Archivo de la categoría: reflexiones

El padre de Tyler Durden

Hay varias cosas muy divertidas al analizar el libro El Club de la Lucha, pero una cosa que me sorprende que poca gente pille a la primera del libro de El Club de la Lucha (a parte de que poco a poco se desvele que Tyler Durden no es un buen tipo, sino un cretino manipulador) y es el tema de la figura de El Padre. ¿Quién es ese padre que tantas veces aparece en toda la narración de El Club de la Lucha? Para eso tendremos tendremos que entender antes de qué va realmente El Club de la Lucha.

A Palahniuk le encanta hablar de sus libros, del por qué lo escribió y del sentido que tienen realmente éstos, sin embargo siempre se frena cuando le preguntan sobre El Club de la Lucha y suele dar largas diciendo básicamente que cada cual le dé el significado que quiera. Aún así años después de llegar a ser un libro tan famoso (mayormente gracias a su película) y llevar un par de ediciones, Chuck Palahniuk aclara bastante en su prólogo.

Piensen en la película Ciudadano Kane, y en cómo los periodistas sin cara y sin nombre del noticiario crean el marco necesario para contar la historia a partir de un montón de fuentes distintas.

Eso es lo que yo quería hacer. Aquella tarde de aburrimiento en el trabajo.

Así que para aquel coro – aquel «mecanismo tradicional» – escribí ocho reglas. La idea misma de un club de la lucha no era importante. Pero las ocho reglas se tenía que aplicar a algo, así que ¿por qué no a un club donde le pudieras pedir a alguien que se peleara contigo? Igual que en una discoteca le pides a alguien que baile contigo. O igual que desafías a alguien a una partida de billar o de dardos. Las peleas no eran lo importante de la historia. Lo que me hacía falta eran las reglas. Esos mojones anodinos que me permitirían describir el club desde el pasado y el presente, de cerca o de lejos, el inicio y la evolución, embutir juntos un montón de detalles y momentos, todo en el curso de siete páginas y SIN que el lector se perdiera.

Por entonces yo llevaba un tiempo con un ojo morado, souvenir de una pelea a puñetazos durante las vacaciones de verano. Ninguno de mis compañeros de trabajo me había preguntado nunca por ello, así que supuse que uno podía hacer cualquier cosa en su vida privada con tal de que te dejara tantos moratones que nadie quisiera conocer los detalles.

También por entonces yo había visto un programa de televisión de Bill Moyers que contaba que las bandas callejeras no eran más que jóvenes que se criaban sin padres, y que simplemente intentaban ayudarse entre ellos a hacerse hombres. Promulgaban órdenes y desafíos. Imponían reglas y disciplinas. Recompensaban la acción. Las mismas cosas que hacen los entrenadores o los sargentos.

También por entonces la librerías estaban llenas de libros como «El club de la buena estrella» y «Clan ya-yá» y «Coser y cantar». Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran. Para que se sentaran juntas y contaran sus historias. Para que compartieran sus vidas. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas.

Una novela así tendría que otorgarles a los hombres la estructuras y los roles y las normas de un juego – o una tarea -, pero nada demasiado sensiblero. Tendría que presentar el modelo de una forma nueva de reunirse y estar juntos. Podría haber sido el «club de construir graneros» o el «club de golf» y probablemente habría vendido muchos más libros. Algo que no resultara amenazador.

[…]

Para convertir el relato en libro, añadí todas las historias que mis amigos me podían contar. Cada fiesta a la que asistía me daba más material. Como la historia en que Mike mete trocitos de porno en películas para niños. Como la historia en que Geoff se mea en la sopa mientras hace de camarero de banquetes. Una vez un amigo mío me dijo que le preocupaba el que aquellas historias pudieran provocar que salieran imitadores, pero yo le insistí en que no éramos más que don nadies de clase obrera que vivíamos en Oregón y habíamos ido a la escuela pública. No se nos podía ocurrir nada que no estuviera haciendo ya un millón de personas.

[…]

En realidad, lo que yo estaba escribiendo no era más que El gran Gatsby un poco actualizado. Era narrativa «Apostólica», donde un apóstol que sobrevive cuenta la historia de su héroe. Hay dos hombres y una mujer. Y a uno de los hombres, el héroe, lo matan de un tiro.

Era una narración romántica clásica y antigua pero actualizada para competir con la máquina de café o el canal de los deportes.

Es un detalle importante lo del programa de Bill Moyers. Debido a ese programa Palahniuk estaba más motivado aún en buscar las reglas para contar una historia de niños sin padres con un gran líder en la banda. Tyler les muestra el camino, aunque ya al final del libro Tyler acaba siendo un cretino incapaz de estar ni medio segundo delante de Marla Singer, dejando mártires por el camino, amenazando a jefes de policías y asesinando a políticos para lograr su objetivo.

Yo viví con mi padre unos siete años, pero no recuerdo nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, establece una franquicia.
Lo que ves en el club de la lucha es una generación de hombres criados por mujeres.

El padre de Tyler Durden y del narrador era un cargo medio que llevaba una franquicia y trabajaba tanto que no veía apenas a su hijo. Era un hombre ocupado que no sabia quién era su hijo y nunca le dejó ninguna huella, dejando todo el trabajo de educación y cuidados a su pareja. Realmente no hubo una relación padre e hijo fuerte, o por lo menos al narrador no le dejó huella alguna, al contrario que su madre. Para colmo, pasados siete años sus padres se separaron, dejando a la madre sola con su hijo.

Mi padre nunca fue a la universidad, así que era realmente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: ¿Y ahora qué?
Mi padre no sabía qué responder.
Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: ¿Y ahora qué? Mi padre no sabía qué responder, así que me dijo: Cásate.
Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmente necesito es otra mujer.

Es importante ese otra ya que marca una relación bastante fuerte del narrador con su madre, a pesar de él vivir de forma independiente y tener un trabajo todavía la ve como alguien tan importante en su vida. Luego está el necesito que significa que sigue necesitando a su madre o que al menos siga presente.

Su padre, en cambio, sólo contacta con él por teléfono y es él quién tiene que llamar (parece como que su padre ni se acuerda de que tiene un hijo). Es un hombre sacrificado con su trabajo que nunca fue a la universidad y le sobraba con que su hijo fuese a la universidad y consiguiese un trabajo y una vida mejor que la suya, según la novela es evidente que su hijo logró un trabajo de clase media («En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos»). Aunque jamás su hijo apreciase el esfuerzo de su padre, ni aprecie su estatus social («Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he dicho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito. Así de mala puede volverse la vida. Mátame.») y eche en cara su falta de presencia. Así que Tyler en su figura de jefe tiene que ejercer del padre que nunca tuvo y el padre que quiso tener.

