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Otro mundo más lleno de oportunidades

El edificio está muy cambiado pero da la casualidad que ahí comenzó todo. Justo en ese edificio fue dónde comencé a trabajar profesionalmente de programador y aunque sólo estuve allí dos meses recuerdo su interior con nitidez. Ahí empezó mi tic en el ojo derecho y mi pinchazo en el codo, ambos daños colaterales que sólo me suceden cuando me viene el estrés.

Así que entro y miro a mi alrededor. Ya no queda empresa privada alguna en ese edificio y ahora todo lo ocupa oficinas de lo público para parados.

Subo las escaleras y al llegar veo a través de puertas transparentes a las personas que, como yo, esperan para una prueba para un curso. Entro y me apoyo en una pared, detrás de una columna. Desde ahí veo como hombres y mujeres entran periódicamente hasta que veo un muchacho con un hombre mayor subiendo las escaleras. Se paran justo en la puerta transparente, el hombre mayor le da la mano y a la misma par que le da un leve toque en el hombro puedo leer de sus labios la palabra suerte.

Cuando salimos, una mujer y yo hablamos tras la prueba. Me cuenta que está ahí porque quiere el curso para aprender, que no entiende a qué viene una prueba tan difícil como ésa. Le doy la razón porque es cierto que yo no entiendo a qué viene algo que me haya hecho pensar en teorías metafísicas de la programación para un curso que es más para pasar el tiempo que para otra cosa.

Recuerdo el día que me vino el tic en el ojo por primera vez, incluso recuerdo el del primer pinchazo en el codo. Lo primero que pensé en ambos es cómo podía ser que sintiera mucho más estrés que en todo día que había pasado en la carrera, cuando todos decían “en el trabajo es todo mucho más fácil y hasta te gustará”. Un compañero de trabajo me decía que al menos tenemos una cierta estabilidad y aunque jamás puedes aspirar a cobrar más de 1500€ en esta ciudad, no hay que esperar horas y horas de transporte del trabajo a casa y de casa al trabajo. Este compañero me recomendó que viera Piratas del Silicon Valley para que aprendiera cómo comenzó este sector a transformarse en lo que es hoy día. El estrés. Las horas extras sin cobrar. La empresa como una secta que cree en un sueño. El jefe chulo con el que tienes mucho cuidado. Tipos que van a visitar la empresa y notan algo raro pero no dicen nada. En ese documental está todo. Tras esto lo poco de tecnofilia que pudiera haber en ti o de escusas tontas hacia lo que debería ser Lo Normal y que La Empresa No Cumple Porque Es Otra Cárnica Más se caen. Nada fue normal jamás, fuera de este país tampoco es normal, todo es una bola de nieve que al final llega al más bajo de toda la pirámide. Es el mismo modelo de Apple: trabajas para el sueño de un Steve Jobs gritándote mientras toca el piano. Todo estaba tan mitificado por profesores que ni saben qué es lo que realmente hay ahí fuera y nos lo hemos comido con patatas (“Cobro mucho menos que mis compañeros de carrera que ahora están en Madrid” = Ellos entraron en el ajo antes de la burbuja de las punto COM, cuando había mucho hueco que llenar). Todo esto no es sólo otro trabajo más pero con dolores de cabeza en vez de dolores de espalda o varices. Café e ibuprofeno.

Suerte para mí es que mi padre jamás me dio ni la mano y ni la palmada en el hombro antes de ir a una prueba o entrevista de curso o empleo.

¿Merece la pena aprender a programar para trabajar de programador en empresas? Pasados unos años me di cuenta que ningún sueño vale la pena cuando, sin ser responsable de nada, te lían tanto en un proyecto que acabas encerrándote en un servicio a llorar en silencio porque otro día más no sabes qué hacer para salir de esa tarea imposible que te han puesto, y lo que es peor es que mañana volverás a pensar “¿Y ahora qué haré?” al sonar el puto despertador. Todo esto sucediéndote en lo que llaman un mundo lleno de oportunidades.

