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“Llorar solo en un McDonald’s” o de cómo las ideas de un solo señor dominan Internet

«Hay una generación de ingenieros jóvenes en el mundo tecnológico que sienten asco y vergüenza y quieren cambiarlo.»
Jaron Lanier en una entrevista en El País.

 

Contras, “Llorar solo en un McDonald’s” es un tema bueno del que escribir y del que algún día (cuando lea más libros y artículos y esté mejor preparado para ello) me molaría escribir. Si en las manos de casi cualquier persona que sepa escribir algo es oro, no dudo de que en las de alguien que escriba muy bien te montaría un ensayo del siglo. De hecho existe un ensayo que vendría de perlas para este tema y que cualquiera debería de revisar antes de escribir sobre él: La McDonaldización de la sociedad (1995) de George Ritzer. Hay mucho material del que tirar, y me motivaba el hecho de poder leer un texto así, pero en Playground están hechos de otra pasta y lo único que se le ocurren es abrir Twitter, buscar “Llorando McDonald’s” y copiar y pegar tuits como si no hubiese un mañana. Porque parece que el periodismo actual que da dinero consiste en eso: plagiar vilmente a las redes sociales y poner un titular que nos atraiga como moscas. Si esto es así, me da una cierta pena. Pena porque el proceso debería ser el inverso: agarrar uno de esos tuits que ha visto y hacer un artículo en condiciones ampliando bestialmente información sobre el tema (hoy día alguien que realmente quiera hablar de ello, agarrará un tuit interesante que ha visto y montará un hilo ampliando bestialmente información relacionada sobre el tema, y toda esa información interesante se perderá en unas semanas).

La gran pregunta es qué clase de mundo hemos creado los de mi profesión. Cierto es que no somos causantes directos pero quien ha hecho evolucionar Internet en lo que conocemos es siempre la misma persona, y los ideales de La Web 2.0 que hemos adoptado, como el de libertad extrema de expresión o todo lo que puedes hacer en nuestra plataforma es gratis (no te tienes que hacer premium ni nada, ya ganamos dinero por otras vías), son de la misma persona. Os cuento un poco la historia de este hombre.

Llegó un tiempo que Google ya no tenía ideas. Sólo tenía un buscador, la plataforma Gmail y unos pocos servicios inútiles. Luego estaba el ser unos parásitos de Yahoo hasta que lo destruyeron desde dentro. Pero si llega a ser por empresas como Google, Apple o Microsoft aún estaríamos en la era del MSN, puede que hasta Youtube no hubiese existido porque también necesitaba de las ideas base de ese señor. Cierto es que las ideas de Google de “te lo damos gratis pero te comes esta publicidad” había cuajado, pero La web necesitaba un algo para crecer y hacerse 2.0 y eso fue la introducción del apartado de comentarios. El mero hecho de saber que había pasado por ahí otra persona y había generado un contenido en forma de comentario, transformó Internet en otra cosa diferente de un montón de físicos e informáticos frikis escribiendo en listas de correo. Se crearon los chats y los foros, y así siguió La Web 2.0 transformando Internet en ese algo que ya estaba ahí.

Sin embargo todo pudo quedarse ahí de no ser por Evan Williams. Williams fue el señor que comenzó la era actual de Internet. Williams estuvo detrás de la era de los blogs que fue la que, posteriormente, derivó en la de los videoblogs con YouTube. Williams estuvo detrás de los podcast, aunque no logró hacerlos rentables. Y Williams estuvo detrás de la creación de Twitter. Fue el primer programador en pensar en la marciana idea de que cualquier idea de cualquier persona, fuera lo loca o dañina que fuera, debía tener espacio en su plataforma, ya sea Blogger (la primera plataforma de blogs de éxito gratuita y abierta al público), Odeo (de las primeras plataformas de podcasts/audioblog), Twitter (la primera plataforma de microblogging), o Medium. Adiós a las reglas y los baneos. La otra idea principal de Williams es que sus plataformas debían de ser gratuitas para los usuarios, ya se buscaría la rentabilidad (¿cuánto tardó Twitter en meter publicidad en su plataforma? Más o menos cuando echaron de Twitter a este creador).

