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Acerca de Griseo

Demonio infernal que escribe de muchas cosas supuestamente divertidas. Igteísta y en contra del coaching y similares. Entre sus aficiones está leer libros, escuchar música de todo tipo (ese clásico de los creadores de "salir con los colegas"), recolectar noticias curiosas o conocimiento inútil y devorar almas (como todo buen demonio infernal que se precie). Autor desde los inicios y administrador de este blog.

Las actividades extralaborales

Hay un tema del que no se suele ver información crítica y está tan en boca: las actividades extraescolares de las empresas (a partir de ahora me referiré a ellas como actividad extra-laboral). Ya que es una información que creo necesaria y que además es parte de la crítica que siempre hago a las empresas y su todo vale con el coaching y el pensamiento positivo. ¿Cómo? Dentro vídeo de un anuncio de estas actividades (os pondría este más aberrante sobre escape rooms para empresas pero dura 9 minutos):

Por supuesto que ponen AC/DC en el anuncio porque saben que tus jefes tienen cerca de los 50’s.

 

Es cierto que depende de las condiciones y de la actividad, pero en general suele pasar que las actividades extralaborales son una trampa del copón. Para empezar en el mejor caso ocupará un día entero, es decir tanto tus horas laborables como las horas de tu tiempo libre, en el caso peor ocupará sólo tu tiempo libre (el clásico “cuando salgamos vamos a tal sitio” o “he estado pensando que este sábado…”). Luego está el tema de que normalmente ni tú ni el resto de trabajadores elije la actividad, sino los grandes jefazos. Porque en las empresas que te tratan como un niño de 7 años, en las que la actividad la elige el o los jefazos o el coach de turno, no puedes decir que no te gusta esa actividad, no puedes participar en elegirla, no puedes elegir quedarte trabajando, y, además, a veces no te dicen cuál es hasta última hora porque es una sorpresa.

Las escape room son la actividad extralaboral más normal de este tipo, no requiere un tipo de vestimenta y lo pasas más o menos bien. La primera vez que vas a una actividad de extralaboral piensas que bueno, que vale, que está bien, y más si es algo tipo escape room. Bien, eso piensas la primera vez, pero ¿y la segunda? Digamos que la segunda es una mañana de paintball, tienes que llevar un chándal (encima de él te ponen una máscara, protecciones y un mono) y deportivas, estar en una buena forma física para correr por las pruebas y tener un cierto cuidado. Ya ahí empiezas a pensar que cuidado, es curioso que a los jefazos siempre les vaya medianamente bien, y que además hay relaciones extrañas que se fortalecen, pues curiosamente los que mejor se les da las actividades físicas o hacer el payaso para entretener a los jefazos en estas actividades, suelen recibir algún tipo de buena atención luego en el trabajo. Sí, el trabajo se convierte en una vuelta al colegio/instituto, con todo lo malo que eso supone, y su absurda separación entre la gente guay ganadora y los perdedores. Y sí, si eras un perdedor en el colegio/instituto, pues amigo/a, vuelta al redil.

Las actividades extralaborales se resumen en lograr entretener a los jefazos, no en divertirse, ni en distraerse, ni en fortalecer relaciones entre empleados. Ahí eres un niño de 7 años que se tiene que encargar de entretener a unos cuantos de 4 años con el cartel de “bebé jefazo” en la frente.

¿Cómo esquivar las actividades extralaborales? Salvo que os hayan avisado en la misma semana y esté todo reservado, no os recomiendo escoger ese día de vacaciones, si lo haces, cambiarán de día la actividad para que tú también vayas por narices. No se pueden esquivar, pero, si finalizando la actividad se sale del horario laboral, puedes poner la escusa de que te tienes que ir antes y, salvo raros casos, podrás irte.

Si por narices deben seguir existiendo en las empresas, la solución a esto sería lograr que las actividades no la elijan los jefazos y que además sean voluntarias (con opción a quedarse trabajando o a quedarse en casa), por mucho que las paguen los jefazos, involucran a todo el equipo y ya de por sí es duro estar con gente que son cada cual de su padre y de su madre, para que encima te digan que te toca ir un buen rato a hacer del amigo del jefe. Y por favor ayudad a elegir actividades que sean cómodas para todos/as. Lo suyo son cosas que todos puedan ir, estar cómodos y pasarlo bien, a ser posible sin competir y que sea más del tipo de colaborar. Lo ideal es que no consuman el tiempo libre de nadie y que tampoco se aísle a quién no vaya ni a quién haga mal las actividades (¿pasan estas cosas? desgraciadamente sí). Es decir, hay que tener muy en cuenta la diversidad y la diferencia en estas cosas y ser muy responsable, cosa que yo, por lo menos, no he visto en empresa alguna (yo todavía no he estado en alguna empresa en la que se respete, pues imagina conceptos elevadísimos como responsabilidad, diversidad o diferencia). Conclusión: lo ideal es que estas actividades no existan en las empresas.

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Fragmento de No Tan Incendiario de Marta Sanz

Desde pequeñita he sido agorera. Hipocondríaca, compasiva y miedosa. Esos síntomas apuntan hacia la enfermedad del pesimismo que en mi caso no ha tenido que ver con la pulsión de muerte del cambio de milenio, sino con la progresiva conciencia de la realidad. Cuando era pequeñita y veía a un niño que caminaba por el filo de una valla, le decía a mi madre: «Se va a caer». Y el niño se caía no porque yo convocase la mala suerte con mi lengua de bruja encanijada, sino porque existía un alto porcentaje de probabilidades de que un niño torpe, con una madre desatenta, que camina por un borde irregular de unos ocho centímetros de ancho, con zapatos rotos, cayese. Y se quedara melladito.

