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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

Tanto calor no es normal

Cada cierto tiempo pienso en lo privado vs lo público, es decir en lo que pensamos de nosotros mismos y de nuestro entorno vs lo que piensan de nosotros y cómo realmente es nuestro entorno. Y pienso que la realidad es que no tenemos tanto poder ni para modificar con un discurso emocional lo que piensan de nosotros, ni para cambiar nuestro entorno cambiando la forma de pensar sobre el mismo, que es muy fácil pensar lo contrario y que montones de personas se aprovechan día a día de lo fácil que es que pensemos que son paparruchas y que si son unos agoreros que no dicen la verdad.

Muchas veces he dicho lo difícil que me resulta convencer a alguien que piensa lo contrario. Que realmente, antes que hechos o razones, muchas personas necesitan para cambiar de opinión de algún suceso que le afecte con una carga emocional tal que se dé cuenta de que está equivocado/a, y a veces ni eso.

Sobre los cambios que pueden suceder en el día a día, sobre mí experiencia personal reciente os puedo contar que en este año me ha pasado de todo tipo de sucesos, algunos que podrían haberme hecho cambiar opiniones que tengo sobre diversos asuntos, y, sin embargo, del año pasado a éste muy poco he cambiado. Es decir, sigo pensando que las cosas tan pronto como vienen, se van, y que, incluso en pequeñas cosas, no nos es tan posible influir sobre ellas, ni mucho menos controlarlas, que el éxito sólo sucede cuando se cruzan mucha suerte y preparación, y, sobre todo, que a menos que nos juntemos una gran mayoría para cambiar las cosas dando mucho por saco, difícilmente cambiarán.

Y, en fin, que todos esos párrafos anteriores son sólo para rellenar un poco una entrada tan pequeña que resulta ser sólo para decir que habrá que dar mucho por saco con el tema del cambio climático. Por suerte hay personas que ya están en ello (@contraeldiluvio).

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El «sentimiento»

Sólo desde el inicio hasta el minuto 1:30.

No me gusta mucho que digamos Jesús Quintero (prefiero a El Risitas) y a Sabina sólo he escuchado lo que ha salido de vez en cuando en la radio, pero me parece interesante lo que cuenta en el primer minuto y medio de su entrevista a finales de los 90’s en la que fue, la hoy día cerrada, Canal 2 Andalucía (también conocida como Canal Sur 2, hoy día en su lugar hay una cadena de Canal Sur con lengua de signos). Sabina en ese fragmento describe al ya típico andaluz moderno, el que detesta todo el exagerado folclore andaluz, el que no quiere saber nada de “la gracia andaluza” (AKA “somos los más graciosos de toda España y del mundo”), el que no dice “Ole, ole”, el que no siente el flamenco como algo suyo sino sólo como un tipo de música, y que no quiere esa egocéntrica Andalucía que tanto se muestra de cara al exterior y que es tan promocionada por partidos como el PSOE-A o por la cadena autonómica Canal Sur.

Desde niño no hablo andaluz y estoy acostumbrado a que me pregunten de dónde soy (por mi falta de acento andaluz o por mi aspecto físico tan poco andaluz), y desde niño no me siento cómodo en los ambientes en los que se promociona con fuerza el andalucismo. Ambientes como ferias de los pueblos en los que alguien sale a un escenario a gritar que somos los más graciosos del mundo, que la de palabras que sólo existen en nuestra tierra (“campero”, “perita”, “cascarilla”), que la de artistas que han nacido aquí y que todo aquel que viva más arriba de Despeñaperros no podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí; ese tipo de ambientes dónde un publico ríe y grita con fervor, esos ambientes de tanto mirarse al ombligo, pues no puedo con ellos. Es por ello por lo que no consigo ver el sentimiento patriótico o nacionalista de mi tierra como algo con lo que uno se pueda identificar.

En los pueblos los jornaleros trabajaban la tierra mientras los señoritos se la jugaban a las cartas en los bares de los pueblos, para luego acercarse, dar una vuelta y contemplar todo lo que era suyo. Jugaban con sus jornaleros y criados como se jugaba en los feudos, pero en el bar al menor golpe de mala suerte los perdían junto a la tierra que se jugaron. Es normal que los jornaleros de los pueblos, durante la república, mataran a señoritos, y que luego cuando Franco los señoritos mataran a tantos jornaleros. Conozco historias de hablar con mis abuelos que vivían en pueblos sobre cómo trabajaban, sobre cómo lucharon porque no querían vivir de la forma de la que vivían y de cómo se rindieron y finalmente emigraron a una ciudad de una provincia que no era la suya pero en la que “hay trabajo”. De cómo pasaron de trabajar para la tierra a trabajar en fabricas que acabaron cerradas por culpa del cambio de modelo hacia el turismo. De cómo tuvieron que darles indemnizaciones por problemas respiratorios, además de luchar desde los sindicatos por un despido digno. Tuvieron la suerte de quedarse en Andalucía, debido a la pobreza en los pueblos, una gran parte de andaluces de su época emigraron a Madrid, Cataluña y al norte de España.