La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de semana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler contra qué había luchado.
Tyler contestó que contra su padre.
Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos.
[…]
La mayoría de estos tíos está en el club de la lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.

Al contrario que el narrador, Tyler luchaba contra su padre porque la ausencia de su padre dejó un vacío que no pudo llenar. Cuando Tyler conoce a Marla el personaje principal entra en una especie de miedo de perder a Tyler («Siempre, desde que fui a la universidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.»), y lo cierto es que la visión del protagonista con respecto a Tyler comienza a enturbiarse más.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se largó para establecer otra franquicia.
Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que el sexo se haga aburrido, o nunca te casarás».
Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cremalleras de nailon».
Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bordar en un cojín.
[…]
– Haz que Marla salga de casa – me dice Tyler -. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.
Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están enfadados. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.
[…]
Marla ha vuelto.
En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Tyler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desparece.
Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.
Marica.

Las discusiones en su casa eran algo tan normal que siempre sus padres se esquivaban. El narrador ve a Tyler como su padre, cosa que se acentúa más y más hasta el final del libro, el cual será el momento de vencer a Tyler, cosa que no logrará ni con reiterados intentos de suicidio. Tyler le hace prometer tres veces al protagonista (amenazándole de que jamás volvería a verle si no cumple su promesa) que jamás hable con Marla sobre él porque realmente Tyler teme a Marla, la ve una amenaza tan grande como para poder desenmascarar la verdadera identidad de Tyler. Algo que acaba sucediendo cuando el narrador llama por teléfono a Marla y ésta le confirma la verdad. Además, al final, gracias a Marla logra decidirse del todo en derrotar a Tyler.

Hay un detalle que diferencia mucho el libro de la película y es que Marla es un personaje con su personalidad, su historia, y sus sentimientos. No es un mero personaje secundario, sino un personaje que tiene un poder sobre el narrador y a quién Tyler teme.

– Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca conociste a tu padre, o si está el libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?
Es el dogma de Tyler Durden. […]
– Al final terminas pasándote la vida buscando un padre y a un Dios. – dice el mecánico.
» Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Puede ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.
Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indiferencia.
[…]
Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.
– Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo.

Dios es la figura del padre perfecto, y como padre perfecto te ignora a la perfección. Así que llamar la atención de Dios es llamar la atención de tu padre. Para Tyler, el hablar de Dios es hablar de su padre, y debe volverlo loco para que, al menos, se acuerde del nombre de su hijo.

El problema es que apreciaba bastante a mi jefe.
Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. A veces, encuentras ese padre en el trabajo.
Pero a Tyler no le gustaba mi jefe.
[…]
Quería dejar el trabajo. Le estaba dando permiso a Tyler. Vía libre. Mata a mi jefe.

Una vez más el simbolismo. Tyler mata al jefe del protagonista como un gesto más del odio a su padre y a un odio hacia todo lo que tiene que ver con la figura de un padre. Así Tyler se fortalece y la única figura paternalista que le queda al protagonista es Tyler.

En la casa de mi padre hay muchas moradas.
[…]
He visto a Dios detrás de un largo despacho de nogal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:
– ¿Por qué?
¿Por qué hice tanto daño?
¿No me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?
¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?
Veo a Dios tras su despacho, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.
No somos especiales.
Tampoco somos escoria o basura.
Simplemente, somos.
Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.
Y Dios dice:
– No; eso no es cierto.
Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede enseñar nada.

Con la frase «En la casa de mi padre hay muchas moradas.» comienza el último capítulo del El Club de la Lucha antes de contarnos que Tyler ha sido derrotado y el protagonista ahora vive en un psiquiátrico. De alguna manera el narrador ha vuelto con Dios y al camino marcado por los padres (siendo el psiquiatra la representación de Dios, el padre perfecto) al empezar a vivir en el psiquiátrico, esa casa del padre con muchas moradas.

Anuncios

La cultura del videoclip

“We take our music really seriusly, but music videos? They’re commercials. They’re candy commercials.”
(Dave Grohl cantante de los Foo Fighters y exbatería de Nirvana en el documental Foo Fighters: Back and Forth)

“They took the credit for your second symphony / Rewritten by machine on new technology / And now I understand the supernova scene / I met your children / What did you tell them? / Video killed the radio star”
(Video Killed the Radio Star de Bruce Woolley)

Este texto comienza cuando oí de pasada cómo dos compañeros de trabajo hablaban sobre una canción, uno le decía que ya había escuchado la canción mientras que el otro le contestó “pero la canción no, tienes que ver el videoclip”. Este texto no trata tanto sobre música, sino sobre cómo nosotros nos hemos convertido en el videoclip.

La historia del videoclip es casi tan antigua como la historia del rock, ya entre 1920 y 1930 estaban las primeras piezas video-músicales creadas con fines artísticos, en 1940 Walt Disney creó la película Fantasía y luego a finales de los años 1950’s tenemos los famosos videoclips de Elvis, tuvimos videoclips de The Beatles en los años 1960’s, en el 1975 tenemos el famoso videoclip moderno con efectos especiales más parecido a lo que conocemos hoy día que vino con Queen y su Bohemian Rhapsody, Pink Floyd ya hicieron algún que otro experimento en 1970’s, y en los 1980’s tenemos dos grandes hitos en la historia del videoclip: la aparición de la cadena de música, y fabrica del videoclip cada 24 horas, la MTV (la cual el primer vídeoclip que emitió fue Video Killed the Radio Star versionada por The Buggles, citada al principio del texto) y la banda Pink Floyd creó la mítica película de The Wall (casi sin diálogos, todo música y vídeo, un videoclip de todo el disco).

Ahora viene lo curioso. Después de la década de los 1980’s no hay ningún hecho destacable en la historia del videoclip hasta mitad de los 2000’s cuando apareció YouTube y Google Vídeo, plataformas en las cuales una enorme cantidad de usuarios se dedicó a subir videoclips y éstos a subir en visitas hasta el punto que a finales de dicha década las propias compañías de discos acaban optando por subir los videoclips ellas mismas a YouTube (visto que no podían detenerlo, por qué no hacerlas ellas mismas, ya sea la propia discográfica o el canal de Vevo). Y aquí es dónde comienza el melón que vamos a abrir.

Nunca hemos consumido tantos videoclips como hoy día. En la era de antes de YouTube los que veíamos videoclips eramos unos cuantos pringaos y frikis de la música, tanto que eramos capaces de tragarnos la mercadotecnia de la lista de Los 40 Principales que el Canal+ emitía en NO códificado, tanto que incluso llegábamos a grabar los de las canciones que nos gustaba porque seguramente a la siguiente semana no estarían allí. Normalmente cada banda llegaba a un máximo de tres videoclips, solía pasar que si veías los tres y te gustaban, acababas comprando o descargando el disco. Antaño para ver un determinado videoclip o esperabas a que saliera en televisión o, si lo tenías grabado, buscabas en la cinta VHS en qué parte estaba y lo veías (normalmente ya de paso veías varios antes y después). Hoy día basta con una conexión a internet para buscar un videoclip en concreto en cuestión de segundos y verlo. Además tras ver el vídeoclip puedes descubrir más videoclips parecidos en las recomendaciones.