Agoreros, pesimistas, apocalípticos caen mal. Son seres que se regodean en la desgracia, frente a otros seres arcangélicos que venden miles de libros en los que gorjean de cómo la tristeza sólo llama a la tristeza igual que la riqueza llama a la riqueza y de cómo somos responsables de nuestra angustia, ansiedad e insomnio. Hay vida – de hecho la vida es un carnaval – más allá de cualquier ERE, la crisis es una oportunidad y las penas se van cantando. Frente a los paralizantes cantos de sirena de esa gente positiva que ve la botella rebosante, hace anuncios y vende cosas, cada vez admiro más a los agoreros. A quienes ponen el dedo en la llaga. A los que escriben libros desoladores como Chirbes, o a los que escriben libros aparentemente alegres que contienen penas venenosas como Vonnegut o como el Svevo de La conciencia de Zeno. A todos los gramscianos que saben del vínculo entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Y a los imprescindibles de Brecht.

(Fragmento de No Tan Incendiario de Marta Sanz)

Porqué no veo ni veré Juego de Tronos

Ni siquiera he visto el primer episodio y no quiero verla. ¿Por qué? Por nueve motivos.

  1. La brasa friki. ¿No os pasa? Os gusta escuchar a vuestros amigos motivados por una serie/libro/película/disco/… que han visto/leído/escuchado y os entra ganas de probar. Tal vez esté bien. Pero, de repente, ves que hay como millones de personas que lo están viendo/leyendo/escuchando y que todas te dicen que debes de verlo/leerlo/escucharlo ya, y ahí te entra la bajona. Que sí, que todos tienen la misma opinión, pero tú no te acordarás de los nombres de más de tres nombres de personajes y jamás podrás hablar con esa gente que te miran por encima del hombro y te dicen que eres sólo otro «maldito casual» que meramente te mueves por las modas y blablabla. Mira, así no, prefiero esperar a que cancelen o termine la serie, la veáis todos, os peguéis el golpe, y ya probaré a verla cuando pasen dos años más.
  2. Los libros. Normalmente cuando quiero ver una película/serie si tiene libro me leo antes el libro y ya me pregunto si ver la película/serie o no verla. Suele pasar que me quedo en el paso del libro, me lo leo y si me ha gustado mucho no veo la película/serie, salvo si me he quedado con ganas de más. Bien, pues miro el primer volumen de Canción de Hielo y Fuego (Juego de tronos) y tiene 800 páginas, y esto es sólo el primer libro. Mira, en lo que gastas en leerte el primer volumen de Juego de tronos ya tienes casi acabado El Señor de los Anillos, te da tiempo de leer tres libros de Palahniuk o dos veces todos los libros de Amy Hempel. Hay miles de libros interesantes ahí fuera y más de fantasía épica, y normalmente los libros de 800 páginas no comienzan a ser interesantes hasta la página 600, y no voy a esperar 600 páginas para ver si una historia me interesa.
  3. Cada capítulo dura una hora. Una hora y sospecho que la mayoría de gente lo ve al doble de velocidad o a x1.5, porque en palabras de un amigo que tampoco ve Juego de Tronos «me dijeron que había una batalla de Juego de Tronos que era la hostía, así que me puse a verla en youtube y era un coñazo». Así que me puso la batalla y también me pareció un coñazo. Llegué a pensar tras esto que hay gente que ve Juego de Tronos como quién ve porno: sólo le llegan al cerebro que hay sexo y cuerpos desnudos. Pero luego pensé que tal vez de tanto ver capítulos de una hora de Juego de Tronos cualquier cosa que salga ahí les parecerá la hostia.
  4. George R.R. Martin me cae mal. Vale, David Foster Wallace me cae mal (el día que leí en uno de sus textos periodísticos cómo se metía a muerte con el minimalismo fue cuando me cayó mal, muy mal), pero, sabes, se lo perdono porque escribió cosas geniales como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, La niña del pelo raro, o Extinción. Además estoy seguro que él, a pesar de su carácter, nunca se hubiera metido en follones como querer prohibir el fan fiction por razones de copyright (vaya, vaya, George R.R. Martin). Tampoco se hubiese metido en el jardín de escribir una serie de libros y decirse de escribir la precuela de los mismos al mismo tiempo, ni demás sacacuartos, y además no pensar en que debes terminar lo que empezaste hace 22 años. Vale, por lo que veo George R.R. Martin es demócrata, manifestó su apoyo a que EE.UU. acoja refugiados, y se opuso a Vietnam. Ok, algo de sangre le llega al cerebro y eso está bien. Pero oye, también defiende que deban haber más escenas de violaciones en la serie que en sus libros, así que no, tanta sangre no le llega. Lo que nos lleva al siguiente punto.
  5. No soporto las películas con violaciones por la cara y menos aún si son violaciones porque «los creativos nos aburríamos y dijimos “vamos a poner una violación aquí”» (es decir, ya no es que sean violaciones por la cara, sino violaciones por la puta cara). Aquí no cabe explicación ni nada. Que sí, que la vida es dura y cruel, pero si yo también he tenido un día duro y cruel, pues tal vez no tenga ganas de algo duro y cruel que me dure capítulos y capítulos y más capítulos de una hora si no hay razón alguna que me justifique esa escena. Tal vez lo que tengo ganas es de algo que me mueva la sangre al cerebro, algo que me lance por los aires y me evada un rato, que me conmueva o simplemente de algo que me haga pasar el tiempo.
  6. Los fans. Puede parecer al punto uno, pero no. El problema es que si cuentas por qué no tienes ganas de ver algo y hay gente que no son capaces de aceptarlo, de interiorizarlo, de pensar que hay gente diferente, pues, mira, como que te dices «AHORA SÍ QUE SÍ QUE NO LO PIENSO VER. JAMÁS». Tal vez haya personas que sufran de una posible exclusión social, pero si tus amigos son tan mierdas de hablar todos los putos días de Juego de Tronos e ignorar que hay personas presentes que no lo ven ni quieren verlo, y que necesitan también de un poco de conversación, es momento de buscarse otros amigos. Si a tu amigo le importa más una serie que un amigo, no es tu amigo, es gilipollas. Cierto es que en cualquier relación entre personas hay que buscar cosas en común, pero si el otro no está por la labor, no es tu problema.
  7. El merchandising. Este punto me encanta. Nunca he visto una época en la que el merchandising sea tan importante. Realmente Juego de Tronos no es ya una serie, sino una comunidad de fans a las que vender productos. Hace poco vi un documental en Netflix muy interesante sobre Funko (el de Fábrica de diversión), que aunque no me gustan los funkos me ayudó a entender el coleccionismo. Digamos que un día ves Juego de Tronos y te flipa, te vuela la cabeza, pero al día siguiente estás caminando por la calle y ves que hay una taza de Juego de Tronos. Y te dices, «ay va, una taza de mi serie favorita, voy a comprarla y la tendré en mi mesa del curro». Pero es que el día siguiente vas al curro con tu taza y alguien te la ve y acabáis hablando de la serie y que si él tiene una camiseta y algunas figuritas. Te dice donde comprarlas barato por Internet y caes. El coleccionismo visto como comunidades de fanáticos que consumen. A esta gente hay que venderles cosas constantemente porque te lo demandan y en cuanto vean un nuevo personaje querrán su espada, su figurita, el dlc del personaje para el videojuego y la sintonía que suena cuando aparece el personaje. Luego estamos los tipos como yo que acumulamos libros y discos, a los que nos señalan diciendo que nosotros también, pero no es lo mismo. Yo compro el libro que quiero leer o el disco que me gusta tanto y nada más. No la taza, no la figurita, no la lámpara,… Compro la cosa, la leo o escucho y fin.
  8. Es para triunfadores. Me gustaban más las series tipo los 90’s de gente tirada o directamente fracasados para gente tirada o fracasados. Es decir series para personas normales. Yo, por ejemplo, no me considero la hostia y dudo mucho que llegue a tener esa visión de mí, no soy un ganador porque si no no tendría que trabajar, ni pensar que tal vez tendré que pasar el resto de mi vida trabajando. Y ahí está el jefazo, el rey del curro, el máquina, el crack, que llega con su taza de Juego de Tronos al trabajo. Si cuando eras niño/a veías series a cascoporro es que era muy probable que no salieras a la calle, que tu barrio no tuviera sitios para jugar cerca, o que fueras tímido/a y tuvieras pocos amigos/as. Si de adulto/a ves series a cascoporro, vale, probablemente seas un mierda sin vida, pero queda claro que eres de los que, de forma habitual, llegan del trabajo a casa y de casa al trabajo, es decir eres una persona correcta, un modelo. Una persona como ésa no necesita vivir más, en cambio el resto necesitamos vivir todo lo que no pudimos vivir. Ved una película o serie americana estándar para adultos en la que varios buenos colaboren en equipo y contad las veces que dicen «buen trabajo», aunque no estén trabajando, y, contras, ¿no podrían simplemente decir «gracias»? No, tiene que quedar claro, de forma que cuando las personas que vean estos productos vuelvan a su trabajo se vean como los tíos buenos de la película que salvaron el mundo y pensarán que su equipo de trabajo son como ellos (diréis que nadie tiene la cabeza tan ida, pues, oye, yo en un sitio donde trabajé un coach nos ponía como a los héroes que trabajan en equipo de las películas, así que sí que la tienen tan ida). Hoy día hay series también para nosotros pero Juego de Tronos (una serie americana basada en una serie de libros escritos por un americano) no es esa serie.
  9. Es un producto de duración infinita. El problema cuando algo no se acaba es que lo puedes estirar y estirar y estirar para seguir sacando los cuartos a la gente, y si funciona para qué vas a hacer que acabe. ¿Qué hay de malo en que algo no se acabe? El relleno y que acaba siendo inconsistente. Cuando tienes chorrocientos capítulos es difícil que te acuerdes de detalles de los primeros capítulos, luego rompes las normas de la historia y ésta acaba siendo inconsistente. Además tienes que alargar la historia de alguna manera (capítulos de una hora), ¿y qué mejor que con capítulos rellenos? Llega un punto que no tiene sentido no decir spoilers, porque no los hay. En cambio, las cosas que tienen un final tienen una ruta que comienzan por un inicio y terminan en un final, los guionistas pueden saltárselas un poco, pero si se las saltas del todo se va a notar más. Al haber un final puedes marcar qué es lo importante, lo que debe ser consistente y dónde poner escenas de relleno.