Cosas buenas de Evan Williams: al contrario que Steve Jobs o Jack Dorsey (uno de sus amigos que le echó de Twitter y ocupó su sitio y no para de decir que él es el creador de Twitter) siempre ha dicho que él no ha creado nada, que todo lo han hecho él y sus trabajadores. Tal vez sea consecuencia de haber crecido con su familia en una granja y trabajado en ella los veranos. Otra cosa buena es que cuando Donald Trump dijo que su elección fue gracias a Twitter dijo que lo sentía (“It’s a very bad thing, Twitter’s role in that. If it’s true that he wouldn’t be president if it weren’t for Twitter, then yeah, I’m sorry.”). Además de hoy día arrepentirse de su antiguo ideal de la libertad expresión a toda costa (“I thought once everybody could speak freely and exchange information and ideas, the world is automatically going to be a better place, I was wrong about that”). Sí el creador de lo que es el Internet de hoy día, el que hizo que sus ideales fueran el corazón de sus productos y herramientas, dice que Internet está roto, que lleva pensando desde hace unos años que está roto, que las cosas están yendo a peor y que es obvio que para un montón de personas que Internet está roto, al mismo tiempo que se arrepiente de su principal ideal, pues está claro que Internet debe de cambiar hacia algo más humano. Y no parece que sea así, porque cada nueva herramienta que sale se premia más al usuario verificado (usuarios que nunca pueden ser cerradas su cuenta, ni por spam, ni por contenido violento, ni por nada) o al anunciante. Además está que cada herramienta nueva que aparece, y cada herramienta actual que actualiza y evoluciona hacia un algo nuevo, es cada vez más cerrada y local (además de que cada vez sabemos menos de qué hay por detrás de cada herramienta, cada vez se nos guía más a encerrarnos en nuestro país y no ver contenido fuera de él).

Dicho esto, podéis empezar a ver la gracia del tema. La anomalía de Internet no son los blogs, ni YouTube, ni los podcast, ni el microblogging,… son la evolución natural de Internet guiada por uno de sus principales padres (y tan desconocido para el público general como tantos otros). La verdadera anomalía en la evolución de internet, la verdadera revolución, es Facebook. Y el futuro de Internet, nos guste o no, será guiado por Zuckerberg. Sí, dejamos a un tipo como Evan Williams, porque llegó Mark Zuckerberg y decidió que lo importante no eran los usuarios sino los datos de los usuarios para venderlos a empresa. Hasta que no llegó Zuckerberg, Google era una empresa que conseguía datos de usuarios con menor intensidad pero cuyo ideal no era el de todo Internet. Zuckerberg no llegó con ideales, ni quería mejorar el mundo, ni propagar ideas, ni salvar a nadie, Zuckerberg llegó con Facebook diciendo en el 2004: “Así que si necesitas información sobre cualquier persona de Harvard sólo pregunta. Tengo sobre 4.000 emails, fotos, direcciones y SNS. La gente me lo dió. No sé por qué. Ellos “confían en mí”. Jodidos tontos.”. Y éste es el ideal que se ha propagado a todos sus productos: Facebook, Instagram y WhatsApp (y pronto quién sabe si Oculus también). Todos centrados en la experiencia del anunciante y en que el usuario se deje sus datos por ahí.

¿A quién se le ocurrió quitarle el testigo de Internet a un hijo de granjeros que no terminó sus estudios y dejárselo a un pijo de Harvard? Bueno, ésa es una pregunta que deberíamos hacernos más a menudo cada vez que decidimos usar una herramienta sin conocer quién está detrás de ella. La gran mayoría de veces incluso es mejor y más rápido investigar un poco sobre quién ha hecho un producto que vamos a usar, que leerse todos esos tediosos párrafos legales de propiedad intelectual en inglés que nos dicen que debemos leer antes de aceptarlos. Pero, por otro lado, tampoco estamos aquí para culparnos. Tengo un amigo que dejó Facebook y toda red social, sólo usa WhatsApp y me contó hace tiempo que desde que las dejó la gente queda menos con él. Un efecto que tienen las redes sociales es que tus amigos se acuerdan de ti. Y como somos seres que vivimos en sociedad, aislarnos es un error. Mi amigo al final vio que, si no tenía redes sociales, ahora no tenía más remedio que, si quería que se acordaran de él, participar más en los grupos de WhatsApp que antes sólo se limitaba a ojear. Es decir, hoy día sea como sea tenemos que participar en Internet, el futuro está en el ¿de qué manera compartiremos información en la próxima década? y la llave del futuro la tiene Zuckerberg. Sea como sea no me cabe duda que en el futuro la generación de programadores jóvenes a la que pertenezco acabaremos más asqueados y con más vergüenza de tanto haber servido al mal.