Como veréis en los 2000’s se ha llegado a un cambio muy grande en la historia del videoclip y se ha tenido muy poco en cuenta. Si la MTV era, por entonces, el demonio por hacer consumir a sus televidentes (y además pagando) lo que en realidad son anuncios musicales de discos las 24 horas al día, YouTube es el mismísimo diablo. Dave Grohl de Foo Fighters tiene mucha razón cuando decía a la mitad del documental de Foo Fighters: Back and Forth que no se toman en serio los videoclips porque, en síntesis, los vídeoclips son como meros anuncios de chucherías, y después de ello otro miembro de la banda burlarse de las parafernalias egocéntricas de los vídeoclips (melenas al vuelo y esas cosas). Pero si lo son ¿por qué ese compañero mío de trabajo insistía en que el videoclip era lo importante y no la canción? ¿Hemos llegado acaso a un punto en la que los anuncios son más importantes que la película? Podría ser.

Lo mejor es que no sepáis cuánto dinero ganaban los Foo Fighters mientras se emitía este videoclip tan de escaso presupuesto, pero fue tanto dinero que nadie reconocía al cantante como el que fue el batería de Nirvana.

De cara a los consumidores los anuncios son la cara más dura del capitalismo, se trata de romper la coraza que te impide a comprar el producto y crearte una necesidad, y debido a la gran cantidad de trastos inútiles que nos rodean, hoy día para crearla necesitan crearte una emoción, un vínculo que logre que te hagas tan fan de ellos, como fan se hacen de Apple ciertos consumidores de la manzanita (aprovecho aquí para añadir: Steve Jobs cabrón, para una sola cosa de que inventaste – el no buscar consumidores, sino fans – y nos ha jodido tanto).

En la música el factor emocional es crucial. Debe ser La Canción Que Tú Descubriste, debe ser El Disco Crucial Que No Te Perdiste (y que algún día se lo pondrás a tus hijos con cierta sonrisa), debe ser La Banda de Tu Vida, deberá de ser El Concierto de Tu Vida. Es crucial que la primera canción que oigas sea un temazo en toda regla que te haga levantar de la silla, una flecha de Cupido directa a tu corazón. Pero hay un problema: hay muy pocos estilos musicales que sean tan comerciales para ello, y los pocos que hay están agotados. Hoy día nos queda más que claro que toda música comercial suena a lo mismo que la canción comercial anterior, la originalidad que trajo consigo la música electrónica (tanto la comercial como la no comercial) fue demasiado grande, aún hoy día se está descubriendo y todavía no se ha podido superar.

Tengamos claro que no es que “ya no se hacen canciones como antes” (siempre, en todas las épocas, han habido canciones horrendas y canciones fantásticas), eso no es lo que sucede, lo que sucede es que estamos en un momento de la música comercial que está colapsada. En YouTube juegas con un mercado musical global, cada día hay cientos de vídeos y de artistas por todo el mundo y cada persona tiene un perfil musical diferente que le hará saltar un vídeo u otro. ¿Cómo se puede destacar ahí? A base de soltar pasta en el videoclip. Da igual que el estilo musical, sea el rock o metal más garrulo, el cantante pop más empalagoso o, incluso, la canción para echarse unas risas que no pareca ni música, o haces que sea espectacular el videoclip, casi una película de cinco minutos, o haces el ridículo más espantoso, o lo que sea pero que llame la atención a toda costa. Ya no sólo tienes que competir con Like a Prayer de Madonna, ni con Thriller de Michael Jackson, ya tienes que competir también con elrubiusOMG jugando al Fortnite. Ya es demasiado tarde para competir en calidad, hay que lograr el posicionamiento a base de sacar material que atraiga desde el segundo uno como churros (y más ahora que hay previsualización de vídeos en las búsquedas de YouTube).

La música es un mercado capitalista duro y lo que ha pasado con los videoclips no deja de ser un caso particular del capitalismo en internet. Cuando en La salvación del alma moderna Eva Illouz habla sobre el capitalismo emocional (como en casi todos sus magníficos libros) una de las cosas que dice es que «El capitalismo emocional ha reordenado las culturas emocionales, llevando el yo emocional más cerca de la acción instrumental». Esto explica el porqué el videoclip (que no deja de ser un anuncio de chucherías) puede llegar a ser más importante para alguien que la canción, que el disco o que la banda. Es decir, la sociedad actual ha transformado nuestras emociones, y juegan con ellas para que consumamos, y si los sentimientos son bienes de consumo y los bienes de consumo nos llevan a la creación de emociones (por ejemplo, a la felicidad o al amor romántico perfecto, que son de los más demandados en la publicidad), si tenemos en cuenta que, sobre todo en la web, la imagen puede llegar a ser más impactante que el audio, lo más fácil es que la imagen nos cree la emoción y el audio dé casi igual. Al final, como estamos en la era del capitalismo emocional, lo importante es el anuncio que transmite la emoción que se necesita para el público al que hay que llegar, no es importante el producto.

En una era en la que no se venden discos (salvo los frikis del vinilo que son una minoría para darles de comer aparte), y los conciertos cada día más caen en picado ante el presente auge los festivales, para ser una banda popular hay que destacar mucho. No hay otra manera que caer en la cultura del videoclip hasta el punto que nosotros somos el videoclip que ellos necesitan alcanzar para conseguir el éxito.

Así como tenemos a miles de personas viendo a youtubers que juegan al Fortnite (lo nombro mucho porque sé que es un juego muy popular, pero no tengo ni idea de qué es el Fortnite ni me interesa, la verdad) porque ellos juegan al Fortnite y son fans de dicho juego o porque es divertido verle jugar al Fortnite, tenemos a miles de personas viendo videclips en YouTube por el mismo motivo.

En una otra vuelta de tuerca más al “¿eres lo que consumes?” dejo ahí la idea de empezar a tener en cuenta el que logremos ser capaces de separar la música del videoclip tal como se suele separar a Pantera de que su cantante es un nazi de mucho cuidado. A veces escuchar la canción sin el video sigue siendo una pasada (y cuando eso sucede es toda una alegría), otras el vídeo es sólo una promesa de marketing viral.

