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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

El padre de Tyler Durden

Hay varias cosas muy divertidas al analizar el libro El Club de la Lucha, pero una cosa que me sorprende que poca gente pille a la primera del libro de El Club de la Lucha (a parte de que poco a poco se desvele que Tyler Durden no es un buen tipo, sino un cretino manipulador) y es el tema de la figura de El Padre. ¿Quién es ese padre que tantas veces aparece en toda la narración de El Club de la Lucha? Para eso tendremos tendremos que entender antes de qué va realmente El Club de la Lucha.

A Palahniuk le encanta hablar de sus libros, del por qué lo escribió y del sentido que tienen realmente éstos, sin embargo siempre se frena cuando le preguntan sobre El Club de la Lucha y suele dar largas diciendo básicamente que cada cual le dé el significado que quiera. Aún así años después de llegar a ser un libro tan famoso (mayormente gracias a su película) y llevar un par de ediciones, Chuck Palahniuk aclara bastante en su prólogo.

Piensen en la película Ciudadano Kane, y en cómo los periodistas sin cara y sin nombre del noticiario crean el marco necesario para contar la historia a partir de un montón de fuentes distintas.

Eso es lo que yo quería hacer. Aquella tarde de aburrimiento en el trabajo.

Así que para aquel coro – aquel «mecanismo tradicional» – escribí ocho reglas. La idea misma de un club de la lucha no era importante. Pero las ocho reglas se tenía que aplicar a algo, así que ¿por qué no a un club donde le pudieras pedir a alguien que se peleara contigo? Igual que en una discoteca le pides a alguien que baile contigo. O igual que desafías a alguien a una partida de billar o de dardos. Las peleas no eran lo importante de la historia. Lo que me hacía falta eran las reglas. Esos mojones anodinos que me permitirían describir el club desde el pasado y el presente, de cerca o de lejos, el inicio y la evolución, embutir juntos un montón de detalles y momentos, todo en el curso de siete páginas y SIN que el lector se perdiera.

Por entonces yo llevaba un tiempo con un ojo morado, souvenir de una pelea a puñetazos durante las vacaciones de verano. Ninguno de mis compañeros de trabajo me había preguntado nunca por ello, así que supuse que uno podía hacer cualquier cosa en su vida privada con tal de que te dejara tantos moratones que nadie quisiera conocer los detalles.

También por entonces yo había visto un programa de televisión de Bill Moyers que contaba que las bandas callejeras no eran más que jóvenes que se criaban sin padres, y que simplemente intentaban ayudarse entre ellos a hacerse hombres. Promulgaban órdenes y desafíos. Imponían reglas y disciplinas. Recompensaban la acción. Las mismas cosas que hacen los entrenadores o los sargentos.

También por entonces la librerías estaban llenas de libros como «El club de la buena estrella» y «Clan ya-yá» y «Coser y cantar». Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran. Para que se sentaran juntas y contaran sus historias. Para que compartieran sus vidas. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas.

Una novela así tendría que otorgarles a los hombres la estructuras y los roles y las normas de un juego – o una tarea -, pero nada demasiado sensiblero. Tendría que presentar el modelo de una forma nueva de reunirse y estar juntos. Podría haber sido el «club de construir graneros» o el «club de golf» y probablemente habría vendido muchos más libros. Algo que no resultara amenazador.

[…]

Para convertir el relato en libro, añadí todas las historias que mis amigos me podían contar. Cada fiesta a la que asistía me daba más material. Como la historia en que Mike mete trocitos de porno en películas para niños. Como la historia en que Geoff se mea en la sopa mientras hace de camarero de banquetes. Una vez un amigo mío me dijo que le preocupaba el que aquellas historias pudieran provocar que salieran imitadores, pero yo le insistí en que no éramos más que don nadies de clase obrera que vivíamos en Oregón y habíamos ido a la escuela pública. No se nos podía ocurrir nada que no estuviera haciendo ya un millón de personas.

[…]

En realidad, lo que yo estaba escribiendo no era más que El gran Gatsby un poco actualizado. Era narrativa «Apostólica», donde un apóstol que sobrevive cuenta la historia de su héroe. Hay dos hombres y una mujer. Y a uno de los hombres, el héroe, lo matan de un tiro.

Era una narración romántica clásica y antigua pero actualizada para competir con la máquina de café o el canal de los deportes.

Es un detalle importante lo del programa de Bill Moyers. Debido a ese programa Palahniuk estaba más motivado aún en buscar las reglas para contar una historia de niños sin padres con un gran líder en la banda. Tyler les muestra el camino, aunque ya al final del libro Tyler acaba siendo un cretino incapaz de estar ni medio segundo delante de Marla Singer, dejando mártires por el camino, amenazando a jefes de policías y asesinando a políticos para lograr su objetivo.

Yo viví con mi padre unos siete años, pero no recuerdo nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, establece una franquicia.
Lo que ves en el club de la lucha es una generación de hombres criados por mujeres.

El padre de Tyler Durden y del narrador era un cargo medio que llevaba una franquicia y trabajaba tanto que no veía apenas a su hijo. Era un hombre ocupado que no sabia quién era su hijo y nunca le dejó ninguna huella, dejando todo el trabajo de educación y cuidados a su pareja. Realmente no hubo una relación padre e hijo fuerte, o por lo menos al narrador no le dejó huella alguna, al contrario que su madre. Para colmo, pasados siete años sus padres se separaron, dejando a la madre sola con su hijo.

Mi padre nunca fue a la universidad, así que era realmente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: ¿Y ahora qué?
Mi padre no sabía qué responder.
Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: ¿Y ahora qué? Mi padre no sabía qué responder, así que me dijo: Cásate.
Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmente necesito es otra mujer.

Es importante ese otra ya que marca una relación bastante fuerte del narrador con su madre, a pesar de él vivir de forma independiente y tener un trabajo todavía la ve como alguien tan importante en su vida. Luego está el necesito que significa que sigue necesitando a su madre o que al menos siga presente.

Su padre, en cambio, sólo contacta con él por teléfono y es él quién tiene que llamar (parece como que su padre ni se acuerda de que tiene un hijo). Es un hombre sacrificado con su trabajo que nunca fue a la universidad y le sobraba con que su hijo fuese a la universidad y consiguiese un trabajo y una vida mejor que la suya, según la novela es evidente que su hijo logró un trabajo de clase media («En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos»). Aunque jamás su hijo apreciase el esfuerzo de su padre, ni aprecie su estatus social («Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he dicho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito. Así de mala puede volverse la vida. Mátame.») y eche en cara su falta de presencia. Así que Tyler en su figura de jefe tiene que ejercer del padre que nunca tuvo y el padre que quiso tener.

La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de semana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler contra qué había luchado.
Tyler contestó que contra su padre.
Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos.
[…]
La mayoría de estos tíos está en el club de la lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.