Lo que de verdad no se entiende de Despeñaperros para abajo es que luego vengan los ilustrados con sus discursos políticos a hablarte del PER como si fuera un pecado o lujo en vez de un derecho para los jornaleros por el que, si no lo tienen, deberían luchar. La vida en el campo ha sido siempre muy dura (obvio, si fuera tan fácil muchos no estaríamos encerrados en oficinas y otros no preferirían encerrarse en un gimnasio antes que hacer ese ejercicio físico en su trabajo) y es parte de los pocos trabajos reales que quedan (el que no se investigue tanto en tecnología para el trabajo real es algo habitual, un ejemplo lo podemos ver en que los del Silicon Valley piensan mucho en cómo sustituir a su madre en vez de cómo ayudarla), yo, por lo menos, respeto mucho a las personas que viven de la agricultura y la ganadería porque es algo de lo que no soy capaz de trabajar. Supongo que a los señoritos que nunca se mancharon las manos, ni son capaces de escuchar historias de las personas que sí lo han hecho, en cambio, les encanta dar lecciones y declarar qué es pecado y qué no, y que mucha gente les escuche y les crean y sigan al pie de la letra el “Como yo no lo tengo, nadie debería de tenerlo”. Espero, por el bien del humanidad, que lo que se hace con los becarios no se llegue jamás a ser lavado con ese discurso.

A día de hoy el campo andaluz no tiene tanta juventud como antaño y, curiosamente, lo primero que se piensa desde fuera es que la gran mayoría trabaja en el campo. Que si tomamos siestas continuamente, a pesar de que, en realidad, a la hora de la siesta estamos trabajando en oficinas. Que si vivimos como reyes, cuando cobramos menos que en las grandes ciudades y pagamos igual gracias al tema del turismo. Pero cuando entras a Torremolinos, Mijas o Marbella no ves ni oyes la Andalucía que te esperas, como tampoco ves ni oyes España, ves otra cosa. Porque, realmente, a la pregunta de quiénes somos no se puede responder fácilmente, porque somos muchas culturas (y hay muchos tipos de acentos diferentes incluso entre dos pueblos) que chocan contra la cultura que viene de Sevilla, la que nos quiere unificar en un sentimiento andaluz que a muchos nos resulta entre poco creíble, con acentos demasiado forzados y con gestos demasiado exagerados.

Cuando me pregunta alguien qué pienso del nacionalismo catalán o del nacionalismo vasco suelo contestar que no lo sé y que no puedo entender nada de eso porque no lo he vivido. Tengo familiares en Cataluña y su vida es de lo más normal, tengo amigos que emigraron a Cataluña y no les contó integrarse e incluso aprendieron catalán. Siempre han habido fachas nacionalistas que les han discriminado por ser andaluces, pero ellos siempre suelen aclarar que esos fachas son una minoría. Como he contado antes, en Andalucía hay gente que viven demasiado su nacionalismo y su sentimiento, y no veo porqué no pueda pasar eso mismo fuera de Andalucía, al igual que me imagino que puede pasar que haya quién nunca lo sienta pero que se identifique cuando notan que sus vecinos están siendo atacados y reaccionen en defensa de su tierra. Pero es sólo lo que me imagino, porque realmente no lo sé y nunca lo sabré porque no deja de ser un sentimiento, puede que no sea todo reducible a un mero “fuera de aquí, no se podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí” o puede que sí. No lo sé.

Los Millennials

“Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros. Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.” Sócrates (470 — 399 a.C.) según contaba Platón.

“Nuestra juventud tiene un deseo insaciable de riqueza; y atroces costumbres en lo que respecta a sus ropas y a su pelo” Platón (427 a.C. – 347 a.C.).

“Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.” Hesíodo (700 a.C.)

“El mundo en que vivimos ha alcanzado una fase crítica. Los hijos ya no obedecen a sus padres. Por lo visto, el fin del mundo no está ya muy lejos” un anónimo sacerdote egipcio en el 2.000 a.C.

“Esta juventud está podrida hasta el fondo de su alma. Los jóvenes son pérfidos y negligentes. Nunca se parecerán a los jóvenes de otros tiempos. La joven generación de hoy no sabrá conservar nuestra cultura.” Vasija de barro encontrada entre las ruinas de Babilonia, más de 3000 a.C.

“El problema es que, si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido[…] Si no quieren nada y ellos son el futuro, entonces el futuro está en medio de la nada.” Antonio Navalón, 13 de Junio de 2017.

“La premisa de “lo quiero todo y lo quiero ahora” toma relevancia en el sector turístico, sin embargo, Rocha advierte de que los millennials, como clientes exigentes, buscarán que todas las promesas de los hoteles de lujo se cumplan a sus llegada.” 27 de septiembre en 2014, Un publireportaje en El País entrevistando al consultor de turismo Antonio de la Rocha.

“Son criticados por ser impacientes, malcriados y sobre todo, por tener un título académico. […] Ellos compran para conocerse. Gastan lo que tiene sin más, no tienen una consciencia clara del ahorro” gente vestida de expertos siendo entrevistados en un artículo del ABC titulado Millennials: la generación malcriada que quiere cambiar el mundo el 06/11/2012.

“I am about to do what old people have done throughout history: call those younger than me lazy, entitled, selfish and shallow. But I have studies! I have statistics! I have quotes from respected academics! Unlike my parents, my grandparents and my great-grandparents, I have proof.[…] poor millennials have even higher rates of narcissism, materialism and technology addiction in their ghetto-fabulous lives” Joel Stein el 20 de mayo del 2013 escribiendo el ya famoso y nefasto “Millennials: The Me Me Me Generation” de la famosa revista The Time que se resume en un “quiero insultaros con estadísticas ya que es más fácil mentir con estadísticas“.

Últimamente estoy aceptando Millennials como elogio porque quién lo dice como insulto o incluso esgrime que tiene datos para usarlo como insulto es un cascarrabias como los del año 3000 antes de nuestra era.

La historia detrás de la leyenda urbana de Ricky Martín, la niña, el perro y “Sorpresa, ¡sorpresa!”