Los señores que miran al horizonte

Señor que mira al horizonte
El otro día volví a Facebook para seguir con la tradición de borrar definitivamente otro perfil de Facebook que supongo que desembocará en la creación de otro Facebook mío en breve (como siempre, porque hay gente que sólo puedo contactar por ahí) y, tras tanto tiempo esquivándolo, me di cuenta de algo extraño.

Era como una plaga de señores en medio de la naturaleza, mirando al horizonte y una imagen de un lugar al que han viajado de cabecera de su perfil de Facebook (normalmente el último al que ha viajado). A veces sólo sale su cara y poca naturaleza de fondo, pero, incluso cuando parece que mira a cámara, está mirando al horizonte. En los casos de cuando estos señores tenían pareja, aparecía una foto de él con su pareja, como si de una forma de formalizar su relación se tratara. Tras un rato viendo a estos señores me di cuenta que daba igual que se tratara de perfiles diferentes, al igual que daban igual las diferencias superficiales de su aspecto, su edad o su rostro en diferentes perfiles. Siempre se trataba del mismo señor.

El señor que mira al horizonte siempre estaba en contra del PP pero al mismo tiempo denunciaba los “excesos de libertades que hay”. En una buena cantidad de perfiles de mi localidad, ese señor es miembro de alguna hermandad. A veces se presentaba como poliamoroso y otras no, pero, curiosamente, siempre se mostraba a favor del igualitarismo, pero en contra de las feministas con las que discutía acaloradamente en una buena parte de sus posts en Facebook. Sobre todo odia cuando le hablaban de cuotas como una buena solución.

El señor que mira al horizonte se define de izquierdas, dice que sobre todo está en contra de los ladrones que nos gobiernan y, como dije antes, cree que estamos a merced del libertinaje. La gente debería procrear más – dice – nos estamos quedando sin personas inteligentes – señala – porque no tienen un trabajo digno para reproducirse. A los trabajadores nos recortan en derechos, pero hay que adaptarse a los cambios, además siempre miras para ti mismo, ¿por qué no miras al pobre empresario que también lo está pasando mal y todo empresario quiere contratar pero no puede? Además, que horrible sería que por culpa de tanto lujo la economía se resintiera ahora que todo está mejorando tanto. ¿Sabes? El gobierno de Ciudadanos y el PSOE nos habría beneficiado a todos, los autónomos hubieran tenido que pagar sólo cuando debían pagar y no gastar dinero inútilmente. Que los de Podemos sólo quieren la renta básica, y luego están todos esos desgraciados como en el campo con el PER, metidos en el bar y yo aquí pagándoles su cafelito, ¡que así es España! Ayer en Salvados vi… Nunca veo la tele, ni películas, veo series en Internet. Oye, que me he enterado que te vas de vacaciones el [fecha], ¿a dónde vas? Es que si todavía no has pagado nada ¿te importaría cambiarlas? Esos días están dentro de esas dos semanas en las que me quería ir de vacaciones con mi novia y, total, tú que no tienes, no te importará cambiar tu fecha, que eres buena gente y somos compañeros, ya sabes cómo se ponen las mujeres. Me iré de vacaciones a [tal lugar exótico], y me saldrá muy barato. Como se nota que el lugar al que he ido de vacaciones está bien orientado al turismo, como saben esos tipos facilitar el turismo en condiciones, mira te voy a enseñar las fotos que hice. Eso de la noticia ésa no es violación, lo sé yo, que las tías son muy guarras, ¿que dices a ti no te importa lo que ellas hagan o vistan? Pues a mí si me importa porque luego llegan las denuncias falsas. Estoy a favor de la semana santa porque el dinero que se gana en semana santa es enorme, tú no sabes nada, del turismo de la semana santa puedes vivir muchos meses. Soy costalero. Hay tanto trafico que me he tenido que levantar antes para coger el coche, ¿por qué las [demás] personas que vienen a trabajar [y no son yo] no van en autobús? El conferenciante ha dicho cosas tan sensatas, hay que fomentar más la industria, el emprendimiento y el optimismo desde niños. Acabo de leer en El País un artículo muy bueno de un politólogo, como se nota que saben.