Al contrario que el narrador, Tyler luchaba contra su padre porque la ausencia de su padre dejó un vacío que no pudo llenar. Cuando Tyler conoce a Marla el personaje principal entra en una especie de miedo de perder a Tyler («Siempre, desde que fui a la universidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.»), y lo cierto es que la visión del protagonista con respecto a Tyler comienza a enturbiarse más.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se largó para establecer otra franquicia.
Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que el sexo se haga aburrido, o nunca te casarás».
Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cremalleras de nailon».
Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bordar en un cojín.
[…]
– Haz que Marla salga de casa – me dice Tyler -. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.
Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están enfadados. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.
[…]
Marla ha vuelto.
En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Tyler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desparece.
Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.
Marica.

Las discusiones en su casa eran algo tan normal que siempre sus padres se esquivaban. El narrador ve a Tyler como su padre, cosa que se acentúa más y más hasta el final del libro, el cual será el momento de vencer a Tyler, cosa que no logrará ni con reiterados intentos de suicidio. Tyler le hace prometer tres veces al protagonista (amenazándole de que jamás volvería a verle si no cumple su promesa) que jamás hable con Marla sobre él porque realmente Tyler teme a Marla, la ve una amenaza tan grande como para poder desenmascarar la verdadera identidad de Tyler. Algo que acaba sucediendo cuando el narrador llama por teléfono a Marla y ésta le confirma la verdad. Además, al final, gracias a Marla logra decidirse del todo en derrotar a Tyler.

Hay un detalle que diferencia mucho el libro de la película y es que Marla es un personaje con su personalidad, su historia, y sus sentimientos. No es un mero personaje secundario, sino un personaje que tiene un poder sobre el narrador y a quién Tyler teme.

– Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca conociste a tu padre, o si está el libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?
Es el dogma de Tyler Durden. […]
– Al final terminas pasándote la vida buscando un padre y a un Dios. – dice el mecánico.
» Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Puede ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.
Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indiferencia.
[…]
Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.
– Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo.

Dios es la figura del padre perfecto, y como padre perfecto te ignora a la perfección. Así que llamar la atención de Dios es llamar la atención de tu padre. Para Tyler, el hablar de Dios es hablar de su padre, y debe volverlo loco para que, al menos, se acuerde del nombre de su hijo.

El problema es que apreciaba bastante a mi jefe.
Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. A veces, encuentras ese padre en el trabajo.
Pero a Tyler no le gustaba mi jefe.
[…]
Quería dejar el trabajo. Le estaba dando permiso a Tyler. Vía libre. Mata a mi jefe.

Una vez más el simbolismo. Tyler mata al jefe del protagonista como un gesto más del odio a su padre y a un odio hacia todo lo que tiene que ver con la figura de un padre. Así Tyler se fortalece y la única figura paternalista que le queda al protagonista es Tyler.

En la casa de mi padre hay muchas moradas.
[…]
He visto a Dios detrás de un largo despacho de nogal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:
– ¿Por qué?
¿Por qué hice tanto daño?
¿No me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?
¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?
Veo a Dios tras su despacho, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.
No somos especiales.
Tampoco somos escoria o basura.
Simplemente, somos.
Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.
Y Dios dice:
– No; eso no es cierto.
Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede enseñar nada.

Con la frase «En la casa de mi padre hay muchas moradas.» comienza el último capítulo del El Club de la Lucha antes de contarnos que Tyler ha sido derrotado y el protagonista ahora vive en un psiquiátrico. De alguna manera el narrador ha vuelto con Dios y al camino marcado por los padres (siendo el psiquiatra la representación de Dios, el padre perfecto) al empezar a vivir en el psiquiátrico, esa casa del padre con muchas moradas.

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Fragmento de El tiempo regalado (Un ensayo sobre la espera) de Andrea Kohler

Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida, y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso. La prohibición de moverse ha sido siempre prerrogativa del poder patriarcal. El que nos hace esperar nos ata a un lugar. Esto ya era así en el paraíso, violar este mandamiento nos acarreó la expulsión. Cuando esperamos a alguien, experimentamos siempre, como si fuera la primera vez, que uno no se puede marchar sin ser castigado; y si a pesar de todo lo hacemos, se nos impedirá el regreso. Todo confinamiento se caracteriza por la retirada de esa disposición que uno tiene sobre los propios ritmos y espacios. La cárcel es el lugar en el que hasta el interruptor de la luz obedece a otro dedo. El carácter totalitario de las medidas disciplinarias que enajenan al preso de cualquier segundo y de todo movimiento lo analizó en detalle Michel Foucault en Vigilar y castigar. En el contexto militar, donde a menudo la espera entraña un alto valor estratégico, el frente de batalla consiste a menudo en una exasperante inactividad. Quizá por eso se castiga con la pena de muerte la deserción en tiempos de guerra.

De forma que condenar a esperar es una maldición, y el que condena nos tiene en su mano. Alguien —una persona, una institución— nos está imponiendo una medida temporal ajena, y lo más angustioso es que el tiempo que percibimos lo dirige otro. La espera es impotencia, y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse al mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce. Ahí está, esperando como el que recibe una tunda. Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza en la espera.

No por nada la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales. El despacho es la auténtica antesala de la modernidad. Aquí el sinsentido de la espera se vierte como un veneno en el sistema nervioso del que aguarda. Siegfried Kracauer ha descrito en un texto sobre las oficinas de la administración berlinesa de desempleo en los años treinta el efecto desmoralizador de las salas de espera públicas: «Aquí la pobreza se entrega a su propia contemplación. Bien se ufana con manchas bien visibles y trapos, bien se retira, con burguesa vergüenza, a un rincón. […] Si en uno de sus extremos es capaz de cubrirse, es seguro que en otro destacará con mayor furor. […] Y así, expuestas a un contacto directo, las personas sentirán una redoblada opresión en la espera. Buscan pasar el rato de todas las maneras imaginables. Pero hagan lo que hagan, el sinsentido no les deja en paz […] Los mayores quizá terminen reconciliándose con la espera como con un compañero; mas para los jóvenes parados es un veneno que los va taladrando lentamente».

Cierto que hoy la situación de los parados es distinta a la de entonces, pero sigue siendo verdad que la irradiación de estos espacios oficialmente uniformes refleja las condiciones sociales predominantes. Kracauer los llamaba «sueños de la sociedad», jeroglíficos cuyo descifrado deja al descubierto la «base de la realidad social». Todo lo negado, todo lo que se ha barrido bajo la alfombra, saldrá finalmente a la luz. El que espera en las antesalas de la administración es mejor que no sepa con qué o con quién se las tiene que ver.

Siempre se percibe en estos espacios la sensación de que se trata de domesticar al que espera: el mobiliario gastado, la desnuda luz de neón, números que te asignan un lugar exacto en la cola, la acre transpiración del suplicante. Esta deprimente arquitectura para peticionarios de todo color dicta también la triste realidad de estos asilos y campos de tránsito en los que la espera de un futuro mejor no es más que un ínterin entre huida y expulsión. Y aunque tales escenarios comiencen a ceder ante el diseño frío que imponen las sociedades de servicios, sobre los pasillos de linóleo permanecerá siempre el rastro de esta larga historia de la demora burocrática. En ellos anida la oscura esencia de la espera.