Estoy leyendo Leyendas urbanas en España de Antonio Ortí y Josep Sampere, un libro que se puede decir que es de lo más divertido. Sí, no supuestamente divertido sino muy divertido. Trata de leyendas urbanas, muchas de ellas se las han colado a los más importantes periódicos. El método de cada capítulo suele ser la relación de unas leyendas urbanas con otras curiosamente muy similares, muchas veces coinciden con otras de países diferentes o incluso de décadas o siglos anteriores hasta que vemos que se quedan en cuentos anónimos que han ido evolucionando con el paso del tiempo. Aún así la base del libro es más la importancia del folclore de estos cuentos que el escepticismo en sí.

Lo bueno de leer este libro es que ves cómo Internet y las redes sociales han ayudado a fomentar el pensamiento crítico, no tanto debido a la herramienta en sí, ni nada de eso, sino debido a que a la mínima que te marques un rollo como una catedral y sin pruebas o con pruebas muy débiles, siempre saldrá alguien que quiera desenmascararte. Así, muy al contrario de lo que se suele pensar de que nos dirigimos a una edad oscura para el pensamiento, lo que realmente sucede es que nos estamos dando cuenta de todos los engaños que había y que nos tragábamos a diario.

En fin, como muestra del libro os dejo el capítulo del libro titulado Sorpresa, sorpresa, que trata sobre la leyenda urbana de Ricky Martín, la niña, el perro y el programa nocturno de Antena 3, sobre la historia de cómo se propagó esta leyenda urbana, cómo actuó la policía, la Fiscalía de Madrid, los periodistas y Antena 3, el desenlace, y las leyendas urbanas de las que deriva.


Sorpresa, sorpresa

Los padres de una niña querían dar una sorpresa a su hija que era fan de Ricky Martin. Para tal fin, se pusieron en contacto con el programa de Antena 3 Sorpresa, ¡sorpresa! que ocultó varias cámaras en el domicilio y escondió a Ricky Martin en un armario. Los padres se personaron en el plató para ver la reacción de su hija en directo, pero pronto se quedaron mudos al comprobar como ésta salía de la ducha, se encaminaba a la nevera, sacaba un bote de mermelada de fresa y llamaba a su perro para que comenzara a lamerla.

«¡Oh, Dios mío, es él!» Algo así debió de exclamar nuestra joven quinceañera al ver salir a Ricky Martin entre las faldas de su armario y correr despavorido. Sucedió un 5 de febrero de 1999. Días después un oyente de la cadena SER llamaba al programa nocturno Hablar por hablar. Pedía que alguien confirmara un rumor que había escuchado en la facultad, según el cual, el programa Sorpresa, ¡sorpresa! había emitido unas imágenes sexualmente comprometidas de una menor, a la que se quería dar una sorpresa con su cantante preferido. El espacio en cuestión fue visto por tres millones de telespectadores, en su mayor parte dormidos, pues sólo unos cuantos se dignaron a coger el teléfono y comenzaron a relatar esta historia, más propia de un canal de pago. A José Calvo, presidente de la Asociación Pro Derechos del Niño (Prodemi), le llamaron cuando acababa de almorzar y cuentan que exclamó: «¡Esperadme, que ahora voy!». A las pocas horas remitía un escrito a la Fiscalía de Menores de Madrid en el que se leía lo siguiente:

La menor, ajena a todo montaje y al parecer sola en su dormitorio y sabiéndose en la intimidad de su habitación, se despojó primero de su cazadora y a continuación de los pantalones y de su ropa interior y se embadurnó sus partes íntimas con foie gras, llamando a continuación a su perrito, que curiosamente se llama Ricky, que la lamió los genitales.

También, curiosamente, se podría añadir, este aspirante a buen hombre se decidió por el siempre eficaz foie gras, entre los muchos condimentos que corrían de boca en boca por aquellas horas, esto es, Nocilla, mermelada de fresa, crema de cacahuetes, mantequilla y miel.

De hecho, este derivado del cerdo no es, que se sepa, uno de los manjares preferidos de los perros, ni siquiera de esos sátiros caninos que consagran sus días a investigaciones olfativas de dudosa moral.

Fuera como fuese, el caso es que a las pocas horas algunas emisoras de radio se sumaban al jolgorio, elevando el rumor a la categoría de incertidumbre, mientras que el canal de los marcianos parecía esconder meteoritos capaces de convertir a Giorgio Aresu, el director del programa, en un Luis Aguilé cansado de trabajar, en una mota de polvo a la deriva.

La siempre eficaz policía ya investigaba a esas horas, pues como comentaba un alto cargo, «cosas más raras se han visto». En teoría, buscaba un vídeo que algunas llamadas localizaban en un colegio de Málaga y que se vendía por quinientas pesetas. También la Fiscalía de Madrid abría diligencias, mientras que altos directivos de algunas televisiones comenzaban a cruzarse llamadas.

– ¿Qué vais a hacer vosotros? Aquí no paran de llamar.
– Yo he hablado con Aresu – el director de Sorpresa, ¡sorpresa! – y me dice que preparan un comunicado. ¿Tú vistes el programa?
– Yo no. ¿Y tú?
– Yo tampoco.

Por aquel entonces el rumor ya corría por: peluquerías, pescaderías, oficinas, panaderías, sex shops, RENFE – a Iberia llegó con retraso – , El Corte Inglés, Alcampo, Pavo y Derivados, Pascual Hermanos, Helados la Menorquina, Unión Naval de Levante y Aragonesa de Piensos. Era el 16 de febrero, es decir, once días después de los infames lameteos.