El “a fregar” en el “club de los chicos”

Susie dandole un buen bolazo de nieve a Calvin

Susie en esta viñeta de Calvin & Hobbes.
Me gustaría decirlo de una forma adecuada y correcta, y sobre todo con diplomacia para que nadie se ofenda, pero me resulta imposible y, total, esto es sólo un blog, no cobro ni un duro por ello, y quién narices lee un blog cuando puede leer un hilo de 1000 y pico tuits en Twitter. La cosa es que llevo ya casi una década trabajando en tecnología y os quiero contar hasta qué nivel todo el tema de cómo se enfoca la igualdad de sexo dentro de estas empresas es un asco. ¿Sabéis por qué es un asco? Porque no existe la igualdad de sexos ahí dentro. Porque si eres mujer, y entras ahí, estás entrando en “el club de los chicos de la casa del árbol”.

Ya sé que está mal que lo diga porque soy un hombre, que sí, que este texto lo debería de escribir otra mujer que trabaje en tecnológicas para que la ignoren otra vez y la vuelvan a llamar feminazi, pero pasan los días, los meses y los años, y han habido montones de asociaciones, debates, hackathon, talleres y conferencias en mi provincia, en muchos de ellos podemos ver de asistentes a señores importantes aplaudiendo o asintiendo con una lagrimilla en el ojo, incluso muchos de esos eventos están patrocinados por sus empresas, pero, eh, sorpresa, que todo sigue igual.

Algunos días no sé si trabajo para una empresa de software o si trabajo en un taller de mecánicos de los años 80’s (con perdón de los mecánicos). En todo curro de tecnológicas por el que he pasado abrías el chat de los compañeros del proyecto en el que estás trabajando y lo más blando que te encontrabas eran fotos de chicas desnudas, lo más normal era porno duro, incluso zoofilia y comentarios de “le daba” y “jajaja”, sobre todo mucho “jajaja”. El problema principal de una empresa como Google no es que varios machistas distribuyan un manifiesto por su email de empresa, el problema es que estoy convencido de que abres su chat del trabajo y están igual que aquí, que los escuchas a la hora del café hablando de las tías que han visto de la empresa que ha abierto sus oficinas cerca y que incluso ya les tienen puesto algún mote a todas las que han visto, que tienen una extensa batería de chistes machistas que en poco tiempo ya te sabes de memoria de tantas veces que los dicen y de tan predecibles que son, que expresiones como “a fregar” son muy utilizadas. Es que además tratas de hablar con ellos de algún tema que no tiene absolutamente nada que ver con el sexo, pongamos, por ejemplo, impresoras que veo que están muy de moda, y en un absurdo giro de perversión sin igual ya encuentran cómo sexualizarlo.

Como veis, la solución a esto no pasa por concienciar a que chicas jueguen a los Legos ni que aprendan a programar con 5 años, sino pasa por crear una asociación que enseñe a dar collejas con la mano abierta justo a tiempo. Sí, una asociación en la cual las niñas desde muy pequeñas aprendan a dar collejas dolorosas, de las que pican mucho y su efecto dura un par de horas, a los chicos que ellas crean que serán futuros trabajadores en tecnología. Puede que en algunos casos también actúen sobre los futuros pocos tipos inocentes que queremos un ambiente laboral normal y humano, pero soy más que consciente que es un mal menor, un mero un daño colateral, comparado con décadas escuchando los mismos chistes y gracietas machistas una y otra y otra y otra vez. Así cuando llegue el momento del primer curro de esos chicos y se encuentren a un tipo de 50 tacos (sí, de los que ahora tienen entre 25-40 años) haciendo el Arévalo de la vida lo tratarán como a un bicho raro.

Puede que algunas personas me lean ahora mismo con caras raras, pero esas personas deberían saber que esa cara es justo la misma cara rara que yo pongo cuando alguien me dice que todo esto se soluciona enseñando a programar Java a las niñas de 5 años, cuando el que pasen estas mierdas NO es problema de ninguna mujer. Porque si la solución al machismo es que las mujeres ocupen espacios en los que en el segundo 0,01 se les dirían “a fregar” (“pero que es broma, mujer”) y que se queden ahí las pobres aguantando como un objeto inanimado soltando una risita a las opiniones/conversaciones/chistes de esos tipos que luego, en privado en una conversación con otro/s chico/s, con suerte dirán de ella “yo es que para mí, ella es como un tío”, pues como que no me parece una solución muy bonita que digamos. Hasta el momento he trabajado en siete empresas y he conocido sólo a dos chicas que les han plantado cara a estos temas, y os cuento cómo han acabado: una ha dejado de trabajar en tecnología, y la otra fue despedida.

Otro taller/conferencia/debate/mesa-redonda no soluciona estas cosas, el enseñar desde pequeñas a aceptar algo que las llevará a un ambiente inaceptable tampoco soluciona estas cosas, el darles un poder de moderadoras en todo ambiente laboral a las chicas y hacer todo lo posible porque no comenzara la caza de brujas contra ellas podría funcionar durante un tiempo (hasta el día que ellas no aguanten más tanto trabajo despreciado y atacado por los machistas de turno), varias dolorosas collejas a tiempo a las nuevas generaciones de señores trabajadores de IT se guardaría en la memoria como si de un mecanismo de defensa se tratase.

El «sentimiento»

Sólo desde el inicio hasta el minuto 1:30.

No me gusta mucho que digamos Jesús Quintero (prefiero a El Risitas) y a Sabina sólo he escuchado lo que ha salido de vez en cuando en la radio, pero me parece interesante lo que cuenta en el primer minuto y medio de su entrevista a finales de los 90’s en la que fue, la hoy día cerrada, Canal 2 Andalucía (también conocida como Canal Sur 2, hoy día en su lugar hay una cadena de Canal Sur con lengua de signos). Sabina en ese fragmento describe al ya típico andaluz moderno, el que detesta todo el exagerado folclore andaluz, el que no quiere saber nada de “la gracia andaluza” (AKA “somos los más graciosos de toda España y del mundo”), el que no dice “Ole, ole”, el que no siente el flamenco como algo suyo sino sólo como un tipo de música, y que no quiere esa egocéntrica Andalucía que tanto se muestra de cara al exterior y que es tan promocionada por partidos como el PSOE-A o por la cadena autonómica Canal Sur.

Desde niño no hablo andaluz y estoy acostumbrado a que me pregunten de dónde soy (por mi falta de acento andaluz o por mi aspecto físico tan poco andaluz), y desde niño no me siento cómodo en los ambientes en los que se promociona con fuerza el andalucismo. Ambientes como ferias de los pueblos en los que alguien sale a un escenario a gritar que somos los más graciosos del mundo, que la de palabras que sólo existen en nuestra tierra (“campero”, “perita”, “cascarilla”), que la de artistas que han nacido aquí y que todo aquel que viva más arriba de Despeñaperros no podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí; ese tipo de ambientes dónde un publico ríe y grita con fervor, esos ambientes de tanto mirarse al ombligo, pues no puedo con ellos. Es por ello por lo que no consigo ver el sentimiento patriótico o nacionalista de mi tierra como algo con lo que uno se pueda identificar.