Este tiempo absurdamente perdido en el laberinto de la burocracia lo asió en primer lugar Kafka en una metáfora existencial. Su carácter masivo, capaz de atrapar una vida y un cuerpo, se fija para siempre, como emblema de la modernidad, en la figura del empleado de seguros Gregor Samsa convertido en escarabajo. El horror del que despierta es el contrapunto de esa ensoñada búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust. «Durante mucho tiempo me acosté temprano» — «Al despertar una mañana, tras un sueño inquieto, Gregor Samsa se encontró convertido en un monstruoso insecto», rezan las frases iniciales de dos empresas literarias radicalmente distintas: una vende su alma al pasado, la otra, a la inutilidad. Proust y Kafka son nuestros testigos privilegiados de la transición hacia el tiempo acelerado, y Franz Kafka es el primero que enjuicia en sus novelas al hombre administrado. El hombre que dilapida su vida ante una puerta en la célebre parábola «Ante la Ley» —retenido únicamente por un cargo menor, o por su propia pusilanimidad— de la novela El proceso es el medroso hombre de la era moderna. «Déjalo», tal el horror de su final, ante el cual decae toda expectativa.

«Ante la Ley hay un guardián. A este guardián le llega un hombre del campo y le ruega que le deje entrar en la Ley. Pero el guardián le dice que no puede entrar aún. El hombre reflexiona y pregunta si, entonces, podrá entrar más tarde. “Es posible”, dice el guardián, “pero no ahora”. Como la puerta de la Ley está abierta como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se asoma para mirar por la puerta al interior. Cuando el guardián lo ve, se ríe y dice: “Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: soy poderoso. Y solo soy el más humilde de los guardianes. Sin embargo, sala tras sala hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar ya la vista del tercer guardián”. […]

»El hombre de campo no había previsto aquellas dificultades; la Ley, piensa, debería ser accesible siempre y para todos, pero cuando mira con más atención al guardián, con su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda y su barba tártara escasa y negra, prefiere recibir autorización para entrar. El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años.»

El guardián, que para el «campesino» que no reconoce cuál es su situación llega a convertirse en el pilar de la espera, es el ángel caído que frustra su regreso al paraíso burgués proustiano: «El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para su viaje, lo utiliza todo, por precioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero al hacerlo dice: “Lo acepto solo para que no creas que has dejado de intentarlo todo”. Durante todos esos años el hombre observa casi ininterrumpidamente al guardián. Olvida a los otros guardianes, y ese primero le parece el único obstáculo para entrar a la Ley. […] Finalmente, su vista se debilita y ya no sabe si realmente se ha hecho más oscuro a su alrededor o si solo lo engañan sus ojos. Sin embargo, percibe ahora en la oscuridad un resplandor que brota inextinguible de la puerta de la Ley. No vivirá ya mucho. Antes de su muerte, todas las experiencias de todo ese tiempo se acumulan en su cabeza en una pregunta que hasta entonces no ha hecho el guardián […]: “¿Qué quieres saber aún?”, le pregunta el guardián. “Eres insaciable.” “Todos ansían llegar a la Ley”, dice el hombre, “¿cómo puede ser que, en todos estos años, nadie más que yo haya solicitado entrar?”. El guardián se da cuenta de que el hombre se está muriendo y, para hacer llegar las palabras a su oído, que se va perdiendo, le grita: “Por aquí no podía entrar nadie más, porque esta entrada te estaba solo a ti destinada. Ahora me iré y la cerraré”.»

Esta parábola, que entraña lo principal de la novela El proceso, constituye un alarde sobre la espera que se agota en sí misma. Como los héroes de los laberintos inexplorados de Kafka, atisbamos ese brillo a lo lejos y no nos atrevemos a seguirlo, porque los mil pequeños obstáculos que se interponen nos parecen tan poderosos como al campesino el guardián. Solo llegamos a ver la realidad cuando ya es tarde; el que lleva toda una vida esperando comprende al fin: «Esta entrada te estaba solo a ti destinada». Medio siglo después, el poeta americano Robert Lowell recoge este tope de nuestro horizonte de espera en la expresión: «La luz al final del túnel es la del tren que se nos viene encima».

La cultura del videoclip

“We take our music really seriusly, but music videos? They’re commercials. They’re candy commercials.”
(Dave Grohl cantante de los Foo Fighters y exbatería de Nirvana en el documental Foo Fighters: Back and Forth)

“They took the credit for your second symphony / Rewritten by machine on new technology / And now I understand the supernova scene / I met your children / What did you tell them? / Video killed the radio star”
(Video Killed the Radio Star de Bruce Woolley)

Este texto comienza cuando oí de pasada cómo dos compañeros de trabajo hablaban sobre una canción, uno le decía que ya había escuchado la canción mientras que el otro le contestó “pero la canción no, tienes que ver el videoclip”. Este texto no trata tanto sobre música, sino sobre cómo nosotros nos hemos convertido en el videoclip.

La historia del videoclip es casi tan antigua como la historia del rock, ya entre 1920 y 1930 estaban las primeras piezas video-músicales creadas con fines artísticos, en 1940 Walt Disney creó la película Fantasía y luego a finales de los años 1950’s tenemos los famosos videoclips de Elvis, tuvimos videoclips de The Beatles en los años 1960’s, en el 1975 tenemos el famoso videoclip moderno con efectos especiales más parecido a lo que conocemos hoy día que vino con Queen y su Bohemian Rhapsody, Pink Floyd ya hicieron algún que otro experimento en 1970’s, y en los 1980’s tenemos dos grandes hitos en la historia del videoclip: la aparición de la cadena de música, y fabrica del videoclip cada 24 horas, la MTV (la cual el primer vídeoclip que emitió fue Video Killed the Radio Star versionada por The Buggles, citada al principio del texto) y la banda Pink Floyd creó la mítica película de The Wall (casi sin diálogos, todo música y vídeo, un videoclip de todo el disco).

Ahora viene lo curioso. Después de la década de los 1980’s no hay ningún hecho destacable en la historia del videoclip hasta mitad de los 2000’s cuando apareció YouTube y Google Vídeo, plataformas en las cuales una enorme cantidad de usuarios se dedicó a subir videoclips y éstos a subir en visitas hasta el punto que a finales de dicha década las propias compañías de discos acaban optando por subir los videoclips ellas mismas a YouTube (visto que no podían detenerlo, por qué no hacerlas ellas mismas, ya sea la propia discográfica o el canal de Vevo). Y aquí es dónde comienza el melón que vamos a abrir.