Esa misma tarde, la Columbia Records – la compañía del cantante – decía que Martin no venía a España de gira desde diciembre, si bien admitía que se vio involucrado en un suceso parecido al denunciado en un programa de la televisión holandesa con un formato similar.

Para entonces la protagonista del suceso ya había cambiado varias veces de nacionalidad: al principio era malagueña, luego italiana, más tarde francesa. Otro tanto sucedía con las versiones. En unas había perro – su nombre oscilaba entre Ricky, Cuqui, y Pichi -, mientras que, en otras, ella se frotaba sólo los senos, sólo el clítoris, o bien toda entera, con mantequilla, foie gras, Nocilla, etc.

No es de extrañar, pues, que al periódico La Vanguardia llegara una última hora: la chica protagonista del relato, al ver invadida su privacidad infantil y dadas las consecuencias del caso, había decidido quitarse la vida. El único problema es que nuestros comunicantes anónimos nos daban tres ciudades distintas del desenlace fatal: Girona, Alicante y Málaga – siempre Málaga.

A las trece horas, cincuenta y siete minutos y treinta y seis segundos del 16 de febrero de 1999, el teletipo de La Vanguardia escupía una hoja con el logotipo de Antena 3 en el que se citaba a los periodistas al pase del vídeo correspondiente al programa de Ricky Martin en la Avenida Isla Graciosa sin número. Para lo que se esperaba, el vídeo resultó un auténtico tostón y lo más cercano a la zoofilia que hubo allí fue observar a Raquel Welch entregando un perrito extraviado a su inconsolable ama.

A esas alturas Giorgio Aresu había ofrecido un millón de pesetas -una cantidad que a muchos nos pareció irrisoria a la vista del reto – a quien encontrara «vivo o muerto» el vídeo del programa del foie gras. Pero con la prueba documental, con la luz y taquígrafos, Ricky Martin había vuelto ya al armario al que nunca debió entrar – o del que jamás debió salir.

Hasta aquí la noticia puramente periodística y la crónica de una hipnosis colectiva. No obstante, lo que muchos españoles ignoraban, era que la historia de la sorpresa imprevista ya había sido «difundida» el 7 de Julio de 1994 en una revista satírica canadiense titulada Frank, y comentada en los periódicos Chicago Sun-Times y The Guardian los días 26 y 30 de julio respectivamente del mismo año, según informaba el boletín Foaftale News (núm. 35, octubre de 1994). El relato, poco más o menos, era el que sigue:

Un grupo de amigos decide organizar una fiesta sorpresa para celebrar el aniversario de una compañera de trabajo. Unos días antes han obtenido furtivamente una copia de su llave. Con ella entran y se ocultan en el sótano. La homenajeada llega poco después y se dirige a algún lugar de la casa. De repente, se abre la trampilla del sótano y la mujer baja unos peldaños a oscuras, llamando a su perro. Este sube raudo y veloz. Los invitados deciden entonces aprovechar la ocasión, encienden las luces, salen de su escondite y gritan: ¡Sorpresa! La mujer se queda petrificada en las escaleras, mientras todos la miran de arriba a abajo. Está completamente desnuda y lo único que lleva encima es crema de cacahuetes en puntos neurálgicos.

A partir de entonces, otras variantes circularon profusamente por diversos grupos de debate de Internet. A pesar de que muchos coincidían en que el perro se llamaba Skippy – nombre de una marca norteamericana de comida para canes y, al mismo tiempo, de una crema de cacahuete – , había quien sostenía que podía tratarse de Lucky, Kippy e incluso Ricky, y que el ungüento con que se embadurnaba la adolescente podía tratarse también de margarina, nata o comida para perros.

Las siglas «Foaf» (amigo de un amigo) de la publicación citada más arriba aluden a la fuente generalmente responsable de la propagación de leyendas urbanas. En 1953, gracias a estos conocidos lejanos, J. M. Elgart pudo incluir en More over sexteen, segundo volumen de una larga serie de antologías de historietas «picantes», un chiste que sentaría jurisprudencia en estupefacciones venideras. Su título no era otro que Sorpresa, y su contenido se adelantaba a un género que iba a tener gran aceptación de público y crítica en años posteriores. He aquí su argumento:

El director de una empresa contrata a una taquígrafa despampanante. Después de comérsela con los ojos durante unas semanas, decide invitarla a celebrar su cumpleaños en algún sitio «íntimo». Ella le dice que tiene que pensárselo. Al día siguiente, la chica no sólo acepta su propuesta, sino que además le sugiere que vayan al piso de ella. La noche del aniversario del director, se van los dos a su casa, toman un aperitivo y cenan tranquilamente. Una vez han terminado, ella le comunica melosamente que se va a su dormitorio y le pide que entre al cabo de cinco minutos. Él se desnuda y por fin llama a la puerta. Ella, con voz insinuante, le invita a pasar. Nada más abrir, el director se encuentra a todo el personal de la oficina reunido en la habitación, cantando: «CUMPLEAÑOS FELIZ».

El que esta misma leyenda se haya oído, con muy ligeras variaciones, hasta nuestros días, tal vez se relacione con que el rumor goza siempre de un público nuevo, seguro de haber accedido a una información fidedigna.

Volviendo al principio, el poso que nos queda de la historia de Ricky Martin y de su inesperada gira por España es que, hoy en día, hay algunos temas que ya no venden como antaño. El adulterio sin más, por ejemplo, trama de tantos relatos en el pasado, ha quedado relegado al museo de los escándalos pretéritos. Los «marcianos», los televidentes noctámbulos, los tertulianos, necesitan emociones más fuertes, llámese perros asesinos, snuff movies, sesiones clandestinas de ruleta rusa o bacanales de sexo.