En los pueblos los jornaleros trabajaban la tierra mientras los señoritos se la jugaban a las cartas en los bares de los pueblos, para luego acercarse, dar una vuelta y contemplar todo lo que era suyo. Jugaban con sus jornaleros y criados como se jugaba en los feudos, pero en el bar al menor golpe de mala suerte los perdían junto a la tierra que se jugaron. Es normal que los jornaleros de los pueblos, durante la república, mataran a señoritos, y que luego cuando Franco los señoritos mataran a tantos jornaleros. Conozco historias de hablar con mis abuelos que vivían en pueblos sobre cómo trabajaban, sobre cómo lucharon porque no querían vivir de la forma de la que vivían y de cómo se rindieron y finalmente emigraron a una ciudad de una provincia que no era la suya pero en la que “hay trabajo”. De cómo pasaron de trabajar para la tierra a trabajar en fabricas que acabaron cerradas por culpa del cambio de modelo hacia el turismo. De cómo tuvieron que darles indemnizaciones por problemas respiratorios, además de luchar desde los sindicatos por un despido digno. Tuvieron la suerte de quedarse en Andalucía, debido a la pobreza en los pueblos, una gran parte de andaluces de su época emigraron a Madrid, Cataluña y al norte de España.

Lo que de verdad no se entiende de Despeñaperros para abajo es que luego vengan los ilustrados con sus discursos políticos a hablarte del PER como si fuera un pecado o lujo en vez de un derecho para los jornaleros por el que, si no lo tienen, deberían luchar. La vida en el campo ha sido siempre muy dura (obvio, si fuera tan fácil muchos no estaríamos encerrados en oficinas y otros no preferirían encerrarse en un gimnasio antes que hacer ese ejercicio físico en su trabajo) y es parte de los pocos trabajos reales que quedan (el que no se investigue tanto en tecnología para el trabajo real es algo habitual, un ejemplo lo podemos ver en que los del Silicon Valley piensan mucho en cómo sustituir a su madre en vez de cómo ayudarla), yo, por lo menos, respeto mucho a las personas que viven de la agricultura y la ganadería porque es algo de lo que no soy capaz de trabajar. Supongo que a los señoritos que nunca se mancharon las manos, ni son capaces de escuchar historias de las personas que sí lo han hecho, en cambio, les encanta dar lecciones y declarar qué es pecado y qué no, y que mucha gente les escuche y les crean y sigan al pie de la letra el “Como yo no lo tengo, nadie debería de tenerlo”. Espero, por el bien del humanidad, que lo que se hace con los becarios no se llegue jamás a ser lavado con ese discurso.

A día de hoy el campo andaluz no tiene tanta juventud como antaño y, curiosamente, lo primero que se piensa desde fuera es que la gran mayoría trabaja en el campo. Que si tomamos siestas continuamente, a pesar de que, en realidad, a la hora de la siesta estamos trabajando en oficinas. Que si vivimos como reyes, cuando cobramos menos que en las grandes ciudades y pagamos igual gracias al tema del turismo. Pero cuando entras a Torremolinos, Mijas o Marbella no ves ni oyes la Andalucía que te esperas, como tampoco ves ni oyes España, ves otra cosa. Porque, realmente, a la pregunta de quiénes somos no se puede responder fácilmente, porque somos muchas culturas (y hay muchos tipos de acentos diferentes incluso entre dos pueblos) que chocan contra la cultura que viene de Sevilla, la que nos quiere unificar en un sentimiento andaluz que a muchos nos resulta entre poco creíble, con acentos demasiado forzados y con gestos demasiado exagerados.

Cuando me pregunta alguien qué pienso del nacionalismo catalán o del nacionalismo vasco suelo contestar que no lo sé y que no puedo entender nada de eso porque no lo he vivido. Tengo familiares en Cataluña y su vida es de lo más normal, tengo amigos que emigraron a Cataluña y no les contó integrarse e incluso aprendieron catalán. Siempre han habido fachas nacionalistas que les han discriminado por ser andaluces, pero ellos siempre suelen aclarar que esos fachas son una minoría. Como he contado antes, en Andalucía hay gente que viven demasiado su nacionalismo y su sentimiento, y no veo porqué no pueda pasar eso mismo fuera de Andalucía, al igual que me imagino que puede pasar que haya quién nunca lo sienta pero que se identifique cuando notan que sus vecinos están siendo atacados y reaccionen en defensa de su tierra. Pero es sólo lo que me imagino, porque realmente no lo sé y nunca lo sabré porque no deja de ser un sentimiento, puede que no sea todo reducible a un mero “fuera de aquí, no se podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí” o puede que sí. No lo sé.

El timo del horario flexible y las oficinas de espacios abiertos

Hoy vengo sin enlaces, porque soy una persona que lleva desde el 2010 trabajando en oficinas de espacios abiertos (también conocidas como open offices o como nosotros, sus trabajadores, la llamamos: el gallinero y el matadero, según lo amable que haya sido el día) y con el famoso horario flexible. Ambas cosas llevan muchos (pero que muchos) años en las consultoras de nuestro país (que son, en su amplia mayoría, multinacionales) más conocidas como Las Carnicas, muchas de ellas las podías encontrar en la magistral web, ya cerrada, Trabajo Basura, junto con preciosas opiniones de empleados y antiguos empleados (“si aprecian su vida no entren aquí”, “he llegado a echar 20 horas diarias en este infierno”, “si vas a entrar prepara plan para buscar un trabajo de verdad”, “no me han subido el sueldo desde 1996”,…). Algunas de estas consultoras fueron juzgadas y condenadas por sobreexplotar a sus trabajadores con horas de más y sin pagarlas, además de otras cosas aún más ruines y de las que no hablaré aquí por falta de espacio y tiempo, el resto de consultoras, en cambio, están en camino. ¿Cómo puede suceder esto? ¿Es que acaso no se cumplen las promesas del open office ni la del horario flexible?, se puede preguntar el lector de este texto y le contesto que, por supuesto, que se cumplen ambas promesas, y el resultado de estas promesas es nefasto.

Evidentemente este texto está dirigido a esas personas que no saben de qué va todo este tema. Estudiantes, o personas que trabajan en empresas pequeñas con oficinas pequeñas, o en equipos reducidos o de autónomos y nunca (nunca) han tenido que vérselas con una empresa de este tipo. Es decir personas que no han pasado nunca por una empresa grande o multinacional y menos en una sala con otras cien personas. Todos los que hemos tenido la suerte de trabajar en esos gallineros tenemos que explicarlo una y otra y otra y otra vez a nuestros conocidos, porque siempre llega el que te pregunta “Ay va, ¿trabajas ahí? ¡Ahí estarás de puta madre!”.