Nunca hemos consumido tantos videoclips como hoy día. En la era de antes de YouTube los que veíamos videoclips eramos unos cuantos pringaos y frikis de la música, tanto que eramos capaces de tragarnos la mercadotecnia de la lista de Los 40 Principales que el Canal+ emitía en NO códificado, tanto que incluso llegábamos a grabar los de las canciones que nos gustaba porque seguramente a la siguiente semana no estarían allí. Normalmente cada banda llegaba a un máximo de tres videoclips, solía pasar que si veías los tres y te gustaban, acababas comprando o descargando el disco. Antaño para ver un determinado videoclip o esperabas a que saliera en televisión o, si lo tenías grabado, buscabas en la cinta VHS en qué parte estaba y lo veías (normalmente ya de paso veías varios antes y después). Hoy día basta con una conexión a internet para buscar un videoclip en concreto en cuestión de segundos y verlo. Además tras ver el vídeoclip puedes descubrir más videoclips parecidos en las recomendaciones.

Como veréis en los 2000’s se ha llegado a un cambio muy grande en la historia del videoclip y se ha tenido muy poco en cuenta. Si la MTV era, por entonces, el demonio por hacer consumir a sus televidentes (y además pagando) lo que en realidad son anuncios musicales de discos las 24 horas al día, YouTube es el mismísimo diablo. Dave Grohl de Foo Fighters tiene mucha razón cuando decía a la mitad del documental de Foo Fighters: Back and Forth que no se toman en serio los videoclips porque, en síntesis, los vídeoclips son como meros anuncios de chucherías, y después de ello otro miembro de la banda burlarse de las parafernalias egocéntricas de los vídeoclips (melenas al vuelo y esas cosas). Pero si lo son ¿por qué ese compañero mío de trabajo insistía en que el videoclip era lo importante y no la canción? ¿Hemos llegado acaso a un punto en la que los anuncios son más importantes que la película? Podría ser.

Lo mejor es que no sepáis cuánto dinero ganaban los Foo Fighters mientras se emitía este videoclip tan de escaso presupuesto, pero fue tanto dinero que nadie reconocía al cantante como el que fue el batería de Nirvana.

De cara a los consumidores los anuncios son la cara más dura del capitalismo, se trata de romper la coraza que te impide a comprar el producto y crearte una necesidad, y debido a la gran cantidad de trastos inútiles que nos rodean, hoy día para crearla necesitan crearte una emoción, un vínculo que logre que te hagas tan fan de ellos, como fan se hacen de Apple ciertos consumidores de la manzanita (aprovecho aquí para añadir: Steve Jobs cabrón, para una sola cosa de que inventaste – el no buscar consumidores, sino fans – y nos ha jodido tanto).

En la música el factor emocional es crucial. Debe ser La Canción Que Tú Descubriste, debe ser El Disco Crucial Que No Te Perdiste (y que algún día se lo pondrás a tus hijos con cierta sonrisa), debe ser La Banda de Tu Vida, deberá de ser El Concierto de Tu Vida. Es crucial que la primera canción que oigas sea un temazo en toda regla que te haga levantar de la silla, una flecha de Cupido directa a tu corazón. Pero hay un problema: hay muy pocos estilos musicales que sean tan comerciales para ello, y los pocos que hay están agotados. Hoy día nos queda más que claro que toda música comercial suena a lo mismo que la canción comercial anterior, la originalidad que trajo consigo la música electrónica (tanto la comercial como la no comercial) fue demasiado grande, aún hoy día se está descubriendo y todavía no se ha podido superar.

Tengamos claro que no es que “ya no se hacen canciones como antes” (siempre, en todas las épocas, han habido canciones horrendas y canciones fantásticas), eso no es lo que sucede, lo que sucede es que estamos en un momento de la música comercial que está colapsada. En YouTube juegas con un mercado musical global, cada día hay cientos de vídeos y de artistas por todo el mundo y cada persona tiene un perfil musical diferente que le hará saltar un vídeo u otro. ¿Cómo se puede destacar ahí? A base de soltar pasta en el videoclip. Da igual que el estilo musical, sea el rock o metal más garrulo, el cantante pop más empalagoso o, incluso, la canción para echarse unas risas que no pareca ni música, o haces que sea espectacular el videoclip, casi una película de cinco minutos, o haces el ridículo más espantoso, o lo que sea pero que llame la atención a toda costa. Ya no sólo tienes que competir con Like a Prayer de Madonna, ni con Thriller de Michael Jackson, ya tienes que competir también con elrubiusOMG jugando al Fortnite. Ya es demasiado tarde para competir en calidad, hay que lograr el posicionamiento a base de sacar material que atraiga desde el segundo uno como churros (y más ahora que hay previsualización de vídeos en las búsquedas de YouTube).

La música es un mercado capitalista duro y lo que ha pasado con los videoclips no deja de ser un caso particular del capitalismo en internet. Cuando en La salvación del alma moderna Eva Illouz habla sobre el capitalismo emocional (como en casi todos sus magníficos libros) una de las cosas que dice es que «El capitalismo emocional ha reordenado las culturas emocionales, llevando el yo emocional más cerca de la acción instrumental». Esto explica el porqué el videoclip (que no deja de ser un anuncio de chucherías) puede llegar a ser más importante para alguien que la canción, que el disco o que la banda. Es decir, la sociedad actual ha transformado nuestras emociones, y juegan con ellas para que consumamos, y si los sentimientos son bienes de consumo y los bienes de consumo nos llevan a la creación de emociones (por ejemplo, a la felicidad o al amor romántico perfecto, que son de los más demandados en la publicidad), si tenemos en cuenta que, sobre todo en la web, la imagen puede llegar a ser más impactante que el audio, lo más fácil es que la imagen nos cree la emoción y el audio dé casi igual. Al final, como estamos en la era del capitalismo emocional, lo importante es el anuncio que transmite la emoción que se necesita para el público al que hay que llegar, no es importante el producto.

En una era en la que no se venden discos (salvo los frikis del vinilo que son una minoría para darles de comer aparte), y los conciertos cada día más caen en picado ante el presente auge los festivales, para ser una banda popular hay que destacar mucho. No hay otra manera que caer en la cultura del videoclip hasta el punto que nosotros somos el videoclip que ellos necesitan alcanzar para conseguir el éxito.

Así como tenemos a miles de personas viendo a youtubers que juegan al Fortnite (lo nombro mucho porque sé que es un juego muy popular, pero no tengo ni idea de qué es el Fortnite ni me interesa, la verdad) porque ellos juegan al Fortnite y son fans de dicho juego o porque es divertido verle jugar al Fortnite, tenemos a miles de personas viendo videclips en YouTube por el mismo motivo.

En una otra vuelta de tuerca más al “¿eres lo que consumes?” dejo ahí la idea de empezar a tener en cuenta el que logremos ser capaces de separar la música del videoclip tal como se suele separar a Pantera de que su cantante es un nazi de mucho cuidado. A veces escuchar la canción sin el video sigue siendo una pasada (y cuando eso sucede es toda una alegría), otras el vídeo es sólo una promesa de marketing viral.