De hecho, estamos hablando de los ingredientes que conforman las historias que merecen ser transmitidas urgentemente. La clave está en ser el más rápido, mientras que la presunta verosimilitud del relato es un aspecto marginal.

«La verdad nunca se interpone en una buena historia», suele comentar Jan Brunvand, recordándonos algunas imágenes de la película de Billy Wilder Primera Plana.

En todo caso, tal vez muchos ciudadanos anónimos, al verse vigilados por cámaras de todo tipo – en bancos, supermercados, carreteras, etc. – pudieron interpretar que la hora del «show de Truman» estaba cerca de hacerse realidad. Otra posibilidad es que les vinieran a la cabeza noticias sobre abusos de niños, filmados en la intimidad y pasto de internautas desaprensivos.

Esto explicaría, en parte, este estado de hipnosis colectiva. Aunque, ahora es fácil decirlo, cuando ya han trascurrido varios meses desde que la canción El perrito de Ricky Martin figurara en todas las listas. En aquel momento, su estribillo se convirtió en un clamor, capaz de socavar la «realidad» y de librarnos de sus rutinas.

(Leyendas urbanas en España de Antonio Ortí y Josep Sampere, 19 de septiembre de 2001)

Y a esto lo llaman “calidad de vida”

Cada día laboral al volver a casa veo a la misma señora esperando el primer autobús de los dos en los que debo subirme para volver a casa. Ella siempre se baja dos paradas después en un barrio normal y moliente. No hay manera de llegar del punto A al punto B si tienes miedo a los puentes altos que están sobre ocho carriles de autovía, además también está que el camino es considerablemente más largo. Sumemos a esto que la señora tiene ya una edad y es normal que prefiera ir en autobús que tomar ese camino peligroso (de hecho yo elegiría la misma opción que ella elige). De una cosa no hay duda: si hubiera una larga acera que recorriera el camino que realiza el autobús (el cual es recto y sin ninguna curva), tardaría pocos minutos en llegar a su destino.

Sigo hablando de la hora de volver a casa, ya que el ir al trabajo en autobús no es tan emocionante. Cuando me bajo del primer autobús, el camino de la parada B a la parada C en dónde debo subirme al siguiente autobús no está tan lejos, diría que incluso está más cerca que el camino desde el trabajo a la parada A. El problema son los cinco semáforos, los cuales no suelen coincidir en verde para los peatones, lo que causa que casi siempre pierda el segundo autobús. Ayer se alinearon los astros y coincidieron los cinco en verde, el camino fue de tres minutos, muy diferente de los diez minutos habituales. Cuando llego tengo que esperar entre 15-20 minutos al siguiente autobús.

No me molesta el tiempo perdido porque, seamos sinceros, lo perdería igualmente; sólo quiero mostrar con esto, una vez más, que la fijación con el supuesto beneficio de los coches es de lo peor. Que se va más rápido en coche porque en buena parte los caminos están diseñados más para los coches que para los peatones.

Cuando cuento esto se me pregunta que por qué no tengo coche, no como un consejo sino como si fuera culpable de algo. Una persona incluso me preguntó hace unos años por qué no iba al psicólogo porque le dije que no me gusta conducir, sólo porque le dije que me no me gusta conducir, y que además me agobia, ya era alguien que requiere un tratamiento para esa persona con coche de primera mano (por otro lado, hay que decir también que la susodicha persona posee un título de ingeniería, lo cual puede explicar en buena parte esta confrontación). Hay tanta obsesión con el tener un coche y el ser una persona adulta que hay personas que llegan a esos extremos de pensar que si no tienes, deberías de ir al psicólogo. No odiaba los coches, y realmente no tengo razones para odiarlos salvo por personas como ésa que los conducen, sólo es que no me gusta el tráfico ni todo lo que tenga que ver con él, sólo es que me gusta ir andando y prefiero autobuses y trenes a eso. Pero, en fin, a mi edad han logrado que tenga tanta tirria a los coches como a las personas que piensan en la posesión de un vehículo como una forma más de crecimiento personal.

Me gustaría mudarme cerca del trabajo pero la zona es cercana a la playa y eso en temporada de turismo es algo que cuesta muy caro. Un compañero de trabajo que lo contrataron el verano pasado me aconseja que me haga la idea de que debo aguantar hasta septiembre. En esa zona hay un polideportivo (“el mayor de todo el sur de España” que como toda obra faraónica fue construido durante la burbuja inmobiliaria) con su nombre en honor de un concejal del PP fallecido por un atentado, en donde siempre hay partidos de baloncesto y por tanto siempre hay coches de aficionados al baloncesto aparcados o en movimiento cerca de la zona. Los letreros rezan “con vistas al mar” y ponen el polideportivo como lugar de referencia. Y a esto lo llaman “calidad de vida”.

El argumento de “pero ¿y el trabajo que da?” y Banderas

Antes de comenzar supongo que aquí todos ya sabemos la noticia de Antonio Banderas, ya hemos leído la emotiva carta de Banderas, las razones en contra de su proyecto (básicamente, para quién no lo sepa, que no cumple la ley y el concurso público no fue transparente), las razones de las personas indignadas porque él no va a construir su negocio y las razones de las personas en contra de su proyecto (hay que cumplir la ley y la transparencia). Es decir estamos cansados de leer ya del tema. Pero luego está un argumento que me interesa más y de lo que no se habla y al mismo tiempo se intuye que los tiros de los apoyos van más por ese lado: “pero ¿y el trabajo que da?”.