Posesión

¿Recuerdas eso que dicen en las películas de que los fantasmas aparecen por las noches en una carretera o en un breve instante tras un parpadeo de luces? Pues olvídalo. Esto no va de seres cubiertos con sábanas ni de humanos transparentes rodeados de un halo luminoso.

Los fantasmas de verdad, los de la vida real, no los llegas a ver, pero de alguna manera sabes que están ahí.

– Hola, ¿es Martín?

Llevo meses escuchando ese nombre. De alguna manera Martín siempre está presente.

Es como cuando muere tu abuela y años después estás hablando con un amigo, pero, de repente, un refrán suyo sale de su boca y te das cuenta que ella estaba ahí todo este tiempo.

Un buen día recibes una llamada y ya no hay vuelta atrás.

– ¡No soy ningún Martín! ¿Quién es usted? ¡Déjenme en paz de una vez!
– Usted es Martín. No tengo duda.

Nunca he visto a Martín. Nunca lo he conocido en persona. Ni siquiera sabía quién era. Hasta que Martín comenzó a aparecer.

Dije “Buenas tardes, ¿diga?”. Era mi 30º cumpleaños así que contesté preparado para otra larga conversación. Y la voz de una persona me dijo “Hola, ¿es Martín?”. Era un tono de voz tan neutro que no sabía si era hombre o mujer, ni siquiera sabía si era algún odioso crío que quería gastar una broma. Dije que no, que se había equivocado de número. Entonces la voz dijo que no se había equivocado de número, que eso era imposible. Colgué la llamada. Para mi fastidio mi teléfono volvió a sonar. Cuando lo descolgué sonaron tres pitidos y colgaron la llamada. Debía ser un fax o algún tipo de llamada automática.

Así que no le di importancia alguna.

Desde entonces todos los días sonaba mi teléfono preguntando por Martín. Algunas veces eran hombres, otras mujeres, otras eran voces tan neutras como aquella que llamó la primera vez.

– ¡Le digo que este teléfono no es de ningún Martín!
– No, eso es imposible.

Pero ¿quién es Martín?