El matadero o gallinero, conocido en periódicos, diarios digitales y entre emprendedores como “oficina de espacio abierto” o “open offices”, es un lugar donde no hay paredes, ni tabiques, ni cubículos que separen empleados, ni a grupos de empleados. Es un espacio enorme que puede llegar a albergar ciertos de empleados en mesas amplias con su cajonera, su ordenador debajo y su monitor y teclado y ratón en la mesa. A veces incluso ni tienes cajonera y te asignan una taquilla donde guardar tus cosas. Entras y ves un espacio enorme y cada mesa contiene casi nada (a lo más ves un par de libretas y un bolígrafo en algunas mesas).

Las personas que entran de visita (que no trabajan allí) suelen quedar alucinadas para bien, les cuentan que los diferentes proyectos crean sinergias entre sí, ya que cuando una persona escucha a otra persona de otro proyecto que necesita ayuda con x cosa que desconoce esta última, esa persona le puede ayudar, creando así un gran beneficio para la empresa. En ese mundo de los unicornios y arcoiris todos nos conocemos y formamos parte de una gran familia de amor, extrema felicidad, amplias sonrisas y solidaridad entre nosotros, en la cual como buenas hormigas colaborativas sacamos heroicamente el trabajo gracias a nuestra gran comunicación. Colaboración, sinergias y todos esas historias de fantasía que suenan tan preciosas.

Al final, en el mundo real, como dice el tipo del tuit del inicio de este escrito, allí la gran mayoría de personas sólo podemos trabajar con auriculares si queremos trabajar. Hay demasiado ruido, todo el mundo está hablando, siempre hay alguien de pie paseando por el pasillo hacia la puerta, o de la puerta a su sitio, o de su sitio a otro sitio para hablar con alguien de su proyecto. Alguien que le cuenta a su otro compañero de trabajo qué hizo el fin de semana pasado, otra persona diciendo que quiere irse de la empresa pero no logra que la echen ni a patadas, reuniones de la gente de un proyecto matándose vivos y jurándose entre ellos que se irán de ese maldito lugar en cuanto les salga otra cosa, montoncitos de personas que están trabajando en un proyecto del que cada vez que hablan crees que están hablando en un idioma de extraterrestre (como es normal, a pesar de lo que piensan y dicen los empresarios, no tienes ni la más remota idea del resto de proyectos porque cada proyecto es un mundo, incluso aunque fuesen ramas del mismo proyecto esto pasa), personas que están discutiendo debido a que una tarea del proyecto que no la entiende ni dios y ahora tienen que llamar al teléfono del alguien para preguntarle qué chimpancé de consultor redactó esa mierda de tarea en la reunión con el cliente y que si le puede facilitar su número de teléfono para que se la expliquen,…

¿Qué te molesta la gente paseando alrededor tuya? Tranqui, en una oficina de estas características eso pasará cada 5-10 minutos (alguien buscando al jefe, alguien yendo a descolgar el teléfono, alguien dirigiéndose al baño, alguien dirigiéndose afuera a fumar,… y todo el mundo viendo lo que estás haciendo en el monitor de tu PC, todos pasan fijándose, espero que no seas de esas personas que se ponen nerviosas si miran constantemente lo que estás haciendo), los sitios más codiciados en estas salas son los que tu espalda queda cerca de una pared o esquina, de forma que ahí suelen estar siempre los jefazos de las salas.

Esto y más es lo que pasará a tu alrededor en cada segundo de cada minuto de las 10 horas, como mínimo, de todos los días que estés trabajando en una oficina de espacio abierto. Si crees que puedes trabajar sin auriculares escuchando la radio o música a todo trapo ahí de forma eficiente, ve e inténtalo. Los días que no he podido ponerme los auriculares, por lo que sea, he acabado con fuertes dolores de cabeza. He llegado a estar en algunas de estas oficinas en las que las ventanas no pueden abrirse y otras que son verdaderos zulos de hormigón con una pequeña y reducida ventana a varios metros de altura, estas cosas al principio te parecen una tontería, pero cuando estas ahí y notas el ambiente tan pesado y el oxigeno tan reducido que pasa por las rejillas del techo, ves que no es ninguna tontería en absoluto. Realmente sólo las personas que se pasan la gran mayoría del tiempo metidos en salas de reuniones o fuera de estas oficinas son las únicas que les entusiasman el tema, sí, las que nunca lo viven día tras día.

Para finalizar, ni que decir que es lo más normal que el baño siempre esté ocupado y tengas que esperar a que alguien salga. Dicho esto, pasemos al tema del horario flexible, que al principio su desventaja no parece tan evidente.

A mí la primera vez me vendieron lo del horario flexible tan bien que estuve a punto de abrazar al de recursos humanos (“trabajamos para asignaros proyectos de empresas que sólo tienen este tipo de horario” me decían y lo que antes me parecía bien ahora me parece un terror), por suerte la entrevista era en una sala yo solo y una cámara y la cara del de recursos humanos en un televisor. En serio, os entiendo perfectamente porque hace casi ocho años a mí también me la colaron tal y como a vosotros os la cuelan cuando os lo dicen, porque, seamos sinceros, ¿a quién no le gusta que le digan que te puedes ir de la oficina a la hora del día que quieras y luego recuperar las horas que estuviste ausente cuando quieras y en el plazo que quieras (pongamos que te fuiste dos horas antes porque un día estabas hasta los mismísimos y decides recuperarlos en un plazo de 10 minutos de más cada día)? Y además sin límite y sin tener que avisar a nadie, ni picar en máquina alguna, que podías hacerlo y tener un porrón de horas a deber, que nadie te iba a decir nada y siempre podrías recuperarlas a tu ritmo y cuando quisieras. Y te dicen que si en realidad es que no hay horarios, que se pone un horario oficial porque les obligan la ley, pero que no pasa nada si incluso hay horas que no llegas a recuperar jamás.

Si es que, qué inocentes somos y qué rápido caemos.