El presente desastre de otra (sí, otra más) app de citas española

En Twitter me encuentro con un artículo de xakata sobre una app llamada Kiki, con la tal vez peor imagen principal escogida de la historia para un publireportaje de una app de contactos (hasta yo cuando he visto la imagen he pensado un prejuicio de “normal que haya hecho esa app, con la cara que tiene siempre estará pensando ‘todas putas’ a todas horas”). La app va sobre compra y venta de citas y el titular destaca la frase del creador de “Somos el Airbnb de las citas”. Pagar por una cita sea para amistad, amor, o sexo ocasional tiene un nombre: trabajo. Y cuando se trata de sexo ocasional pagado tiene un nombre: prostitución. Está claro como el agua que esta app fomenta la prostitución. Me parece muy curioso como enmascaran el tema de la prostitución, parece como si un coach le hubiera lavado a niveles extremos el cerebro con lo de la gestión del tiempo:

“Un pago por esa cita en concreto que al final es democratizar el tiempo de cada uno”, nos ha explicado Cristian. “Te apetece tomar un café con alguien, vas y te lo tomas, y al final ese tiempo tiene un precio. Lo que buscamos es compartir los ingresos con nuestros usuarios dándoles el 70% a las personas que han hecho el “esfuerzo” en quedar con esa otra persona, y el resto para seguir mejorando la plataforma”.

Tal y como plantea la idea la app tiene un fallo enorme de fondo, y es el clásico fallo que tienen esos emprendedores que tienen una hucha en vez de un corazón. Si yo tengo un amigo o un colega, o alguien que quiero conocer, no me supone un “esfuerzo” quedar con esa persona. Me supone un esfuerzo quedar con mi jefe o, en caso de que fuera autónomo, con clientes, y quedar con estas gentes, se paga, porque es tiempo de trabajo. Y creo que, por fortuna, en nuestra sociedad esto, hasta el momento, está interno en nosotros: no hay esfuerzo alguno en quedar con alguien que quieres quedar.

Ya sabiendo esto de que la app tiene todas las papeletas de fallar en su planteamiento, a menos que permitan la prostitución en ella (cosa que tarde o temprano harán, porque a estas alturas todos sabemos que estas cosas de los negocios de las apps funcionan así: al final se mira primero el dinero antes que la ética, tarde o temprano pensarán “si de todas formas ya se iban a prostituir en cualquier lado”), decido informarme de quiénes son el creador y la app.

Según el artículo el CEO de la empresa a la que pertenece la app es Cristian Urbina. Y por lo que veo en Google el mismo publireportaje de xakata está hasta en el diario ABC (han pagado publicidad hasta a Los 40 Principales), vamos que se han dejado una pasta en publicidad bastante grande (visto lo visto, lo que dicen de “en torno al 65% de sus usuarios son mujeres” no se lo cree ni dios). Si buscamos el nombre de este CEO en Google junto con el nombre de la app obtenemos lo siguiente:

Es posible que algunos resultados se hayan eliminado de acuerdo con la ley de protección de datos europea. Más información

Es sorprendente que no haya nada del pasado ni del presente del CEO de Kiki que no sean publireportajes y más que curioso que haya hecho lo posible por borrarlo todo. Ni siquiera tiene redes sociales. No tiene ni siquiera un perfil en LinkedIn, con lo que le gusta fardar a cualquier emprendedor de su empresa en LinkedIn.

Visto que no podemos saber nada del emprendedor, veamos si la empresa es tan exitosa como dicen en el publireportaje. La app no está en la App Store de Apple, ni creo que llegue a estar a menos que se pague una pasta para sobornar a alguien y así poder romper las reglas de la Store de Apple, pero sí en Google Play. Si buscamos la app en Play Store veremos que está muy mal posicionada, cuando por fin demos con ella vemos lo siguiente en su puntuación:

2,1 de puntuación en España

Si queremos ver sangre, podemos ver la puntuación que tiene fuera de España, que es dónde se supone que lleva más meses, según los publireportajes:

1,5 de puntuación

Llama la atención que en la parte inglesa se han deshecho de comentarios negativos y sólo hay comentarios positivos, además que sólo comentan los comentarios ingleses que son anónimos (y los comentan en perfecto castellano), el resto de comentarios que no comentan parecen ser escritos por la propia empresa, llama mucho la atención que estos comentarios no los cuente Google Play en su media de valoraciones, como si Google ya supiera que son comentarios más puestos por marketing que por otra cosa. En la parte española los comentarios son tremendamente negativos, una chica pregunta “Como se borra el perfil ??” tras dar una valoración de una sola estrella, un chico dice “Me la he bajado para trollear y ni para eso vale” tras dar una valoración de una sola estrella, la queja genérica son, además de múltiples errores gordos, los fallos al conectar la app con Facebook para loguearse (esto siempre da fallos en una buena parte de las apps). Me sorprende que no hayan encontrado programadores que no sean malos, lamentablemente somos muchos los programadores normales que hacen cosas con un número normal de bugs, dispuestos a hacer el mal a cambio de dinero, supongo que no pagarán bien.

Las valoraciones y la puntuación siempre son diferentes dependiendo del país, pero el número de descargas es el total de todo el mundo. Según la información de Google Play, la app lleva más de 1.000 instalaciones, lo que significa que se la ha instalado entre 1.000 y 2.000 personas (no resta las personas que la han abandonado o la han borrado). Si tenemos en cuenta que la gran mayoría de personas que se instalan una app la abandonan o la borran al poco tiempo de usarla, los bots que se descargan una app y la analizan para hackear los pagos, esos comentarios que muestran a simple vista que la app no logra a penas retención de usuarios. Con estas cifras queda claro que está siendo un fracaso considerable y que a penas logran ganar un duro.

Es probable que una app así en el futuro vaya bien en países donde la ética no importa tanto pero también tener en cuenta que esta app llega muy tarde: el mercado de las citas está lleno y al día se suben miles de apps en Google Play y App Store, ciertamente lo tienen muy difícil. En fin, no hay que descartar que pronto veremos en televisión o radio a famosos o youtubers tratándonos de mostrar lo guay que es prostituirse con una app (cruzando los dedos para que, el primero que la anuncie, sea un locutor de la Cope).