Comenzó a volverse preocupante así decidí investigar. Mi primera idea fue buscar en la web quién era Martín. Según el INE en España hay 55.866 de hombres que se llaman Martín y su edad media es de 30,4 años. Si miramos por autonomías, Cataluña es la provincia con menos personas que se llaman Martín, en cambio en Galicia están la gran mayoría de Martín de España. Decidí comenzar a buscar por mi provincia, en la cual había 1,62 personas llamadas Martín por cada 1000 habitantes.

– Mire, no sé quién es usted, pero ya han llamado más personas y le aseguro que este teléfono no pertenece a ningún Martín. Es más, ¿quién es ese Martín?
– ¿Usted no es Martín? ¿El marido de Leonor?
– ¡No!

Seguí investigando. En Facebook hay demasiadas personas que se apellidan Martín, pero también que se llaman como tal. Como no encontraba nada concreto, en una de las llamadas decidí hacerme pasar por él para conseguir información. Puedes conseguir cualquier información si sabes fingir bien. Así que ya sabía que estaba casado, su esposa se llama Leonor, tiene una hija, y trabajaba en la misma empresa en la que trabajo desde hace un mes y en mi mismo puesto. Así que con unas búsquedas en los amigos de mis contactos pude encontrar su perfil.

Miré la foto de Martín. Tiene mi misma edad, mi mismo corte de pelo y una cara parecida a la mía. Principalmente nos diferenciamos en el color de ojos, el corte de nuestras cejas y en la forma de la nariz. Lo peor de todo es que, según los comentarios de su perfil en Facebook, Martín llevaba fallecido desde hacía dos meses y sólo la familia parecía estar enterada. Nadie quería saber la verdad. Y mientras recibía llamadas quise saber más y más de Martín.

Contra más y más sabía de Martín más cerca me sentía de él y de la verdad por la que su fantasma se me aparecía. Me cambié el corte de cejas, me puse lentillas, me operé la nariz. Un día comencé a salir con Leonor, su hija me llamaba papá. No podía evitar que todo el mundo me llamase Martín así que acepté ese cambio de nombre como apodo. Decidí que ya que no podía librarme de las voces que me llamaban dejaría que éstas me inundasen. Así que les respondía y aceptaba su conversación. Desde entonces soy una sombra, no tengo pasado, tengo a Martín. Ahora era él. Y los meses pasaron.

– Hola, ¿es Martín?
– Sí. Diga.

Hasta que un día me robaron mi móvil. Durante los siete días después de mi cambio de número de teléfono mis lentillas se rompieron, dejé volver a crecer mis cejas, de alguna manera mi nariz volvió sola a su sitio, Leonor me dejó, su hija me ignoraba, cambié de trabajo, alguien borró de golpe los perfiles de redes sociales de Martín y recordé quién era yo. Y nadie volvió a llamarme como Martín sino con mi verdadero nombre. Era la segunda vez en lo que llevaba de año que había cambiado de número de móvil, aunque la primera que el número no pertenecía a un difunto.

Fue entonces cuando supe que me había poseído un fantasma.

El padre de Tyler Durden

Hay varias cosas muy divertidas al analizar el libro El Club de la Lucha, pero una cosa que me sorprende que poca gente pille a la primera del libro de El Club de la Lucha (a parte de que poco a poco se desvele que Tyler Durden no es un buen tipo, sino un cretino manipulador) y es el tema de la figura de El Padre. ¿Quién es ese padre que tantas veces aparece en toda la narración de El Club de la Lucha? Para eso tendremos tendremos que entender antes de qué va realmente El Club de la Lucha.

A Palahniuk le encanta hablar de sus libros, del por qué lo escribió y del sentido que tienen realmente éstos, sin embargo siempre se frena cuando le preguntan sobre El Club de la Lucha y suele dar largas diciendo básicamente que cada cual le dé el significado que quiera. Aún así años después de llegar a ser un libro tan famoso (mayormente gracias a su película) y llevar un par de ediciones, Chuck Palahniuk aclara bastante en su prólogo.

Piensen en la película Ciudadano Kane, y en cómo los periodistas sin cara y sin nombre del noticiario crean el marco necesario para contar la historia a partir de un montón de fuentes distintas.

Eso es lo que yo quería hacer. Aquella tarde de aburrimiento en el trabajo.

Así que para aquel coro – aquel «mecanismo tradicional» – escribí ocho reglas. La idea misma de un club de la lucha no era importante. Pero las ocho reglas se tenía que aplicar a algo, así que ¿por qué no a un club donde le pudieras pedir a alguien que se peleara contigo? Igual que en una discoteca le pides a alguien que baile contigo. O igual que desafías a alguien a una partida de billar o de dardos. Las peleas no eran lo importante de la historia. Lo que me hacía falta eran las reglas. Esos mojones anodinos que me permitirían describir el club desde el pasado y el presente, de cerca o de lejos, el inicio y la evolución, embutir juntos un montón de detalles y momentos, todo en el curso de siete páginas y SIN que el lector se perdiera.

Por entonces yo llevaba un tiempo con un ojo morado, souvenir de una pelea a puñetazos durante las vacaciones de verano. Ninguno de mis compañeros de trabajo me había preguntado nunca por ello, así que supuse que uno podía hacer cualquier cosa en su vida privada con tal de que te dejara tantos moratones que nadie quisiera conocer los detalles.

También por entonces yo había visto un programa de televisión de Bill Moyers que contaba que las bandas callejeras no eran más que jóvenes que se criaban sin padres, y que simplemente intentaban ayudarse entre ellos a hacerse hombres. Promulgaban órdenes y desafíos. Imponían reglas y disciplinas. Recompensaban la acción. Las mismas cosas que hacen los entrenadores o los sargentos.

También por entonces la librerías estaban llenas de libros como «El club de la buena estrella» y «Clan ya-yá» y «Coser y cantar». Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran. Para que se sentaran juntas y contaran sus historias. Para que compartieran sus vidas. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas.

Una novela así tendría que otorgarles a los hombres la estructuras y los roles y las normas de un juego – o una tarea -, pero nada demasiado sensiblero. Tendría que presentar el modelo de una forma nueva de reunirse y estar juntos. Podría haber sido el «club de construir graneros» o el «club de golf» y probablemente habría vendido muchos más libros. Algo que no resultara amenazador.