El problema del horario flexible es que no es flexible para ti, sino para ellos. Ellos lo venden en los medios, en las conferencias, en todos lados como todos ya sabemos, que es como he descrito anteriormente (que si puedes entrar y salir cuando quieras y recuperar los minutos u horas perdidos cuando quieras y a tu ritmo), pero en realidad el horario es flexible en el sentido de que “no hay horario” DE SALIDA. Sí, cuando te digan “horario flexible” lo que quieren decir en realidad es “no hay horario de salida y te retendremos aquí hasta que queramos”. Y lo mismo un día entras a las ocho de la mañana y sales a las siete de la tarde, que al día siguiente tienes que hacer lo que ellos llaman “un sobreesfuerzo” y salir a las doce de la noche para volver al trabajo a las ocho de la mañana del día siguiente. ¿Y qué haces en esas horas de sobreesfuerzo? Pues a veces trabajar y otras simplemente te piden que estés ahí calentando la silla sin ninguna tarea asignada porque las personas que forman proyecto, en el que estás, están muy ocupados y no tienen tiempo para darte una tarea, pero debes estar ahí para mostrar que apoyas a tu equipo y que respetas su trabajo y blablabla o si no en la próxima evaluación dirán que qué mal lo haces y que puede que no te renueven el contrato o no te den nuevos proyectos. Pero lo peor no es eso, lo peor son las miradas y las críticas de los compañeros de trabajo si se te ocurre irte antes que ellos, aunque no tengas tarea asignada. La cantidad de miradas de odio y críticas a la espalda de tus propios compañeros serán más elevadas contra más lo hagas, y, por supuesto, el trato y la ayuda que necesites de ellos en tu proyecto será peor.

Dicho esto, por si en este punto te estas preguntando por el papel de los sindicatos, conozco proyectos liderados por sindicalistas – CCOO en su más amplia mayoría – en los cuales sus empleados también echan muchas horas extras sin cobrar y los sindicalistas de sus jefes no hacen nada para evitarlo, es más lo ven como algo positivo y normal dentro de la empresa. Es algo que no me cabe en la cabeza y nunca he entendido, si tienes un presente sindical tan activo ¿por qué te vendes ante la presión que te toca y ni siquiera tratas de hablar? Porque lo grave es eso, no es que les pida que hagan una huelga masiva, es que les pido que hablen con sus jefes o con el cliente, porque ni siquiera dicen “no, vamos a hablar y buscar otra solución”.

Y tranquilos, si no disfrutáis de estas ventajas, puede que algún día todos los empleados de todos los sectores que tengan que ver con oficinas disfruten de estas grandes ventajas que programadores y teleoperadores disfrutamos a diario. Por lo pronto los coworkings ya están en ello, aplicándolas desde sus inicios en las proto-empresas que salen de ahí para que absorban esas cualidades y en un futuro sus empleados las disfruten tanto como las disfrutamos nosotros. Pero bueno, como solemos decir, no tenemos el cuerpo para otro tipo de trabajo, así que nos jodemos y tendremos que explicarlo una y otra vez a amigos, familiares y conocidos, a ver si así de boca a oído la cosa va comenzando a verse como la basura que es.

Que no es cargar escombros en una obra, ni limpiar casas, ni servir a montones de turistas y algún que otro desagradecido, ni cavar zanjas,… lo sabemos, pero no por ello deja de ser feo de narices y, dados tantos problemas que tenemos con ello a diario, no debería ser visto como algo bueno.

El pedir perdón

Por cuestiones de la vida, en el trabajo hemos tenido que esperar a un profesor de universidad para una reunión de un proyecto. El hombre vino una hora más tarde y nosotros estuvimos esperándole. Cuando llegó no se disculpó, y comenzó, siguió y acabó como si nada. Nadie, ni siquiera nuestros jefes, se atrevió a decirle nada, pero todos estábamos incómodos. Es curioso, pero nuestros jefes saben pedir perdón por el retraso, hasta los perros de alguna manera saben disculparse. Podría, al menos, haber sacado junto con la disculpa su historia de que está a tiempo parcial, o que mira, que si he tenido un problema con el coche o yo qué sé. Ya hasta el mentir por llegar tarde implica otra situación. Pero no, se trata de un profesor que sabe de empresas, se trata del poder de nunca haber pedido disculpas.

Esto me retrotrae a mi época de estudiante y comienzo a entenderle. ¿En qué época de estudiante he tenido algún profesor que se haya disculpado? Diría que en prescolar porque tengo la fortuna de no acordarme de cómo se comportaban los profesores en prescolar. No, las disculpas siempre nosotros y el piropo de “sus niños están bien educados” a los padres. Y cuando un trabajo estaba bien hecho “eh, mirad, compañeros de clase del chico/a, qué bien lo hace, ahora fíjate en estas pegas y tal”, pero al final ni un triste gracias.

Porque no es sólo que no saben pedir perdón, también se han olvidado de decir gracias.

La primera vez que trabajé fue repartiendo propaganda de academias, tampoco escuchaba gracias ni perdón de los profesores que eran propietarios de cada academia. En cambio, cuando trabaje de becario fue algo diferente. Ahí una vez escuché un gracias.

Una de las cosas más curiosas cuando comencé a trabajar fuera de la universidad fue escuchar tantos gracias y perdón. Sujetar la puerta cuando salías y veías que alguien iba a salir, sacaba de la boca de ese alguien un gracias. Cuando alguien iba a pasar entre un grupo de personas, ese alguien decía perdón y no se limitaba sólo a apartar con el brazo en el hombro o en la cadera de nadie. El mundo laboral tiene muchos puntos horribles y el malestar con los/as compañeros/as o con su mala educación puede venir de muchos lados, pero, al menos, ese mínimo lo cumplen.

Los/as amigos/as y ciertos familiares también dicen perdón o gracias, aunque a veces la confianza que, con el tiempo hay quién se toma, pueda hacérselo olvidar, pero, al menos, en los momentos cruciales lo dicen.

Realmente es curiosa la historia del pedir perdón y de su legendaria antigüedad. Es un hecho que parte de nuestra evolución y todo ese ser unos animales sociales para poder cazar y sobrevivir en comunidad, lleva consigo una evolución de esa cortesía y hasta a una cierta complejidad en la misma[1]. Ahí es cuando te explicas por qué ese mínimo suele cumplirse cuando trabajas.

Porque si hay que decir que estaba claro que el tipo era un muy capullo que se creía el puto amo y que los demás le importábamos una jodida mierda, se dice.


Notas:
[1] The History of I’m Sorry, Glenn Geher Ph.D. (Psychology Today, Mar 20, 2014).

Cabezazo en El País

Una niña que parece rondar los 3-4 años me pega un cabezazo en mi trasero, giro mi cabeza y la veo sonriendo. Como de costumbre, por pura inercia, no cambio mi seria expresión y sigo mirando al frente.