Aquí soy mucho de hacer sangre hasta el final, así que vayamos a la web de la empresa. Llama la atención que nada más entrar en la web vemos el que tal vez sea el peor mensaje publicitario para una app de citas:

La primera app que TE PAGA POR DIVERTIRTE

Creo que lo peor son las negritas del mensaje, me he reído de lo ridículo que es todo: no sé si es que no son conscientes del doble sentido de la prostitución en sus mensajes, o es que les gusta dar polémica porque sí. Si miramos un poco su web podemos ver el clásico experimento que están haciendo para ver si consiguen atraer a nuevos usuarios (si el lugar es secreto se sabrá de oído a oído o estando inscrito en la app):

Fiestas secretas en Madrid y Barcelona para publicitarse

Me voy abajo del todo de la página y me encuentro con que la empresa tiene su oficina con trabajadores en Málaga:

Made with love in Málaga

Si leemos esos “Términos y condiciones”, veremos que la forma de moverte en esa app si vienes del sector de la prostitución es sencilla: como siempre todo lo burdo, lo que claramente se vea pornográfico en fotos y vídeos, se bloquea, pero si hay mero erotismo nadie va a hacer nada. También se hace mucho pero que mucho hincapié que la persona que use la app debe tener más de 18 años. Por cierto, según estas condiciones, si os pasa algo malo por culpa de esta app valéis 20 libras esterlinas. A pesar de ser una empresa andaluza, el domicilio fiscal de la empresa está en Londres, la empresa está registrada en Inglaterra y su nombre es Kiki App LTD.

Impresión en pantalla de justo lo que he dicho antes

Si buscamos el número de ID de la empresa que nos dicen los “Términos y condiciones” en algún buscador de empresas para ver la información pública de la susodicha empresa, veremos que está registrada con un CEO con un nombre y apellidos diferente al que nos decía el publireportaje de Xakata (de Cristian Urbina pasa a llamarse Christian Orejuela, eso sí admite que el dueño es español y que vive en España), que el CEO sólo tiene una empresa inscrita en el registro Reino Unido, que el CEO tiene 37 años, que la empresa comenzó su actividad hace apenas 5 meses y que tiene 2 inversores detrás (y de ahí viene el dinero que tienen, por ahora, para publicidad, fiestas, promociones y pagar a los trabajadores).

En fin, queda claro que como buena startup de Málaga, agotará todo el dinero que les dieron sus inversores, les dirá a sus empleados el clásico que no les quedan dinero que si quieren seguir gratis y si no les hace el favor de despedirlos y mandarlos al paro, se desvelará el pufo en El Confidencial, chapará la empresa y el emprendedor a buscar otro pufo nuevo. Tras eso, los habituales lectores de este blog ya saben lo que hay, el CEO dará unas cuantas charlas TED y criticará constantemente que “se da pocas oportunidades a los emprendedores”, que si hay “mucho cenizo en España”, que hay que ver cómo la gente en España apedrean siempre a “quién tiene una buena idea” y todo ese blablabla…

Sobre el plan fallido de la humanidad para escapar de Facebook

Facebook abrazando a un ser humano que se resiste a ser abrazado por Facebook

La imagen no es mía. Hace unos años la recogí de un artículo
en la web de noticias Pando, pero no recuerdo en cuál
artículo fue.
Tengo un problema desde hace unos meses con Facebook (bueno meses, años más bien), las pocas veces que entro miro sólo los tres primeros posts del inicio, a veces pongo algún me gusta y cierro sesión. Ya ni pongo el orden cronológico, para qué si sólo veré mensajes de páginas, mensajes de grupos, un porrón de anuncios de vídeos y, con suerte, mensajes de Facebook de otras personas a las que no conozco pero que personas que conozco les ha comentado o les ha gustado un estado de ellos, y cada 40 o 50 mensajes un sólo mensaje de alguien a quién tengo en Facebook. Como usuario Facebook es una web que me echa a patadas y escupitajos cada vez que entro a echar un vistazo, lo mismo me ha pasado con Instagram cuando quitaron el orden cronológico, sólo que en Instagram al final sólo veo las stories (por fortuna ahí sí van a restablecer el orden cronológico y cómo no hay páginas ni grupos ni demás blablabla, por ahí todo bien).

Al igual que en muchas webs Facebook quiere que en sus productos pases el mayor tiempo posible, quitar o dificultar la cronología es ideal para ello porque así tendrás que pasearte por los perfiles uno a uno, de ahí que en Twitter hayan aplicado algunas de estas recetas (nota: si lees a las personas a las que sigues desde una lista podrás ver el orden cronológico sin barras azules, sin “a fulanito le ha gustado este estado”, sin “mira lo que te perdiste”,… en resumen las listas en Twitter se comportan como el viejo Twitter de toda la vida), pues el tiempo de permanencia es un buen factor para que veas más anuncios en una web.

Facebook realiza seguimientos en su web, pero luego está otro seguimiento que es mediante las páginas o apps que usas. Así Facebook sabe hasta en los juegos o aplicaciones en los que te registras con Facebook para guardar tus datos en la nube o para obtener alguna ventaja extra, cuando veas un anuncio en una app de este tipo ese anuncio puede provenir del departamento dedicado a los anuncios de Facebook, el cual se llama Facebook Audience Network. Pero es más, Audience Network no sólo opera cuando estás logueado en apps, también opera mostrándonos publicidad en webs con cierta eficiencia si te logueas a esa web usando Facebook, y también si no es una web en la que tengas que loguearte en Facebook y no estás logueado en Facebook en otra pestaña del navegador web pero lo estuviste alguna vez en ese navegador web, te rastreará gracias a datos que guardan en el navegador web. También hay un cierto seguimiento de Facebook con los botones de compartir en Facebook de las webs (una cosa que me parece ya casi diabólica es que sin esos botones muchas veces es imposible compartir un artículo en Facebook usando un móvil, te deja en el perfil el enlace sin la información de debajo).

Sé que no está sólo la librería de anuncios de Facebook y que hay muchas más de diferentes compañías de anuncios que se usan junto a ella y con prácticas igual de perversas, pero piensa que me interesa seguir con este caso.

Además de nuestros gustos fuera de Facebook, Facebook tiene la información nuestra que le hemos cedido escribiéndola directamente en nuestro perfil, las fotos en las que estamos etiquetados, información sobre la forma de nuestra cara (gracias a la aplicación, por fin tras tantas décadas siendo ignorada por su poca utilidad, de algoritmos de IA de aprendizaje) para autoetiquetarnos, a quiénes conocemos, a quién le damos más me gusta, a quién le damos más al enfadado o a otros estados de ánimo, qué estados nos ponen de mejor ánimo (gracias a los estados de ánimo que vas poniendo en los estados), cada cuanto entras en Facebook, la secuencia que usas pulsando, cuántos estados lees en el inicio, cuánto escribes, qué perfiles ves más, con quién te hablas más en Facebook en privado, cuál es el tiempo máximo y el mínimo que has pasado sin conectarte a Facebook y, por tanto, a qué hora y día debe de enviarte el clásico correo al email de “fulanito ha hecho una publicación en su Facebook” para que te acuerdes de entrar (el clásico “toc-toc, ¿ya te olvidabas de mí?”),… Lo dicho hasta aquí son certezas, hechos. Sin ninguna exageración no sé si sabéis que Google llega al punto de enviar la posición del mouse cada tantos microsegundos en su web, no veo por qué Facebook no lo haga si el dónde colocar la publicidad para que piques en ella depende de ello. Si usas la app y le diste a Facebook tu número de teléfono, Facebook puede que esté almacenando tu historial de llamadas (incluso si la llamada fue una perdida, enviada o recibida y la duración de la llamada) y tus SMS (como podría sonar mentira de paranoico, aquí va enlace que te lo muestra). Sumale a todo esto que además Facebook permite a los anunciantes cruzar tus datos de Facebook, WhatsApp e Instagram (si no tienes Facebook ni Instagram, tranqui que tienes WhatsApp y ya Facebook se encarga de hacer un perfil tuyo basado en tu número de teléfono y en una buena parte de las apps que usas).