[…]

Para convertir el relato en libro, añadí todas las historias que mis amigos me podían contar. Cada fiesta a la que asistía me daba más material. Como la historia en que Mike mete trocitos de porno en películas para niños. Como la historia en que Geoff se mea en la sopa mientras hace de camarero de banquetes. Una vez un amigo mío me dijo que le preocupaba el que aquellas historias pudieran provocar que salieran imitadores, pero yo le insistí en que no éramos más que don nadies de clase obrera que vivíamos en Oregón y habíamos ido a la escuela pública. No se nos podía ocurrir nada que no estuviera haciendo ya un millón de personas.

[…]

En realidad, lo que yo estaba escribiendo no era más que El gran Gatsby un poco actualizado. Era narrativa «Apostólica», donde un apóstol que sobrevive cuenta la historia de su héroe. Hay dos hombres y una mujer. Y a uno de los hombres, el héroe, lo matan de un tiro.

Era una narración romántica clásica y antigua pero actualizada para competir con la máquina de café o el canal de los deportes.

Es un detalle importante lo del programa de Bill Moyers. Debido a ese programa Palahniuk estaba más motivado aún en buscar las reglas para contar una historia de niños sin padres con un gran líder en la banda. Tyler les muestra el camino, aunque ya al final del libro Tyler acaba siendo un cretino incapaz de estar ni medio segundo delante de Marla Singer, dejando mártires por el camino, amenazando a jefes de policías y asesinando a políticos para lograr su objetivo.

Yo viví con mi padre unos siete años, pero no recuerdo nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, establece una franquicia.
Lo que ves en el club de la lucha es una generación de hombres criados por mujeres.

El padre de Tyler Durden y del narrador era un cargo medio que llevaba una franquicia y trabajaba tanto que no veía apenas a su hijo. Era un hombre ocupado que no sabia quién era su hijo y nunca le dejó ninguna huella, dejando todo el trabajo de educación y cuidados a su pareja. Realmente no hubo una relación padre e hijo fuerte, o por lo menos al narrador no le dejó huella alguna, al contrario que su madre. Para colmo, pasados siete años sus padres se separaron, dejando a la madre sola con su hijo.

Mi padre nunca fue a la universidad, así que era realmente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: ¿Y ahora qué?
Mi padre no sabía qué responder.
Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: ¿Y ahora qué? Mi padre no sabía qué responder, así que me dijo: Cásate.
Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmente necesito es otra mujer.

Es importante ese otra ya que marca una relación bastante fuerte del narrador con su madre, a pesar de él vivir de forma independiente y tener un trabajo todavía la ve como alguien tan importante en su vida. Luego está el necesito que significa que sigue necesitando a su madre o que al menos siga presente.

Su padre, en cambio, sólo contacta con él por teléfono y es él quién tiene que llamar (parece como que su padre ni se acuerda de que tiene un hijo). Es un hombre sacrificado con su trabajo que nunca fue a la universidad y le sobraba con que su hijo fuese a la universidad y consiguiese un trabajo y una vida mejor que la suya, según la novela es evidente que su hijo logró un trabajo de clase media («En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos»). Aunque jamás su hijo apreciase el esfuerzo de su padre, ni aprecie su estatus social («Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he dicho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito. Así de mala puede volverse la vida. Mátame.») y eche en cara su falta de presencia. Así que Tyler en su figura de jefe tiene que ejercer del padre que nunca tuvo y el padre que quiso tener.

La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de semana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler contra qué había luchado.
Tyler contestó que contra su padre.
Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos.
[…]
La mayoría de estos tíos está en el club de la lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.

Al contrario que el narrador, Tyler luchaba contra su padre porque la ausencia de su padre dejó un vacío que no pudo llenar. Cuando Tyler conoce a Marla el personaje principal entra en una especie de miedo de perder a Tyler («Siempre, desde que fui a la universidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.»), y lo cierto es que la visión del protagonista con respecto a Tyler comienza a enturbiarse más.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se largó para establecer otra franquicia.
Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que el sexo se haga aburrido, o nunca te casarás».
Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cremalleras de nailon».
Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bordar en un cojín.
[…]
– Haz que Marla salga de casa – me dice Tyler -. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.
Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están enfadados. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.
[…]
Marla ha vuelto.
En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Tyler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desparece.
Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.
Marica.

Las discusiones en su casa eran algo tan normal que siempre sus padres se esquivaban. El narrador ve a Tyler como su padre, cosa que se acentúa más y más hasta el final del libro, el cual será el momento de vencer a Tyler, cosa que no logrará ni con reiterados intentos de suicidio. Tyler le hace prometer tres veces al protagonista (amenazándole de que jamás volvería a verle si no cumple su promesa) que jamás hable con Marla sobre él porque realmente Tyler teme a Marla, la ve una amenaza tan grande como para poder desenmascarar la verdadera identidad de Tyler. Algo que acaba sucediendo cuando el narrador llama por teléfono a Marla y ésta le confirma la verdad. Además, al final, gracias a Marla logra decidirse del todo en derrotar a Tyler.

Hay un detalle que diferencia mucho el libro de la película y es que Marla es un personaje con su personalidad, su historia, y sus sentimientos. No es un mero personaje secundario, sino un personaje que tiene un poder sobre el narrador y a quién Tyler teme.

– Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca conociste a tu padre, o si está el libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?
Es el dogma de Tyler Durden. […]
– Al final terminas pasándote la vida buscando un padre y a un Dios. – dice el mecánico.
» Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Puede ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.
Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indiferencia.
[…]
Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.
– Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo.

Dios es la figura del padre perfecto, y como padre perfecto te ignora a la perfección. Así que llamar la atención de Dios es llamar la atención de tu padre. Para Tyler, el hablar de Dios es hablar de su padre, y debe volverlo loco para que, al menos, se acuerde del nombre de su hijo.

El problema es que apreciaba bastante a mi jefe.
Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. A veces, encuentras ese padre en el trabajo.
Pero a Tyler no le gustaba mi jefe.
[…]
Quería dejar el trabajo. Le estaba dando permiso a Tyler. Vía libre. Mata a mi jefe.