Él no quiere que cambies a una opinión diferente a la suya (porque sabe que tú también tienes a un señor que mira en el horizonte dentro de ti, esperando a salir en algún momento), y una y otra vez sigue diciendo lo mismo y más, como si no hubieras escuchado su opinión antes, la vuelves a escuchar, como si de una maldición o de otra absurda canción del verano se tratara. Porque a pesar de su aspecto, todos son el mismo señor una y otra vez. Se acaba el proyecto, cambias de trabajo, te llaman para otro trabajo, y siempre es el mismo señor multiplicado cuan agente Smith en las secuelas de Matrix. Pero es que a ese señor ya lo tenías como amigo en Facebook con otros nombres y otros avatares. Lo tienes en WhatsApp y te pregunta por qué te vas de los grupos en los que con sus amiguetes mandan vídeos y fotos de sexo de personas con animales. A veces tiene dudas, a veces piensas que tú eres el raro, que tal vez conforme voy teniendo más años, menos ganas tengo de discutir y más aprendo a decirles cuatro cosas y luego no escuchar, porque, total, no merece la pena porque dentro de un par de meses ya no estaré en este lugar y me mandarán a otro lugar, donde estará este señor con otra cara, otra vestimenta y otra edad y volveré a la misma historia de siempre. Porque es siempre la misma historia. ¿Por qué es siempre la misma historia? ¿Dónde la aprenden? ¿Dónde les dicen dí siempre esto y no esto otro? ¿Dónde les convencen para que crean que siempre es por su bien? ¿Quién le dice que lo que es por su bien es por nuestro bien? Otros señores que miraban al horizonte serían. ¿Pero cómo los señores que miran al horizonte pueden haber aprendido algo de señores que miraban al horizonte si una buena parte de nuestra generación (y varias anteriores) han sido criados por mujeres y éstos veían poco a sus padres? ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Por qué Iker Jiménez no investiga ya este caso en Cuarto Milenio? No lo sé. No tengo ni idea.

Sólo sé que borré mi Facebook otra vez y que, no sirvió de nada, porque el señor que mira al horizonte sigue ahí.

Los Nintendos

En cada gira promocional, la gente me contaba que cada vez que se sentaban en la fila del avión donde estaba la salida de emergencia, el vuelo entero era una pugna por no abrir la portezuela. El aire saliendo a presión del aparato, las mascarillas de oxígeno cayendo, el caos de gritos y el aterrizaje de emergencia: «¡Mayday, mayday!». Claro como el agua: aquella puerta pedía a gritos que la abrieran.

El filósofo danés Søren Kierkegaard define el terror como el conocimiento de lo que tienes que hacer para demostrar que eres libre, aunque hacerlo te destruya. Su ejemplo es Adán en el Jardín del Edén, feliz y contento hasta que Dios le enseña el Árbol del Conocimiento y le dice: «No comas esto». Ahora Adán ya no es libre. Solamente hay una ley que tenga que violar, que deba violar, para demostrar que es libre, aunque hacerlo le destruya. Kierkegaard dice que, en el momento en que nos prohíben algo, lo tenemos que hacer. Es inevitable.

Si no hago todo lo que veo, me meo.

De acuerdo con Kierkegaard, la persona que permite que la ley controle su vida, que dice que lo posible no es posible porque es ilegal, está llevando una vida carente de autenticidad.