Así que cuando Playground roba todo ese contenido de Twitter sólo para crear el artículo “Por qué tanta gente llora sola en un McDonald’s” de la forma más cutre y horrible que se pueda imaginar, sólo está siguiendo el presente-futuro creado por Zuckerberg y sus ideas: en vez de currarme el artículo de la hostia que podría salir con un tema tan bueno, tengo montones de tuits que puedo agregar a mi artículo para que casi me lo hagan ellos solos, jodidos tontos que dejan sus frases sueltas por ahí a lo gratis. Total, da clics y eso se traduce en dinero fácil y el trato que da Playground a sus trabajadores es de lo peor: ni bajas remuneradas, ni indemnizaciones, ni beneficios, despido libre y falsos autónomos. Que sí, que Playground es todo muy progre y combativo pero cuando le sacan que tienen falsos autónomos se lo toman con swag. Espero no volver a abrir esa web en los próximos 10 años.

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Las actividades extralaborales

Hay un tema del que no se suele ver información crítica y está tan en boca: las actividades extraescolares de las empresas (a partir de ahora me referiré a ellas como actividad extra-laboral). Ya que es una información que creo necesaria y que además es parte de la crítica que siempre hago a las empresas y su todo vale con el coaching y el pensamiento positivo. ¿Cómo? Dentro vídeo de un anuncio de estas actividades (os pondría este más aberrante sobre escape rooms para empresas pero dura 9 minutos):

Por supuesto que ponen AC/DC en el anuncio porque saben que tus jefes tienen cerca de los 50’s.

 

Es cierto que depende de las condiciones y de la actividad, pero en general suele pasar que las actividades extralaborales son una trampa del copón. Para empezar en el mejor caso ocupará un día entero, es decir tanto tus horas laborables como las horas de tu tiempo libre, en el caso peor ocupará sólo tu tiempo libre (el clásico “cuando salgamos vamos a tal sitio” o “he estado pensando que este sábado…”). Luego está el tema de que normalmente ni tú ni el resto de trabajadores elije la actividad, sino los grandes jefazos. Porque en las empresas que te tratan como un niño de 7 años, en las que la actividad la elige el o los jefazos o el coach de turno, no puedes decir que no te gusta esa actividad, no puedes participar en elegirla, no puedes elegir quedarte trabajando, y, además, a veces no te dicen cuál es hasta última hora porque es una sorpresa.

Las escape room son la actividad extralaboral más normal de este tipo, no requiere un tipo de vestimenta y lo pasas más o menos bien. La primera vez que vas a una actividad de extralaboral piensas que bueno, que vale, que está bien, y más si es algo tipo escape room. Bien, eso piensas la primera vez, pero ¿y la segunda? Digamos que la segunda es una mañana de paintball, tienes que llevar un chándal (encima de él te ponen una máscara, protecciones y un mono) y deportivas, estar en una buena forma física para correr por las pruebas y tener un cierto cuidado. Ya ahí empiezas a pensar que cuidado, es curioso que a los jefazos siempre les vaya medianamente bien, y que además hay relaciones extrañas que se fortalecen, pues curiosamente los que mejor se les da las actividades físicas o hacer el payaso para entretener a los jefazos en estas actividades, suelen recibir algún tipo de buena atención luego en el trabajo. Sí, el trabajo se convierte en una vuelta al colegio/instituto, con todo lo malo que eso supone, y su absurda separación entre la gente guay ganadora y los perdedores. Y sí, si eras un perdedor en el colegio/instituto, pues amigo/a, vuelta al redil.