Una vez más el simbolismo. Tyler mata al jefe del protagonista como un gesto más del odio a su padre y a un odio hacia todo lo que tiene que ver con la figura de un padre. Así Tyler se fortalece y la única figura paternalista que le queda al protagonista es Tyler.

En la casa de mi padre hay muchas moradas.
[…]
He visto a Dios detrás de un largo despacho de nogal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:
– ¿Por qué?
¿Por qué hice tanto daño?
¿No me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?
¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?
Veo a Dios tras su despacho, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.
No somos especiales.
Tampoco somos escoria o basura.
Simplemente, somos.
Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.
Y Dios dice:
– No; eso no es cierto.
Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede enseñar nada.

Con la frase «En la casa de mi padre hay muchas moradas.» comienza el último capítulo del El Club de la Lucha antes de contarnos que Tyler ha sido derrotado y el protagonista ahora vive en un psiquiátrico. De alguna manera el narrador ha vuelto con Dios y al camino marcado por los padres (siendo el psiquiatra la representación de Dios, el padre perfecto) al empezar a vivir en el psiquiátrico, esa casa del padre con muchas moradas.

Fragmento de El tiempo regalado (Un ensayo sobre la espera) de Andrea Kohler

Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida, y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso. La prohibición de moverse ha sido siempre prerrogativa del poder patriarcal. El que nos hace esperar nos ata a un lugar. Esto ya era así en el paraíso, violar este mandamiento nos acarreó la expulsión. Cuando esperamos a alguien, experimentamos siempre, como si fuera la primera vez, que uno no se puede marchar sin ser castigado; y si a pesar de todo lo hacemos, se nos impedirá el regreso. Todo confinamiento se caracteriza por la retirada de esa disposición que uno tiene sobre los propios ritmos y espacios. La cárcel es el lugar en el que hasta el interruptor de la luz obedece a otro dedo. El carácter totalitario de las medidas disciplinarias que enajenan al preso de cualquier segundo y de todo movimiento lo analizó en detalle Michel Foucault en Vigilar y castigar. En el contexto militar, donde a menudo la espera entraña un alto valor estratégico, el frente de batalla consiste a menudo en una exasperante inactividad. Quizá por eso se castiga con la pena de muerte la deserción en tiempos de guerra.

De forma que condenar a esperar es una maldición, y el que condena nos tiene en su mano. Alguien —una persona, una institución— nos está imponiendo una medida temporal ajena, y lo más angustioso es que el tiempo que percibimos lo dirige otro. La espera es impotencia, y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse al mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce. Ahí está, esperando como el que recibe una tunda. Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza en la espera.

No por nada la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales. El despacho es la auténtica antesala de la modernidad. Aquí el sinsentido de la espera se vierte como un veneno en el sistema nervioso del que aguarda. Siegfried Kracauer ha descrito en un texto sobre las oficinas de la administración berlinesa de desempleo en los años treinta el efecto desmoralizador de las salas de espera públicas: «Aquí la pobreza se entrega a su propia contemplación. Bien se ufana con manchas bien visibles y trapos, bien se retira, con burguesa vergüenza, a un rincón. […] Si en uno de sus extremos es capaz de cubrirse, es seguro que en otro destacará con mayor furor. […] Y así, expuestas a un contacto directo, las personas sentirán una redoblada opresión en la espera. Buscan pasar el rato de todas las maneras imaginables. Pero hagan lo que hagan, el sinsentido no les deja en paz […] Los mayores quizá terminen reconciliándose con la espera como con un compañero; mas para los jóvenes parados es un veneno que los va taladrando lentamente».

Cierto que hoy la situación de los parados es distinta a la de entonces, pero sigue siendo verdad que la irradiación de estos espacios oficialmente uniformes refleja las condiciones sociales predominantes. Kracauer los llamaba «sueños de la sociedad», jeroglíficos cuyo descifrado deja al descubierto la «base de la realidad social». Todo lo negado, todo lo que se ha barrido bajo la alfombra, saldrá finalmente a la luz. El que espera en las antesalas de la administración es mejor que no sepa con qué o con quién se las tiene que ver.

Siempre se percibe en estos espacios la sensación de que se trata de domesticar al que espera: el mobiliario gastado, la desnuda luz de neón, números que te asignan un lugar exacto en la cola, la acre transpiración del suplicante. Esta deprimente arquitectura para peticionarios de todo color dicta también la triste realidad de estos asilos y campos de tránsito en los que la espera de un futuro mejor no es más que un ínterin entre huida y expulsión. Y aunque tales escenarios comiencen a ceder ante el diseño frío que imponen las sociedades de servicios, sobre los pasillos de linóleo permanecerá siempre el rastro de esta larga historia de la demora burocrática. En ellos anida la oscura esencia de la espera.

Este tiempo absurdamente perdido en el laberinto de la burocracia lo asió en primer lugar Kafka en una metáfora existencial. Su carácter masivo, capaz de atrapar una vida y un cuerpo, se fija para siempre, como emblema de la modernidad, en la figura del empleado de seguros Gregor Samsa convertido en escarabajo. El horror del que despierta es el contrapunto de esa ensoñada búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust. «Durante mucho tiempo me acosté temprano» — «Al despertar una mañana, tras un sueño inquieto, Gregor Samsa se encontró convertido en un monstruoso insecto», rezan las frases iniciales de dos empresas literarias radicalmente distintas: una vende su alma al pasado, la otra, a la inutilidad. Proust y Kafka son nuestros testigos privilegiados de la transición hacia el tiempo acelerado, y Franz Kafka es el primero que enjuicia en sus novelas al hombre administrado. El hombre que dilapida su vida ante una puerta en la célebre parábola «Ante la Ley» —retenido únicamente por un cargo menor, o por su propia pusilanimidad— de la novela El proceso es el medroso hombre de la era moderna. «Déjalo», tal el horror de su final, ante el cual decae toda expectativa.