En Portland (Oregón), alguien está llenando pelotas de tenis con cabezas de cerillas y cerrándolas otra vez con cinta adhesiva. Luego deja las pelotas en la calle para que la gente las encuentre, y cuando alguien les da una patada o las tira explotan. Hasta el momento un hombre ha perdido un pie y un perro la cabeza.

Ahora los escritores de graffiti se dedican a usar cremas áridas que grabar el cristal para escribir en escaparates de tiendas y ventanillas de coche. En el instituto que graban el Tigard, en un barrio residencial, un adolescente no identificado coge su mierda y frota con ella las paredes del lavabo de hombres. La escuela solamente lo conoce como el «Mierdabomber». Se supone que nadie puede hablar de él porque la escuela tiene miedo de que aparezcan imitadores.

Como diría Kierkegaard, cada vez que vemos que algo es posible hacemos que pase. Lo hacemos inevitable. Hasta que Stephen King escribió sobre pringados que mataban a sus compañeros de instituto, nadie había oído hablar de tiroteos en las escuelas. ¿Pero acaso Carrie y Rabia lo hicieron inevitable?

Millones de nosotros pagamos para ver cómo destruían el Empire State en Independence Day. Ahora el Departamento de Defensa ha enrolado a los mejores creativos de Hollywood para prever posibles situaciones de terrorismo, entre ellos el director David Fincher, que derribó todas las torres de la Century City en El club de la lucha. Queremos conocer todas las formas en que podemos ser atacados. Para poder estar preparados.

Por culpa de Ted Kaczynski, Unabomber, ya no se puede enviar un paquete sin acudir a un empleado de correos. Por culpa de que la gente tira bolos sobre las autopistas, ahora los puentes peatonales están rodeados de verjas.

Menuda forma de responder, como si pudiéramos protegernos contra todo.

[Un fragmento de Chuck Palahniuk hablando de su vida en Error Humano]

Éste es el verano en el que Nintendo ha llegado al top 20 de las compañías japonesas.

En el que un amigo me cuenta por WhatsApp que acaba de encontrar un Pokémon mientras estaba sentando en el inodoro. Otro amigo está frustrado porque no puede instalar la app por tener un móvil con una versión de android más antigua de la requerida para jugar.

En el que gente del trabajo cuentan cómo sus parejas se enfadan si les ven jugar con el móvil a Pokémon Go, tachándoles de infantiles.

En el que mi hermana me contó que se ha descargado por primera vez un videojuego de móvil “pero sólo para probar”.

En el que en mi TL de tuiter, entre tuits y retuits, leo opiniones entre el amor a unos bichos de Nintendo, el “tenéis que salir a la calle, ¡pero así NO!”, quienes dicen que la gente se burlaba de ellos cuando jugaban a ese juego años atrás, quienes se pican con lo que dicen los dos anteriores y dedican el tiempo a reafirmarse una y otra y otra vez, bromas de cazar a políticos con Pokéballs, que si es la prueba del capítalismo como éxito o que si ahora estamos viviendo un capítulo de Black Mirror. Yo no pido mucho, sólo pido que la moda nos dé algún vídeo de primera como los que antaño nos daba la televisión en verano.

En el que artículos sobre el peligro de la app que cuando los lees, entran ganas de descargársela y dejarse todos tus ahorros en ella porque como indicaba la cita a Palahniuk al inicio de este texto: hay que demostrar que somos libres.

Pero lo más raro fue el domingo. Me llamó mi padre junto a un “¿Qué mierda es eso del Pokémon ese del que hablan tanto en la radio?”. Cuando se lo expliqué soltó su habitual y rotundo “Menudas tonterías” tras el cual es imposible decir nada sobre el tema porque para él todo ya está dicho y hay que cambiar de tema. Creo que es la primera vez en la que he hablado con mi padre sobre videojuegos.