¿Realmente el edificio de Banderas merece la pena por el trabajo que da? ¿Realmente algo merece la pena sólo por el trabajo que da?

No os voy a mentir. Al igual que en muchos lados de España, el nivel de vida exigido en Málaga es alto debido al turismo y, sin embargo, los sueldos congelados o bajos. Aquí muchas personas mayores aún se acuerdan de cuando les echaron de su trabajo en los tiempos de la alcaldía del PSOE porque cerraron la fábrica en la que trabajaban (a veces te cuentan que las fabricas “se fueron a Sevilla” o “se fueron a Madrid”). Como se pueden imaginar buscar alquiler en esta época del año es una odisea, pero acá todo, absolutamente todo, se justifica con un “pero ¿y el trabajo que da?” y casi nadie se atreve a contrarrestarlo.

Y fíjate, voy a poner un ejemplo contra lo absurdo del argumento “pero ¿y el trabajo que da?” en un sólo párrafo. La piratería no mató a las tiendas de discos en Málaga, sin embargo en cuanto Fnac vino y creó su planta en cierto edificio de Málaga, a excepción de una tienda de discos, todas las del centro y cercanas a el mismo, cerraron, a pesar de que los precios de los discos eran los mismos. En cada tienda de discos de Málaga había, como muy poco, uno o dos empleados, en el apartado de disco del Fnac hay sólo dos (y creo que es personal rotado con los de las otras secciones). Hagan sus cálculos e intenten justificar con “pero ¿y el trabajo que da?”, verán cómo no les sale. En cuanto a las librerías no han muerto, pero han tenido que hacer sus recortes de personal, aunque hay una que podría caer por culpa de las obras del metro (“pero ¿y el trabajo que da el metro?” se dicen muchos, en una ciudad llena de autobuses, al ver las obras sin pensar en la de negocios que han caído por las mismas).

En la feria de Málaga ha habido violencia callejera, calles sucias, urgencias colapsadas, ni un bar dice “no” al servir otra copa más a alguien demasiado bebido,… y todo se justificaba con un “pero ¿y el trabajo que da?”, pero hubo un escándalo que ilustró todos los periódicos hace un par de años, que llenó columnas de opinión y que hizo cuestionarse a las personas de acá qué clase de feria era ésta y qué clase de ética estamos mostrando al mundo: un borracho estaba bailando desnudo en Plaza de la Constitución. Así que hasta que no veamos a Banderas desnudo en Málaga, nadie pensará en que tal vez no merezca la pena su teatro, porque, mucho hablar de los americanos con que se escandalizan más de una teta en televisión que de una pipa, pero aquí también estamos en un mundo puritano que se escandaliza más de un tío desnudo que ante cualquier otra cosa.

Seguramente si algún malagueño me está leyendo ahora mismo lo primero que pensará es que al decir lo del párrafo anterior metiéndome con la provincia estoy dañando el turismo de esta ciudad y por tanto cometiendo un ultraje contra “pero ¿y el trabajo que da?”. Porque así es, antes que pensar sobre que a lo mejor me estoy pasando con lo de poner a los malagueños de puritanos pensará en la imagen de la provincia que estoy mostrando en un blog en el que escribiendo en él, al no ser un trabajo de mierda por el que me pagasen, no tengo nada que perder (¿quién me va a despedir? ¿por qué debería preocuparme por la audiencia? No tengo cliente alguno de quién preocuparme porque no quiero ni necesito uno). La verdad es que lo peor es que hay tantas provincias en España en las que estoy seguro que su población piensa lo mismo (“pero ¿y el trabajo que da?”).

El trabajo que da la feria es de una semana, el que da la semana santa es de una semana, y estas gentes suponen que con esa mierda de trabajo da para comer durante todo el año. Cuando he dicho algo delante de amigos me han justificado con “pero ¿y el trabajo que da?” pero nunca caen en la oscura verdad, que el trabajo que da es una mierda y que de los trabajos de mierda no se vive durante toda la vida, sino se malvive durante toda la vida. Da igual que algo sea ilegal, daría igual que no fuera Banderas y en su lugar fuera la mafia italiana, usarían un “pero ¿y el trabajo que da?” para justificar los puestos de mierda.

Sorprenderse del paro, pero no sorprenderse de los trabajos de mierda, porque estar en contra del paro es fácil pero no lo es tanto estar en contra de los trabajos de mierda. Los partidos de izquierda actuales deberían atacar más a menudo a este argumento de “pero ¿y el trabajo que da?”, en vez de quedarse sus argumentos en otro inaudible “pero es ilegal y un empresario no debe poder cambiar la ley a su antojo“. Si atacaran al “pero ¿y el trabajo que da?” con cosas como un “más trabajo dan varios teatros y a alguien poderoso le daría igual que por su teatro y su fama éstos cerrasen, incluso, dado el antecedente, podría cambiar las leyes a su antojo para favorecer a su empresa”, o dijeran algo más elaborado como “y ¿qué? Tanto te importa el trabajo y tan poco el dinero que podrías cobrar si usáramos más a menudo la ley (cosa que no hacemos con las leyes laborales por culpa de pensar tanto en el trabajo y tan poco en el dinero)”, o, incluso, con un simple “¿y el resto de teatros que cumplieron la ley qué?” o con yo qué sé qué cosa, pero si de una vez por todas fueran contra ese argumento, a mí por lo menos me ganarían.