«Ante la Ley hay un guardián. A este guardián le llega un hombre del campo y le ruega que le deje entrar en la Ley. Pero el guardián le dice que no puede entrar aún. El hombre reflexiona y pregunta si, entonces, podrá entrar más tarde. “Es posible”, dice el guardián, “pero no ahora”. Como la puerta de la Ley está abierta como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se asoma para mirar por la puerta al interior. Cuando el guardián lo ve, se ríe y dice: “Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: soy poderoso. Y solo soy el más humilde de los guardianes. Sin embargo, sala tras sala hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar ya la vista del tercer guardián”. […]

»El hombre de campo no había previsto aquellas dificultades; la Ley, piensa, debería ser accesible siempre y para todos, pero cuando mira con más atención al guardián, con su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda y su barba tártara escasa y negra, prefiere recibir autorización para entrar. El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años.»

El guardián, que para el «campesino» que no reconoce cuál es su situación llega a convertirse en el pilar de la espera, es el ángel caído que frustra su regreso al paraíso burgués proustiano: «El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para su viaje, lo utiliza todo, por precioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero al hacerlo dice: “Lo acepto solo para que no creas que has dejado de intentarlo todo”. Durante todos esos años el hombre observa casi ininterrumpidamente al guardián. Olvida a los otros guardianes, y ese primero le parece el único obstáculo para entrar a la Ley. […] Finalmente, su vista se debilita y ya no sabe si realmente se ha hecho más oscuro a su alrededor o si solo lo engañan sus ojos. Sin embargo, percibe ahora en la oscuridad un resplandor que brota inextinguible de la puerta de la Ley. No vivirá ya mucho. Antes de su muerte, todas las experiencias de todo ese tiempo se acumulan en su cabeza en una pregunta que hasta entonces no ha hecho el guardián […]: “¿Qué quieres saber aún?”, le pregunta el guardián. “Eres insaciable.” “Todos ansían llegar a la Ley”, dice el hombre, “¿cómo puede ser que, en todos estos años, nadie más que yo haya solicitado entrar?”. El guardián se da cuenta de que el hombre se está muriendo y, para hacer llegar las palabras a su oído, que se va perdiendo, le grita: “Por aquí no podía entrar nadie más, porque esta entrada te estaba solo a ti destinada. Ahora me iré y la cerraré”.»

Esta parábola, que entraña lo principal de la novela El proceso, constituye un alarde sobre la espera que se agota en sí misma. Como los héroes de los laberintos inexplorados de Kafka, atisbamos ese brillo a lo lejos y no nos atrevemos a seguirlo, porque los mil pequeños obstáculos que se interponen nos parecen tan poderosos como al campesino el guardián. Solo llegamos a ver la realidad cuando ya es tarde; el que lleva toda una vida esperando comprende al fin: «Esta entrada te estaba solo a ti destinada». Medio siglo después, el poeta americano Robert Lowell recoge este tope de nuestro horizonte de espera en la expresión: «La luz al final del túnel es la del tren que se nos viene encima».

La cultura del videoclip

“We take our music really seriusly, but music videos? They’re commercials. They’re candy commercials.”
(Dave Grohl cantante de los Foo Fighters y exbatería de Nirvana en el documental Foo Fighters: Back and Forth)

“They took the credit for your second symphony / Rewritten by machine on new technology / And now I understand the supernova scene / I met your children / What did you tell them? / Video killed the radio star”
(Video Killed the Radio Star de Bruce Woolley)

Este texto comienza cuando oí de pasada cómo dos compañeros de trabajo hablaban sobre una canción, uno le decía que ya había escuchado la canción mientras que el otro le contestó “pero la canción no, tienes que ver el videoclip”. Este texto no trata tanto sobre música, sino sobre cómo nosotros nos hemos convertido en el videoclip.

La historia del videoclip es casi tan antigua como la historia del rock, ya entre 1920 y 1930 estaban las primeras piezas video-músicales creadas con fines artísticos, en 1940 Walt Disney creó la película Fantasía y luego a finales de los años 1950’s tenemos los famosos videoclips de Elvis, tuvimos videoclips de The Beatles en los años 1960’s, en el 1975 tenemos el famoso videoclip moderno con efectos especiales más parecido a lo que conocemos hoy día que vino con Queen y su Bohemian Rhapsody, Pink Floyd ya hicieron algún que otro experimento en 1970’s, y en los 1980’s tenemos dos grandes hitos en la historia del videoclip: la aparición de la cadena de música, y fabrica del videoclip cada 24 horas, la MTV (la cual el primer vídeoclip que emitió fue Video Killed the Radio Star versionada por The Buggles, citada al principio del texto) y la banda Pink Floyd creó la mítica película de The Wall (casi sin diálogos, todo música y vídeo, un videoclip de todo el disco).

Ahora viene lo curioso. Después de la década de los 1980’s no hay ningún hecho destacable en la historia del videoclip hasta mitad de los 2000’s cuando apareció YouTube y Google Vídeo, plataformas en las cuales una enorme cantidad de usuarios se dedicó a subir videoclips y éstos a subir en visitas hasta el punto que a finales de dicha década las propias compañías de discos acaban optando por subir los videoclips ellas mismas a YouTube (visto que no podían detenerlo, por qué no hacerlas ellas mismas, ya sea la propia discográfica o el canal de Vevo). Y aquí es dónde comienza el melón que vamos a abrir.

Nunca hemos consumido tantos videoclips como hoy día. En la era de antes de YouTube los que veíamos videoclips eramos unos cuantos pringaos y frikis de la música, tanto que eramos capaces de tragarnos la mercadotecnia de la lista de Los 40 Principales que el Canal+ emitía en NO códificado, tanto que incluso llegábamos a grabar los de las canciones que nos gustaba porque seguramente a la siguiente semana no estarían allí. Normalmente cada banda llegaba a un máximo de tres videoclips, solía pasar que si veías los tres y te gustaban, acababas comprando o descargando el disco. Antaño para ver un determinado videoclip o esperabas a que saliera en televisión o, si lo tenías grabado, buscabas en la cinta VHS en qué parte estaba y lo veías (normalmente ya de paso veías varios antes y después). Hoy día basta con una conexión a internet para buscar un videoclip en concreto en cuestión de segundos y verlo. Además tras ver el vídeoclip puedes descubrir más videoclips parecidos en las recomendaciones.