En cuanto a qué opino de todo esto, sólo puedo decir una cosa: ¯\_(ツ)_/¯

Las Competiciones

La verdad es que lo más supuestamente divertido para mí últimamente es el competir. Lo cierto es que de niño o de adolescente las competiciones eran como un juego pero desde hace unos años todo eso de aquí tenemos el ganador y el resto son perdedores como que no lo veo.

El competir me recuerda a Conan el Bárbaro diciendo su discurso de qué es lo mejor de la vida (“aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres”). En el sentido de disfrutar de que has ganado en un momento determinado y a unas personas determinadas, porque realmente ganar uno solo sin haber perdedores no tiene sentido.

Realmente competir no te aporta nada más que el que gritar que sobresales en algo en un momento determinado y en una mayoría que es la que se apunta a competiciones como tú, porque alguien mejor que tú (porque siempre en todo el mundo habrá alguien mejor que tú) no se ha apuntado o no ha tenido suerte el día de la competición. Realmente todo el esquema de ganadores y perdedores no tiene sentido, porque toda habilidad es resultado de factores como el aprendizaje, el tiempo al que le has dedicado, lo que te han enseñado y quiénes te han enseñado, y, por supuesto, mucha suerte.

Una muestra. En mi profesión, que ya está americanizada de por sí, se está copando de la americanada de competiciones de programación. El objetivo no es otro que decirse lo bueno programador que eres en uno o varios equipos, porque trabajas en un equipo de programadores durante un fin de semana o más días, de forma extensiva y casi sin dormir. La idea es crear un software que poner en tu CV. El nombre que suelen darse es hackathons, porque “trabajar como un mulo dándose latigazos para dar algo pagando entrada es largo” y un nombre poco moderno. ¿De qué sirve esto? De nada, sólo para programarse ganador de una serie de personas que quieren proclamarse ganador. No sirve para crear nada nuevo y seguirán habiendo programadores mejores que el ganador que no hayan querido participar porque no nos gusta.

Cuando era más niño que adolescente una de las asignaturas que menos me gustaban era Educación Física, en especial cuando hicieron un concurso de baloncesto patrocinado por una bebida de refrescos en el que tuvimos que competir con otros institutos de la misma provincia. La presión era tan alta que, como se me daba tan mal botar la pelota, ni se molestaron en enseñarme a hacerlo bien hasta el siguiente curso. Porque, sin lugar a dudas, para enseñar o aprender es otra cosa para lo que NO sirven las competiciones. Otras competiciones se me dieron mejor pero la verdad es que ni vale la pena contarlo porque son experiencias que, la verdad sea dicha, no me han aportado nada.

Suceso de esta semana que no me cabe en un tuit

Iba de camino al trabajo. Como toda mañana laboral, para ahorrar un largo trayecto, paso por un pequeño trayecto en el que no hay acera alguna, pero puedo caminar por el arcén y el trayecto es muy pequeño. Lo hacen muchas personas, porque el otro trayecto significa atravesar un parque, un camino algo largo y una senda entre árboles. El trayecto pequeño son 5 minutos andando. El trayecto largo son 15 minutos andando. Esto es importante porque, aunque cuando lo escribo y lo vuelvo a releer suena de lo más ridículo, hablamos de minutos que podrías pasar en la cama o en tu casa al volver (y esto cuando suena el despertador o cuando sales pitando del trabajo, se nota).

De cualquier forma, al principio de la semana pasé por ese camino y percibo un gato callejero en la carretera unos segundos antes de ver cómo un camión lo aplastara y pasara a ser una mancha de pelo y sangre. Cuando salí del trabajo la mancha seguía ahí en la carretera, mezclada con varias señales de neumáticos de otros coches.

Hace años mi padre me contó los accidentes que había visto por carretera. Me contó que los peores siempre tenían que ver con esos altos camiones. El que más le impactó le ocurrió a un niño de preescolar que le pasó lo mismo que he relatado sobre el gato, sólo que el chico se le escapó a su madre, el conductor siguió adelante y como si no se hubiera dado cuenta de nada, dándose a la fuga. Fue entonces cuando comprendí que siempre me dijera que mirase a ambos lados de la carretera antes de cruzar por un paso de peatones, incluso cuando era lo suficientemente adulto para saber que debía de hacerlo.