El timo del horario flexible y las oficinas de espacios abiertos

Hoy vengo sin enlaces, porque soy una persona que lleva desde el 2010 trabajando en oficinas de espacios abiertos (también conocidas como open offices o como nosotros, sus trabajadores, la llamamos: el gallinero y el matadero, según lo amable que haya sido el día) y con el famoso horario flexible. Ambas cosas llevan muchos (pero que muchos) años en las consultoras de nuestro país (que son, en su amplia mayoría, multinacionales) más conocidas como Las Carnicas, muchas de ellas las podías encontrar en la magistral web, ya cerrada, Trabajo Basura, junto con preciosas opiniones de empleados y antiguos empleados (“si aprecian su vida no entren aquí”, “he llegado a echar 20 horas diarias en este infierno”, “si vas a entrar prepara plan para buscar un trabajo de verdad”, “no me han subido el sueldo desde 1996”,…). Algunas de estas consultoras fueron juzgadas y condenadas por sobreexplotar a sus trabajadores con horas de más y sin pagarlas, además de otras cosas aún más ruines y de las que no hablaré aquí por falta de espacio y tiempo, el resto de consultoras, en cambio, están en camino. ¿Cómo puede suceder esto? ¿Es que acaso no se cumplen las promesas del open office ni la del horario flexible?, se puede preguntar el lector de este texto y le contesto que, por supuesto, que se cumplen ambas promesas, y el resultado de estas promesas es nefasto.

Evidentemente este texto está dirigido a esas personas que no saben de qué va todo este tema. Estudiantes, o personas que trabajan en empresas pequeñas con oficinas pequeñas, o en equipos reducidos o de autónomos y nunca (nunca) han tenido que vérselas con una empresa de este tipo. Es decir personas que no han pasado nunca por una empresa grande o multinacional y menos en una sala con otras cien personas. Todos los que hemos tenido la suerte de trabajar en esos gallineros tenemos que explicarlo una y otra y otra y otra vez a nuestros conocidos, porque siempre llega el que te pregunta “Ay va, ¿trabajas ahí? ¡Ahí estarás de puta madre!”.

El matadero o gallinero, conocido en periódicos, diarios digitales y entre emprendedores como “oficina de espacio abierto” o “open offices”, es un lugar donde no hay paredes, ni tabiques, ni cubículos que separen empleados, ni a grupos de empleados. Es un espacio enorme que puede llegar a albergar ciertos de empleados en mesas amplias con su cajonera, su ordenador debajo y su monitor y teclado y ratón en la mesa. A veces incluso ni tienes cajonera y te asignan una taquilla donde guardar tus cosas. Entras y ves un espacio enorme y cada mesa contiene casi nada (a lo más ves un par de libretas y un bolígrafo en algunas mesas).

Las personas que entran de visita (que no trabajan allí) suelen quedar alucinadas para bien, les cuentan que los diferentes proyectos crean sinergias entre sí, ya que cuando una persona escucha a otra persona de otro proyecto que necesita ayuda con x cosa que desconoce esta última, esa persona le puede ayudar, creando así un gran beneficio para la empresa. En ese mundo de los unicornios y arcoiris todos nos conocemos y formamos parte de una gran familia de amor, extrema felicidad, amplias sonrisas y solidaridad entre nosotros, en la cual como buenas hormigas colaborativas sacamos heroicamente el trabajo gracias a nuestra gran comunicación. Colaboración, sinergias y todos esas historias de fantasía que suenan tan preciosas.

Al final, en el mundo real, como dice el tipo del tuit del inicio de este escrito, allí la gran mayoría de personas sólo podemos trabajar con auriculares si queremos trabajar. Hay demasiado ruido, todo el mundo está hablando, siempre hay alguien de pie paseando por el pasillo hacia la puerta, o de la puerta a su sitio, o de su sitio a otro sitio para hablar con alguien de su proyecto. Alguien que le cuenta a su otro compañero de trabajo qué hizo el fin de semana pasado, otra persona diciendo que quiere irse de la empresa pero no logra que la echen ni a patadas, reuniones de la gente de un proyecto matándose vivos y jurándose entre ellos que se irán de ese maldito lugar en cuanto les salga otra cosa, montoncitos de personas que están trabajando en un proyecto del que cada vez que hablan crees que están hablando en un idioma de extraterrestre (como es normal, a pesar de lo que piensan y dicen los empresarios, no tienes ni la más remota idea del resto de proyectos porque cada proyecto es un mundo, incluso aunque fuesen ramas del mismo proyecto esto pasa), personas que están discutiendo debido a que una tarea del proyecto que no la entiende ni dios y ahora tienen que llamar al teléfono del alguien para preguntarle qué chimpancé de consultor redactó esa mierda de tarea en la reunión con el cliente y que si le puede facilitar su número de teléfono para que se la expliquen,…

¿Qué te molesta la gente paseando alrededor tuya? Tranqui, en una oficina de estas características eso pasará cada 5-10 minutos (alguien buscando al jefe, alguien yendo a descolgar el teléfono, alguien dirigiéndose al baño, alguien dirigiéndose afuera a fumar,… y todo el mundo viendo lo que estás haciendo en el monitor de tu PC, todos pasan fijándose, espero que no seas de esas personas que se ponen nerviosas si miran constantemente lo que estás haciendo), los sitios más codiciados en estas salas son los que tu espalda queda cerca de una pared o esquina, de forma que ahí suelen estar siempre los jefazos de las salas.