Como veréis en los 2000’s se ha llegado a un cambio muy grande en la historia del videoclip y se ha tenido muy poco en cuenta. Si la MTV era, por entonces, el demonio por hacer consumir a sus televidentes (y además pagando) lo que en realidad son anuncios musicales de discos las 24 horas al día, YouTube es el mismísimo diablo. Dave Grohl de Foo Fighters tiene mucha razón cuando decía a la mitad del documental de Foo Fighters: Back and Forth que no se toman en serio los videoclips porque, en síntesis, los vídeoclips son como meros anuncios de chucherías, y después de ello otro miembro de la banda burlarse de las parafernalias egocéntricas de los vídeoclips (melenas al vuelo y esas cosas). Pero si lo son ¿por qué ese compañero mío de trabajo insistía en que el videoclip era lo importante y no la canción? ¿Hemos llegado acaso a un punto en la que los anuncios son más importantes que la película? Podría ser.

Lo mejor es que no sepáis cuánto dinero ganaban los Foo Fighters mientras se emitía este videoclip tan de escaso presupuesto, pero fue tanto dinero que nadie reconocía al cantante como el que fue el batería de Nirvana.

De cara a los consumidores los anuncios son la cara más dura del capitalismo, se trata de romper la coraza que te impide a comprar el producto y crearte una necesidad, y debido a la gran cantidad de trastos inútiles que nos rodean, hoy día para crearla necesitan crearte una emoción, un vínculo que logre que te hagas tan fan de ellos, como fan se hacen de Apple ciertos consumidores de la manzanita (aprovecho aquí para añadir: Steve Jobs cabrón, para una sola cosa de que inventaste – el no buscar consumidores, sino fans – y nos ha jodido tanto).

En la música el factor emocional es crucial. Debe ser La Canción Que Tú Descubriste, debe ser El Disco Crucial Que No Te Perdiste (y que algún día se lo pondrás a tus hijos con cierta sonrisa), debe ser La Banda de Tu Vida, deberá de ser El Concierto de Tu Vida. Es crucial que la primera canción que oigas sea un temazo en toda regla que te haga levantar de la silla, una flecha de Cupido directa a tu corazón. Pero hay un problema: hay muy pocos estilos musicales que sean tan comerciales para ello, y los pocos que hay están agotados. Hoy día nos queda más que claro que toda música comercial suena a lo mismo que la canción comercial anterior, la originalidad que trajo consigo la música electrónica (tanto la comercial como la no comercial) fue demasiado grande, aún hoy día se está descubriendo y todavía no se ha podido superar.

Tengamos claro que no es que “ya no se hacen canciones como antes” (siempre, en todas las épocas, han habido canciones horrendas y canciones fantásticas), eso no es lo que sucede, lo que sucede es que estamos en un momento de la música comercial que está colapsada. En YouTube juegas con un mercado musical global, cada día hay cientos de vídeos y de artistas por todo el mundo y cada persona tiene un perfil musical diferente que le hará saltar un vídeo u otro. ¿Cómo se puede destacar ahí? A base de soltar pasta en el videoclip. Da igual que el estilo musical, sea el rock o metal más garrulo, el cantante pop más empalagoso o, incluso, la canción para echarse unas risas que no pareca ni música, o haces que sea espectacular el videoclip, casi una película de cinco minutos, o haces el ridículo más espantoso, o lo que sea pero que llame la atención a toda costa. Ya no sólo tienes que competir con Like a Prayer de Madonna, ni con Thriller de Michael Jackson, ya tienes que competir también con elrubiusOMG jugando al Fortnite. Ya es demasiado tarde para competir en calidad, hay que lograr el posicionamiento a base de sacar material que atraiga desde el segundo uno como churros (y más ahora que hay previsualización de vídeos en las búsquedas de YouTube).

La música es un mercado capitalista duro y lo que ha pasado con los videoclips no deja de ser un caso particular del capitalismo en internet. Cuando en La salvación del alma moderna Eva Illouz habla sobre el capitalismo emocional (como en casi todos sus magníficos libros) una de las cosas que dice es que «El capitalismo emocional ha reordenado las culturas emocionales, llevando el yo emocional más cerca de la acción instrumental». Esto explica el porqué el videoclip (que no deja de ser un anuncio de chucherías) puede llegar a ser más importante para alguien que la canción, que el disco o que la banda. Es decir, la sociedad actual ha transformado nuestras emociones, y juegan con ellas para que consumamos, y si los sentimientos son bienes de consumo y los bienes de consumo nos llevan a la creación de emociones (por ejemplo, a la felicidad o al amor romántico perfecto, que son de los más demandados en la publicidad), si tenemos en cuenta que, sobre todo en la web, la imagen puede llegar a ser más impactante que el audio, lo más fácil es que la imagen nos cree la emoción y el audio dé casi igual. Al final, como estamos en la era del capitalismo emocional, lo importante es el anuncio que transmite la emoción que se necesita para el público al que hay que llegar, no es importante el producto.

En una era en la que no se venden discos (salvo los frikis del vinilo que son una minoría para darles de comer aparte), y los conciertos cada día más caen en picado ante el presente auge los festivales, para ser una banda popular hay que destacar mucho. No hay otra manera que caer en la cultura del videoclip hasta el punto que nosotros somos el videoclip que ellos necesitan alcanzar para conseguir el éxito.

Así como tenemos a miles de personas viendo a youtubers que juegan al Fortnite (lo nombro mucho porque sé que es un juego muy popular, pero no tengo ni idea de qué es el Fortnite ni me interesa, la verdad) porque ellos juegan al Fortnite y son fans de dicho juego o porque es divertido verle jugar al Fortnite, tenemos a miles de personas viendo videclips en YouTube por el mismo motivo.

En una otra vuelta de tuerca más al “¿eres lo que consumes?” dejo ahí la idea de empezar a tener en cuenta el que logremos ser capaces de separar la música del videoclip tal como se suele separar a Pantera de que su cantante es un nazi de mucho cuidado. A veces escuchar la canción sin el video sigue siendo una pasada (y cuando eso sucede es toda una alegría), otras el vídeo es sólo una promesa de marketing viral.