Las actividades extralaborales se resumen en lograr entretener a los jefazos, no en divertirse, ni en distraerse, ni en fortalecer relaciones entre empleados. Ahí eres un niño de 7 años que se tiene que encargar de entretener a unos cuantos de 4 años con el cartel de “bebé jefazo” en la frente.

¿Cómo esquivar las actividades extralaborales? Salvo que os hayan avisado en la misma semana y esté todo reservado, no os recomiendo escoger ese día de vacaciones, si lo haces, cambiarán de día la actividad para que tú también vayas por narices. No se pueden esquivar, pero, si finalizando la actividad se sale del horario laboral, puedes poner la escusa de que te tienes que ir antes y, salvo raros casos, podrás irte.

Si por narices deben seguir existiendo en las empresas, la solución a esto sería lograr que las actividades no la elijan los jefazos y que además sean voluntarias (con opción a quedarse trabajando o a quedarse en casa), por mucho que las paguen los jefazos, involucran a todo el equipo y ya de por sí es duro estar con gente que son cada cual de su padre y de su madre, para que encima te digan que te toca ir un buen rato a hacer del amigo del jefe. Y por favor ayudad a elegir actividades que sean cómodas para todos/as. Lo suyo son cosas que todos puedan ir, estar cómodos y pasarlo bien, a ser posible sin competir y que sea más del tipo de colaborar. Lo ideal es que no consuman el tiempo libre de nadie y que tampoco se aísle a quién no vaya ni a quién haga mal las actividades (¿pasan estas cosas? desgraciadamente sí). Es decir, hay que tener muy en cuenta la diversidad y la diferencia en estas cosas y ser muy responsable, cosa que yo, por lo menos, no he visto en empresa alguna (yo todavía no he estado en alguna empresa en la que se respete, pues imagina conceptos elevadísimos como responsabilidad, diversidad o diferencia). Conclusión: lo ideal es que estas actividades no existan en las empresas.

Porqué no veo ni veré Juego de Tronos

Ni siquiera he visto el primer episodio y no quiero verla. ¿Por qué? Por nueve motivos.