Llevo unos días sin pasar por esa zona para no ver lo que quedó del gato. 10 minutos menos de sueño. 10 minutos más de trayecto a casa. Putos camiones enormes. Era un gato gris con líneas o manchas blancas, he conocido montones de personas que tienen un gato como ése, he visto montones de ellos abandonados por personas en las calles.

De alguna u otra manera la historia tiene su humor negro: desde adolescente he visto un buen número de películas gore y portadas de bandas de Brutal Death, pero en cuando vi ese accidente me quedé ahí. Quiero decir, la parte buena es que el que sepa identificar tan rápido cuándo un suceso es de mentira y cuándo de verdad es buena señal, implica que esos tipos que se dedican a hablar sobre cómo la influencia de la violencia en el entretenimiento influye en nuestras vidas están vendiendo humo.

He adelantado 10 minutos más el despertador y no he preguntado a nadie si sigue estando ahí el gato porque a nadie más le he contado lo del gato.

El pensamiento positivo, la muerte en vida

La fórmula mágica de la literatura de autoayuda norteamericana es la curación. Designa la optimización personal que ha de eliminar terapéuticamente toda debilidad funcional, todo bloqueo mental. La permanente optimización personal, que coincide totalmente con la optimización del sistema, es destructiva. Conduce a un colapso mental. La optimización personal se muestra como la autoexplotación total.

La ideología neoliberal de la optimización personal desarrolla caracteres religiosos, incluso fanáticos. Representa una nueva forma de subjetivación. El trabajo sin fin en el propio yo se asemeja a la introspección y al examen protestantes, que representa a su vez una técnica de subjetivación y dominación. En lugar de buscar pecados se buscan pensamientos negativos. El yo lucha consigo mismo como con un enemigo. Los predicadores evangélicos actúan hoy como mánagers y entrenadores motivacionales, y predican el nuevo evangelio del rendimiento y la optimización sin límite.

La persona humana no se deja someter totalmente al dictado de la positividad. Sin negatividad, la vida se atrofia hasta el «ser muerto». Precisamente la negatividad mantiene la vida en vida. El dolor es constitutivo de la experiencia. Una vida que consistiera únicamente en emociones positivas o vivencias óptimas no sería humana. El alma humana debe su profunda tensión precisamente a la negatividad:

«La disciplina del sufrimiento, del gran sufrimiento[…], su inventiva y valentía en el soportar, perseverar, interpretar, aprovechar la desgracia, así como toda la profundidad, misterio, máscara, espíritu, argucia, grandeza que le han sido donados al alma: ¿no le han sido donados bajo sufrimientos, bajo la disciplina del gran sufrimiento?» [F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal]

El imperativo de la optimización sin límite explota incluso el dolor. El famoso entrenador motivacional estadounidense Anthony Robbins escribe:

«Cuando usted se fija un objetivo, se compromete con una mejora continua e infinita. Usted reconoce que todo ser humano necesita mejorar siempre, sin límites. La insatisfacción, la incomodidad pasajera, tienen poder de presión. Producen el tipo de dolor que usted quiere sentir en la vida.»

En consecuencia, se tolera únicamente aquel dolor que se puede explotar en pos de la optimización.

Tan destructiva como la violencia de la negatividad es la violencia de la positividad. La psicopolítica neoliberal, con su industria de la conciencia, destruye el alma humana, que es todo menos una máquina positiva. El sujeto del régimen neoliberal perece con el imperativo de la optimización personal, vale decir, con la coacción de generar continuamente más rendimiento. La curación se muestra como asesinato.

[Fragmento de Psicopolítica de Byung-Chul Han]