüedad. Es un hecho que parte de nuestra evolución y todo ese ser unos animales sociales para poder cazar y sobrevivir en comunidad, lleva consigo una evolución de esa cortesía y hasta a una cierta complejidad en la misma[1]. Ahí es cuando te explicas por qué ese mínimo suele cumplirse cuando trabajas.

Porque si hay que decir que estaba claro que el tipo era un muy capullo que se creía el puto amo y que los demás le importábamos una jodida mierda, se dice.


Notas:
[1] The History of I’m Sorry, Glenn Geher Ph.D. (Psychology Today, Mar 20, 2014).
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Esta entrada fue publicada en reflexiones el por .

Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

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