  1. La brasa friki. ¿No os pasa? Os gusta escuchar a vuestros amigos motivados por una serie/libro/película/disco/… que han visto/leído/escuchado y os entra ganas de probar. Tal vez esté bien. Pero, de repente, ves que hay como millones de personas que lo están viendo/leyendo/escuchando y que todas te dicen que debes de verlo/leerlo/escucharlo ya, y ahí te entra la bajona. Que sí, que todos tienen la misma opinión, pero tú no te acordarás de los nombres de más de tres nombres de personajes y jamás podrás hablar con esa gente que te miran por encima del hombro y te dicen que eres sólo otro «maldito casual» que meramente te mueves por las modas y blablabla. Mira, así no, prefiero esperar a que cancelen o termine la serie, la veáis todos, os peguéis el golpe, y ya probaré a verla cuando pasen dos años más.
  2. Los libros. Normalmente cuando quiero ver una película/serie si tiene libro me leo antes el libro y ya me pregunto si ver la película/serie o no verla. Suele pasar que me quedo en el paso del libro, me lo leo y si me ha gustado mucho no veo la película/serie, salvo si me he quedado con ganas de más. Bien, pues miro el primer volumen de Canción de Hielo y Fuego (Juego de tronos) y tiene 800 páginas, y esto es sólo el primer libro. Mira, en lo que gastas en leerte el primer volumen de Juego de tronos ya tienes casi acabado El Señor de los Anillos, te da tiempo de leer tres libros de Palahniuk o dos veces todos los libros de Amy Hempel. Hay miles de libros interesantes ahí fuera y más de fantasía épica, y normalmente los libros de 800 páginas no comienzan a ser interesantes hasta la página 600, y no voy a esperar 600 páginas para ver si una historia me interesa.
  3. Cada capítulo dura una hora. Una hora y sospecho que la mayoría de gente lo ve al doble de velocidad o a x1.5, porque en palabras de un amigo que tampoco ve Juego de Tronos «me dijeron que había una batalla de Juego de Tronos que era la hostía, así que me puse a verla en youtube y era un coñazo». Así que me puso la batalla y también me pareció un coñazo. Llegué a pensar tras esto que hay gente que ve Juego de Tronos como quién ve porno: sólo le llegan al cerebro que hay sexo y cuerpos desnudos. Pero luego pensé que tal vez de tanto ver capítulos de una hora de Juego de Tronos cualquier cosa que salga ahí les parecerá la hostia.
  4. George R.R. Martin me cae mal. Vale, David Foster Wallace me cae mal (el día que leí en uno de sus textos periodísticos cómo se metía a muerte con el minimalismo fue cuando me cayó mal, muy mal), pero, sabes, se lo perdono porque escribió cosas geniales como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, La niña del pelo raro, o Extinción. Además estoy seguro que él, a pesar de su carácter, nunca se hubiera metido en follones como querer prohibir el fan fiction por razones de copyright (vaya, vaya, George R.R. Martin). Tampoco se hubiese metido en el jardín de escribir una serie de libros y decirse de escribir la precuela de los mismos al mismo tiempo, ni demás sacacuartos, y además no pensar en que debes terminar lo que empezaste hace 22 años. Vale, por lo que veo George R.R. Martin es demócrata, manifestó su apoyo a que EE.UU. acoja refugiados, y se opuso a Vietnam. Ok, algo de sangre le llega al cerebro y eso está bien. Pero oye, también defiende que deban haber más escenas de violaciones en la serie que en sus libros, así que no, tanta sangre no le llega. Lo que nos lleva al siguiente punto.
  5. No soporto las películas con violaciones por la cara y menos aún si son violaciones porque «los creativos nos aburríamos y dijimos “vamos a poner una violación aquí”» (es decir, ya no es que sean violaciones por la cara, sino violaciones por la puta cara). Aquí no cabe explicación ni nada. Que sí, que la vida es dura y cruel, pero si yo también he tenido un día duro y cruel, pues tal vez no tenga ganas de algo duro y cruel que me dure capítulos y capítulos y más capítulos de una hora si no hay razón alguna que me justifique esa escena. Tal vez lo que tengo ganas es de algo que me mueva la sangre al cerebro, algo que me lance por los aires y me evada un rato, que me conmueva o simplemente de algo que me haga pasar el tiempo.
  6. Los fans. Puede parecer al punto uno, pero no. El problema es que si cuentas por qué no tienes ganas de ver algo y hay gente que no son capaces de aceptarlo, de interiorizarlo, de pensar que hay gente diferente, pues, mira, como que te dices «AHORA SÍ QUE SÍ QUE NO LO PIENSO VER. JAMÁS». Tal vez haya personas que sufran de una posible exclusión social, pero si tus amigos son tan mierdas de hablar todos los putos días de Juego de Tronos e ignorar que hay personas presentes que no lo ven ni quieren verlo, y que necesitan también de un poco de conversación, es momento de buscarse otros amigos. Si a tu amigo le importa más una serie que un amigo, no es tu amigo, es gilipollas. Cierto es que en cualquier relación entre personas hay que buscar cosas en común, pero si el otro no está por la labor, no es tu problema.