Esto y más es lo que pasará a tu alrededor en cada segundo de cada minuto de las 10 horas, como mínimo, de todos los días que estés trabajando en una oficina de espacio abierto. Si crees que puedes trabajar sin auriculares escuchando la radio o música a todo trapo ahí de forma eficiente, ve e inténtalo. Los días que no he podido ponerme los auriculares, por lo que sea, he acabado con fuertes dolores de cabeza. He llegado a estar en algunas de estas oficinas en las que las ventanas no pueden abrirse y otras que son verdaderos zulos de hormigón con una pequeña y reducida ventana a varios metros de altura, estas cosas al principio te parecen una tontería, pero cuando estas ahí y notas el ambiente tan pesado y el oxigeno tan reducido que pasa por las rejillas del techo, ves que no es ninguna tontería en absoluto. Realmente sólo las personas que se pasan la gran mayoría del tiempo metidos en salas de reuniones o fuera de estas oficinas son las únicas que les entusiasman el tema, sí, las que nunca lo viven día tras día.

Para finalizar, ni que decir que es lo más normal que el baño siempre esté ocupado y tengas que esperar a que alguien salga. Dicho esto, pasemos al tema del horario flexible, que al principio su desventaja no parece tan evidente.

A mí la primera vez me vendieron lo del horario flexible tan bien que estuve a punto de abrazar al de recursos humanos (“trabajamos para asignaros proyectos de empresas que sólo tienen este tipo de horario” me decían y lo que antes me parecía bien ahora me parece un terror), por suerte la entrevista era en una sala yo solo y una cámara y la cara del de recursos humanos en un televisor. En serio, os entiendo perfectamente porque hace casi ocho años a mí también me la colaron tal y como a vosotros os la cuelan cuando os lo dicen, porque, seamos sinceros, ¿a quién no le gusta que le digan que te puedes ir de la oficina a la hora del día que quieras y luego recuperar las horas que estuviste ausente cuando quieras y en el plazo que quieras (pongamos que te fuiste dos horas antes porque un día estabas hasta los mismísimos y decides recuperarlos en un plazo de 10 minutos de más cada día)? Y además sin límite y sin tener que avisar a nadie, ni picar en máquina alguna, que podías hacerlo y tener un porrón de horas a deber, que nadie te iba a decir nada y siempre podrías recuperarlas a tu ritmo y cuando quisieras. Y te dicen que si en realidad es que no hay horarios, que se pone un horario oficial porque les obligan la ley, pero que no pasa nada si incluso hay horas que no llegas a recuperar jamás.

Si es que, qué inocentes somos y qué rápido caemos.

El problema del horario flexible es que no es flexible para ti, sino para ellos. Ellos lo venden en los medios, en las conferencias, en todos lados como todos ya sabemos, que es como he descrito anteriormente (que si puedes entrar y salir cuando quieras y recuperar los minutos u horas perdidos cuando quieras y a tu ritmo), pero en realidad el horario es flexible en el sentido de que “no hay horario” DE SALIDA. Sí, cuando te digan “horario flexible” lo que quieren decir en realidad es “no hay horario de salida y te retendremos aquí hasta que queramos”. Y lo mismo un día entras a las ocho de la mañana y sales a las siete de la tarde, que al día siguiente tienes que hacer lo que ellos llaman “un sobreesfuerzo” y salir a las doce de la noche para volver al trabajo a las ocho de la mañana del día siguiente. ¿Y qué haces en esas horas de sobreesfuerzo? Pues a veces trabajar y otras simplemente te piden que estés ahí calentando la silla sin ninguna tarea asignada porque las personas que forman proyecto, en el que estás, están muy ocupados y no tienen tiempo para darte una tarea, pero debes estar ahí para mostrar que apoyas a tu equipo y que respetas su trabajo y blablabla o si no en la próxima evaluación dirán que qué mal lo haces y que puede que no te renueven el contrato o no te den nuevos proyectos. Pero lo peor no es eso, lo peor son las miradas y las críticas de los compañeros de trabajo si se te ocurre irte antes que ellos, aunque no tengas tarea asignada. La cantidad de miradas de odio y críticas a la espalda de tus propios compañeros serán más elevadas contra más lo hagas, y, por supuesto, el trato y la ayuda que necesites de ellos en tu proyecto será peor.

Dicho esto, por si en este punto te estas preguntando por el papel de los sindicatos, conozco proyectos liderados por sindicalistas – CCOO en su más amplia mayoría – en los cuales sus empleados también echan muchas horas extras sin cobrar y los sindicalistas de sus jefes no hacen nada para evitarlo, es más lo ven como algo positivo y normal dentro de la empresa. Es algo que no me cabe en la cabeza y nunca he entendido, si tienes un presente sindical tan activo ¿por qué te vendes ante la presión que te toca y ni siquiera tratas de hablar? Porque lo grave es eso, no es que les pida que hagan una huelga masiva, es que les pido que hablen con sus jefes o con el cliente, porque ni siquiera dicen “no, vamos a hablar y buscar otra solución”.

Y tranquilos, si no disfrutáis de estas ventajas, puede que algún día todos los empleados de todos los sectores que tengan que ver con oficinas disfruten de estas grandes ventajas que programadores y teleoperadores disfrutamos a diario. Por lo pronto los coworkings ya están en ello, aplicándolas desde sus inicios en las proto-empresas que salen de ahí para que absorban esas cualidades y en un futuro sus empleados las disfruten tanto como las disfrutamos nosotros. Pero bueno, como solemos decir, no tenemos el cuerpo para otro tipo de trabajo, así que nos jodemos y tendremos que explicarlo una y otra vez a amigos, familiares y conocidos, a ver si así de boca a oído la cosa va comenzando a verse como la basura que es.

Que no es cargar escombros en una obra, ni limpiar casas, ni servir a montones de turistas y algún que otro desagradecido, ni cavar zanjas,… lo sabemos, pero no por ello deja de ser feo de narices y, dados tantos problemas que tenemos con ello a diario, no debería ser visto como algo bueno.