Con esto en mente recordemos el caso de Cambridge Analytica. Digamos que tienes una forma de recoger datos de Facebook de cualquier usuario. La sensación es entre impotencia e ira y más cuando el borrarse el perfil en Facebook no sirve de mucho, entre que Facebook retiene tus datos a pesar de que te borres tu perfil por completo y que en tus navegadores webs en los que te hayas logueado alguna vez (tanto en móvil como en PC) mantiene también datos, ya te puedes imaginar de qué va la cosa: una vez que entras en Facebook ya eres vigilado por Facebook hasta que cambies de móvil y PC, o hasta que te desinstales todos esos navegadores webs, elimines toda información de perfil de usuario y vuelvas a instalarlos (y cuidado con usar Chrome con el logueo de tu perfil de Google, que conserva toda la información del navegador de cuando tenías Facebook, en ese caso o no usas perfil alguno en Chrome o te creas un nuevo Gmail). ¿Por qué digo de borrar el navegador web y el perfil de usuario al completo y no sólo el borrar el historial con todas las opciones? Porque hay una nueva técnica gracias a HTML5 Canvas que crea una especie de huella digital de tu navegador web y Facebook accede a ella, y ni aún con lo que os aconsejo os puedo asegurar que os libraríais un poco del rastreo (según leo ni siquiera quitando WhatsApp, Instagram y Facebook del móvil se puede). Facebook tiene a los mayores expertos de rastreo porque como no tienen tantos productos como Google han ideado esta estrategia tan bestial (ojo, no creáis que Google rastrea menos, más bien es que no le hace falta esos métodos si, por ejemplo, ya tiene el control absoluto de todo un sistema operativo de móviles como es Android o productos en los que vas a acabar entrando y no queriendo dejarlos).

Para que os hagáis una idea del problema, sé de rastreo pero no soy experto en ciberseguridad. Es verdad que sé algunas cosas por lo que estudié hace años, por las veces que tengo que aplicar seguridad en los curros en los que he trabajado y trabajo, por lo que me cuentan compañeros de trabajo o amigos que conservo de otros curros, pero por más que sepa de ciberseguridad se podría decir que sé un poquito, de hecho casi nadie sabe del todo. Es un campo demasiado amplio (además de muy pesado y no tan divertido como podría parecer), casi diría que se necesita sacrificar tu vida ante un dios en un altar para llegar a saberlo todo y que al día siguiente sigas sabiéndolo todo. Pero es que la verdad, siendo sincero, es que escribiendo este texto os quería dar una esperanza al final de cómo escapar de Facebook y por más que leo y leo a gente no encuentro nada (el golpe más duro ha sido cuando en Quora he leído las respuestas a esto). De verdad, no quiero sonar derrotista, seguro que si no hay manera ahora en el futuro la habrá (como he dicho la ciberseguridad es un campo que se actualiza muy rápido), pero hasta el momento esto es lo que tenemos por ahora y debemos de ser conscientes de la realidad del problema.

Por ahora a lo que podemos agarrarnos es que, gracias a la filtración de lo de Cambridge Analytica, ahora Europa no se contendrá en la implantación de la GDPR que tiene efectos a nivel mundial, la cual será dentro de 2 meses y será un buen mazazo a algunas de estas prácticas tan nocivas. Luego está que según los expertos es muy difícil que Mark Zuckerberg se recuperé de ésta si no cambia radicalmente la basura que se ha destapado de Facebook. Pero ¿por qué mejor no vamos rulando la Huelga Mundial anti redes sociales: 30 de junio de 2018 que es lo que más les escocería? Un día entero de perdidas, que además no podrán ganar con la actividad de otro día y les pudiera provocar una hipotética caída en bolsa, es algo que hoy día se ve muy poco y en este caso sería así.

No quedarse parado pero seguir estando muerto

El otro día fui a una conferencia de gente sobre lo que trabajo. Un tipo que lleva décadas en esta profesión dijo que hay que hacer muchas cosas y no quedarse parado. Que hay que moverse mucho. Que siempre debes estar participando en proyectos además de trabajando. Que siempre mejor proyectos con muchas personas que uno individual.

Al poco de acabar la carrera, en mi graduación vino una programadora a darnos una charla. Ella trabajaba en Reino Unido. Nos contó algo que normalmente los programadores héroes que van a trabajar fuera no cuentan: la incomprensión. Nos contó que no entendía el idioma y que no supo qué clase de sistema estaba programando. Que no se enteraba de nada. Que logró lidiar con todo ello y salir bien parada pero que podría haber sucedido lo contrario. En el momento en el que nos hablaba ya era una alto cargo de un banco de Reino Unido.

Antaño los que salimos de aquella carrera no teníamos ni idea de programación web. Actualmente los que salen no tienen ni idea de programación de escritorio. Mañana lunes seguiré programando en una de las industrias más punteras e innovadoras cuyo lenguaje de programación estándar (que tarde o temprano deberás de aprender) tiene ya 35 años. Es el primer lenguaje de programación que te enseñan pero mal enseñado en la carrera, porque la industria de las consultoras demandan otro que tiene ya 22 años. Una gran parte de mi tiempo lo paso esperando a que compile un programa, algo que hace ocho años no pasaba, pero hace más de 25 años era lo habitual. Es porque espero a que se compile una app.

Una de mis tareas habituales suele ser el mantenimiento de sistemas de seguimiento de usuarios, vamos, espías que dicen por dónde pasa cada usuario y cómo hacer que vea más anuncios o se gaste más dinero en la app. Es una de las tareas más tediosas debido a la enorme cantidad de datos que hay que lograr que se envíe desde el dispositivo. Recuerdo una diapositiva que aquel conferenciante mostró en la que aparecía una librería de estos sistemas de seguimiento. Esto es el presente. No sé para qué programo eso, creo entender el objetivo pero no entiendo qué analizan, ni cómo lo hacen. Sé que al final de mes enseñan unas gráficas y dicen “tal cosa no parece estar enviándose del todo bien porque no concuerda con lo que esperamos” y mandan que más datos se envíen y otros que se enviaban que ya no se envíen. Hay que hacer muchas cosas y no quedarse parado. Hay que moverse mucho. Pero siempre es todo lo mismo y no entiendes qué sucede. Hace poco me preguntaron en una entrevista si sabía qué era el Big Data, la entrevista era para un puesto que no tiene absolutamente nada que ver con el Big Data (suele pasar que te preguntan algo que sea de actualidad para ver cómo reaccionas), les dije que un poco y les expliqué lo de estos sistemas que mantengo y os juro que me dijeron que “Ah vale, entonces sabes mucho de Big Data”. Pero no me entero de nada y vivo en el mismo país en el que nací, y resulta que sé mucho.