Ahora se supone que es cuando debería escribir de lo que realmente quiero escribir, como si de cualquier experiencia personal se derivase una lección y tuviera que meditarla ¿Cuántas veces habremos leído cómo tras la anécdota personal luego viene el pensamiento profundo? Que digo yo, que los pensamientos profundos que he tenido realmente no vienen de la praxis, ni de esas leccioncitas con un alto grado de superioridad moral de los memes y virares de Facebook, sino de cuando he ido al baño, momento en el que mientras estás sentado/a te distraes pensando o te decides a leer etiquetas de productos (de ahí el interés extraño de mucha gente por la química que le echan a los productos que consumimos). El otro momento de pensamientos profundos que tengo es cuando intento callar a mi cabeza mientras trataba de dormir. El resto del día suelo lograr que a esa mosca molesta que tengo en la cabeza piense en lo que debe de pensar, y no se ponga a pensar a su libre albedrío.

En casa de mis padres nadie leía periódicos. Vengo de un entorno que aunque leía libros, no podían traer El País o El Mundo, aunque sabía que existían pues El País es el periódico que lee un tío funcionario mío, y El Mundo el que lee otro que no lo era (actualmente se encuentra jubilado). Así que no supe lo que era El País hasta que me lo encontré estudiando para selectividad. El primer texto fue de un autor que hacía justamente eso que he narrado en el anterior párrafo, escribir una experiencia personal, que no tiene absolutamente nada que ver o está muy ligeramente relacionada con el tema, y elevarla hacia el mundo de las ideas del cuál, el autor, supone que viene esa praxis. Lo cual antes me pareció una falacia de “no se sigue”, y actualmente me parece estafar al lector. A ver, que en la antigua Grecia a Sócrates lo arrestaron por hacer cosas como ésa para que lo invitaran a comilonas, ¿por qué en el siglo XXI debería considerarse algo culto y aceptable?

No recuerdo qué autor era, pero recuerdo que el texto era sobre Internet como la tecnología super-revolucionadora que ha cambiado la sociedad (el texto era de antes del 2004, sí, llevamos más de 11 años leyendo, en diferentes medios y con diferentes autores, el mismo texto de que Internet ha cambiado la sociedad y además aún hay gente que cobra por publicarlo). Lo recuerdo porque mi fallo al comentar dicho texto es que no sabía una buena parte de qué era Internet, pues, aunque parezca que no, algunos no llegamos a tener Internet hasta cumplir 19 años y, no, no llegamos a conocer los tiempos del chat de no se qué página web de los que hablan los que tenían Internet antes que nosotros. Ay, autores de El País, siempre suponiendo que el populacho tenemos lo que vosotros también.

No sé qué era El País en aquellos tiempos, lo que sí supe es lo que fue El País en el 2006 y no tenía nada que ver con el periódico que en días como los actuales pide que salga el PP porque El Mal Menor. El Mal Menor es que nos jodamos todos menos sus directores, porque pensarán que, total, ya que salga quién salga va a gobernarnos Merkel sí o sí (Syriza eran de los más radicales del ala izquierda de los países de El Sur, y ay va cómo acabaron), que al menos a ellos no les jodan su cartera de contactos políticos españoles, pues vaya que salga la nueva política y vayan a tener que hacer lo que tanto predicarán sus coachs que debemos hacer el populacho: renovarse o morir.

En mi humilde y tal vez idiota opinión (sin ser yo de Podemos, ni tampoco del PP, ni de Ciudadanos, ni del PSOE), El País y todos los medios fallan en un asunto crucial: si lo pensamos detenidamente (en el baño, por supuesto) ahora mismo Gran Hermano Vip es más interesante que todo este teatro-espectáculo de Los Pactos (esta política del espectáculo que diría Guy Debord) que luego se transformará en el teatro-espectáculo tragicómico de “no nos queda más remedio, tenemos que hacer esto, porque ingobernable” Esto no quita que cada vez que hablo con mi padre es hablar con una persona que teme todo lo que le han dicho los memes de WhatsApp y los tertulianos de La Ser, siempre que salta con el tema le digo “pero Papá, hasta Grecia aún está en la Unión Europea y la siguen puteando a muerte, ¿de dónde viene tu miedo atroz si en cualquier caso nos va a gobernar Alemanía?” Llegado a ese punto no suele saber qué contestar. Soy considerablemente menos inteligente que mi padre (contras, que le adelantaron un curso y seguía sacando sobresalientes), pero mi ventaja siempre ha sido que tengo considerablemente más memoria y mi memoria me recuerda que llevamos desde que comenzó la crisis con todo medio centrando sus noticias en el miedo (LA PRIMA DE RIESGO, LA SUBASTA DE DEUDA, GRECIA NOS VA A HUNDIR A TODOS, PODEMOS HA GANADO MUCHOS VOTOS EN LAS EUROPEAS, VENEZUELA VA A LLEGAR, CATALUÑA SE NOS SEPARA, EL REFERENDUUUM CATALÁN, YA ESTÁ AQUÍ VENEZUELA EN LAS ELECCCIONES DE PROVINCIAS,… y ahora el AY LOS PACTOS, VERÁS QUE PACTAN LOS SOCIALISTAS CON PODEMOS – sin ir más lejos, Juego de Pactos era ayer el TT de La Sexta Noche en Twitter, que a saber qué estarían diciendo en ese programa de Inda+Podemos, pero nunca he visto una señal tan clara de la crítica que Guy Debord hacía de la sociedad; de lo que se deduce que no es que el miedo esté en un bando o en otro ni mucho menos que éste “va a cambiar de bando”, sino que el miedo es uno de los motores del espectáculo y por tanto es hora de aceptar que ya somos mayorcitos/as y sabemos que el miedo nunca se irá de nuestras vidas) y hay un punto en el que uno ya se cansa y dice “Menuda panda de exagerados son los madrileños que nos están ganando de una forma bestial a los andaluces en lo que era nuestro más que tradicional arte de la exageración”. Que la exageración es un recurso válido para la comedia, pero hoy día está tan explotado que pronto nos llevaremos un disgusto y veremos en las noticias a periodistas de El País muertos de infarto por exagerar demasiado.

En estos días, tras mis recientes ratos de reflexión profunda (esos que narré en el segundo párrafo del presente texto), estoy convencido de que la próxima vez que alguien (que no sea mi padre, obviamente, aunque él jamás haría tal cosa) me finalice algo con un “…porque así salió Hitler”, le saltaré con un “desde luego, con esta época ya entiendo cómo fue todo, por culpa de unos pocos de exagerados de mierda con altavoz mediático, a toda la población se les fue cualquier tipo de miedo a que tuvieran de cambiar su voto por tal de que dichos exagerados cerraran su jodida boca miedica de una puñetera vez, y, total, si a los exagerados los acabarían metiendo en un campo de concentración como ellos dirían una y otra vez, pues la población notaba que votar a Hitler era todo ventajas”. Mientras tanto esperaré a ver cuándo el grupo Mediaset compra por el precio de un café el grupo Prisa enterito, a ver si así cambian ya de tónica y hablan más de Gran Hermano Vip que es, sin lugar a dudas, actualmente lo más interesante.