No sé en qué no tengo que quedarme parado. No sé qué hay que mover ni porqué habría que involucrar en algo a personas que estarían mejor no haciendo nada de esto y que disfrutasen de su tiempo libre. Llevo dos meses que me han pasado libros para que me estudie librerías y lenguajes que tengo que usar en el trabajo, pero tal y como cuando programaba en consultoría soy sólo una pieza, un engranaje que, si me rompo, puedo ser remplazado por otro sin problemas, porque nunca sabré de qué va todo, sólo sé mi parte y no puedo llegar a entender el para qué ni el porqué, porque esto de no saberlo forma parte de ser un buen trabajador de tecnología.

Encender la televisión y equivocarme

Televisiones en tienda
A pesar de yo no ser fan y sólo conocer un par de canciones de Twisted Sister, me sorprendió una escena de un documental sobre dicha banda llamado We Are Twisted Fucking Sister! (“We Are Twisted F***ing Sisters!” en Netflix), que estuve viendo hace un par de días y trata sobre cómo dicha banda logró la fama tras 12 años pegándose contra un muro. A pesar de sus cosas típicas de bandas estadounidenses de metal de los 70’s, Twisted Sister tiene un cierto encanto por ser una banda de perdedores, el mismo Dee Snider (cantante) lo cuenta en el documental.

«Sentía odio por el tipo de personas que me miraban de forma despectiva. Tuve que tratar con ellos toda mi vida. Descubrí que había más de los “míos” en este mundo que gente guay. La gente de bien. La gente de bien, y la gente guay, y la gente acomodada, son la minoría. La mayoría de nosotros somos gente común y corriente. Y nos hacen sentir inferiores a los demás.»
(Dee Snider, We Are Twisted Fucking Sister!)

Recordemos que tardaron 11 años en lograr un contrato con un sello discográfico. La escena en cuestión que me sorprendió es cuando Eddie Ojeda (guitarrista) cuenta lo siguiente:

«Todo el mundo se queja de que es muy difícil conseguir un contrato [discográfico] ahora. Siempre ha sido difícil. Siempre hay alguna razón, siempre hay problemas con la economía. Así funciona este mundo. Me refiero a que, sabes, ¿te das por vencido? No. No te das por vencido. Sigues adelante hasta que lo logras. O mueres intentándolo.»
(Eddie Ojeda, We Are Twisted Fucking Sister!)

Hoy día hay muchas bandas que autoproducen su trabajo y lo suben a Bandcamp y a Spotify. A veces sacan el dinero para grabar el disco de lo ahorrado con los directos, otras lanzan una campaña de crowdfunding y a ver qué tal sale.

En la entrada anterior escribía que la épica en el entretenimiento es divertida pero que en nuestra rutina del día a día no existe (salvo para tratar de engañarnos con ello en el trabajo), podría parecernos que el morir intentándolo que cuenta Ojeda es épico. Entras a Bandcamp, miras un estilo de música que te interesa y ves dos bandas que resulta que tienen también la misma estética, el mismo tono en las canciones, la misma forma de tocar y voces muy parecidas. Suele pasar que una banda debe buscar su identidad a través del espectáculo en sus conciertos, pues es muy común que cuando toquen con otras bandas del mismo estilo puedan parecer una copia. Si una puesta en escena o un videoclip de ellos te llama la atención más que el de otra banda que toque lo mismo, lo más seguro que los elijas antes. No hay nada épico en esto, se trata del marketing en la música.

Está claro que, si eres una persona normal con un salario normal, cuando entras en Kickstarter ves tantos proyectos que ni con el dinero que lograses ganar en toda tu vida podrías financiarlos todos. Hay demasiados discos, demasiados libros, demasiadas películas, demasiadas series, demasiados documentales, demasiados videojuegos,… demasiado entretenimiento esperando a que lo apoyes y lo disfrutes. No es que Internet haya fomentado que haya más creadores que nunca, lo cierto es que montones de creadores siempre ha habido, pero éstos rara vez lograban que se publicasen sus creaciones. Lo que quiero decir es que creo que lo que podemos ver es lo que antes no nos llegaba a través de tantos filtros.

¿Cómo podemos solucionar esto? Bueno, podemos recurrir a la solución clásica: leer medios especializados y fanzines que nos gusten. El problema: estos medios también están repletos de entretenimiento que deberías de tomar, además de contener demasiados artículos que se te quedan pendientes de leer. Para colmo están colapsados ante tanto entretenimiento que les llegan, llegando a escaparse entretenimiento que podría ser mejor que el que promulgan.

Así que es hora de admitir que cuando muramos no habremos escuchado el mejor disco de la mejor banda, ni leído el mejor libro, ni el mejor artículo, ni visto la mejor película, ni el mejor documental, ni la mejor serie, ni jugado al mejor videojuego,… Si eres de esas personas que siempre quieren ver, escuchar y leer lo mejor de lo mejor, pues oye, lo mejor es que comiences a interiorizar que tendrás que conformarte con que el entretenimiento consiste en entretenerse. Hay personas que se declaran seriefilos, hay otras que dicen que son gamers, al igual que siempre ha habido cinéfilos y melómanos. Los que nos pasamos 8 horas al día trabajando dudo que podamos ser cualquiera de esas cosas: no tenemos tiempo. Tal vez lo suyo sea admitir que nos gusta hacer cosas en nuestro tiempo libre y ya está.

Luego está que muchas veces se tiende a atacar el entretenimiento desde la izquierda, sobre todo cuando queda claro que éste no es cultura. No tengo ni el tiempo, ni inteligencia suficiente, ni las herramientas para trazar una línea que distinga qué es cultura y qué es entretenimiento, y como yo hay muchísimas personas. Desde la izquierda hay que admitir que necesitamos entretenimiento en nuestra vida, porque siempre lo ha habido, y dejar de tacharlo como el opio del pueblo. Si ya de por sí no podemos encontrar qué es lo mejor de lo mejor para nosotros, menos aún vamos a poder aprender qué es lo propio del buen gusto en el poco tiempo diario que tenemos y más cuando el buen gusto es algo que cambia a lo largo de los años.

Y eso, que, en resumen, prefiero encender la televisión y equivocarme. La solución para lograr la paz ante tanta ola de contenido es asumir que tomemos la opción que tomemos, lo más normal es que nos equivocaremos en cualquier caso. Por algo somos seres humanos.