  7. El merchandising. Este punto me encanta. Nunca he visto una época en la que el merchandising sea tan importante. Realmente Juego de Tronos no es ya una serie, sino una comunidad de fans a las que vender productos. Hace poco vi un documental en Netflix muy interesante sobre Funko (el de Fábrica de diversión), que aunque no me gustan los funkos me ayudó a entender el coleccionismo. Digamos que un día ves Juego de Tronos y te flipa, te vuela la cabeza, pero al día siguiente estás caminando por la calle y ves que hay una taza de Juego de Tronos. Y te dices, «ay va, una taza de mi serie favorita, voy a comprarla y la tendré en mi mesa del curro». Pero es que el día siguiente vas al curro con tu taza y alguien te la ve y acabáis hablando de la serie y que si él tiene una camiseta y algunas figuritas. Te dice donde comprarlas barato por Internet y caes. El coleccionismo visto como comunidades de fanáticos que consumen. A esta gente hay que venderles cosas constantemente porque te lo demandan y en cuanto vean un nuevo personaje querrán su espada, su figurita, el dlc del personaje para el videojuego y la sintonía que suena cuando aparece el personaje. Luego estamos los tipos como yo que acumulamos libros y discos, a los que nos señalan diciendo que nosotros también, pero no es lo mismo. Yo compro el libro que quiero leer o el disco que me gusta tanto y nada más. No la taza, no la figurita, no la lámpara,… Compro la cosa, la leo o escucho y fin.
  8. Es para triunfadores. Me gustaban más las series tipo los 90’s de gente tirada o directamente fracasados para gente tirada o fracasados. Es decir series para personas normales. Yo, por ejemplo, no me considero la hostia y dudo mucho que llegue a tener esa visión de mí, no soy un ganador porque si no no tendría que trabajar, ni pensar que tal vez tendré que pasar el resto de mi vida trabajando. Y ahí está el jefazo, el rey del curro, el máquina, el crack, que llega con su taza de Juego de Tronos al trabajo. Si cuando eras niño/a veías series a cascoporro es que era muy probable que no salieras a la calle, que tu barrio no tuviera sitios para jugar cerca, o que fueras tímido/a y tuvieras pocos amigos/as. Si de adulto/a ves series a cascoporro, vale, probablemente seas un mierda sin vida, pero queda claro que eres de los que, de forma habitual, llegan del trabajo a casa y de casa al trabajo, es decir eres una persona correcta, un modelo. Una persona como ésa no necesita vivir más, en cambio el resto necesitamos vivir todo lo que no pudimos vivir. Ved una película o serie americana estándar para adultos en la que varios buenos colaboren en equipo y contad las veces que dicen «buen trabajo», aunque no estén trabajando, y, contras, ¿no podrían simplemente decir «gracias»? No, tiene que quedar claro, de forma que cuando las personas que vean estos productos vuelvan a su trabajo se vean como los tíos buenos de la película que salvaron el mundo y pensarán que su equipo de trabajo son como ellos (diréis que nadie tiene la cabeza tan ida, pues, oye, yo en un sitio donde trabajé un coach nos ponía como a los héroes que trabajan en equipo de las películas, así que sí que la tienen tan ida). Hoy día hay series también para nosotros pero Juego de Tronos (una serie americana basada en una serie de libros escritos por un americano) no es esa serie.
  9. Es un producto de duración infinita. El problema cuando algo no se acaba es que lo puedes estirar y estirar y estirar para seguir sacando los cuartos a la gente, y si funciona para qué vas a hacer que acabe. ¿Qué hay de malo en que algo no se acabe? El relleno y que acaba siendo inconsistente. Cuando tienes chorrocientos capítulos es difícil que te acuerdes de detalles de los primeros capítulos, luego rompes las normas de la historia y ésta acaba siendo inconsistente. Además tienes que alargar la historia de alguna manera (capítulos de una hora), ¿y qué mejor que con capítulos rellenos? Llega un punto que no tiene sentido no decir spoilers, porque no los hay. En cambio, las cosas que tienen un final tienen una ruta que comienzan por un inicio y terminan en un final, los guionistas pueden saltárselas un poco, pero si se las saltas del todo se va a notar más. Al haber un final puedes marcar qué es lo importante, lo que debe ser consistente y dónde poner escenas de relleno.

El padre de Tyler Durden

Hay varias cosas muy divertidas al analizar el libro El Club de la Lucha, pero una cosa que me sorprende que poca gente pille a la primera del libro de El Club de la Lucha (a parte de que poco a poco se desvele que Tyler Durden no es un buen tipo, sino un cretino manipulador) y es el tema de la figura de El Padre. ¿Quién es ese padre que tantas veces aparece en toda la narración de El Club de la Lucha? Para eso tendremos tendremos que entender antes de qué va realmente El Club de la Lucha.

A Palahniuk le encanta hablar de sus libros, del por qué lo escribió y del sentido que tienen realmente éstos, sin embargo siempre se frena cuando le preguntan sobre El Club de la Lucha y suele dar largas diciendo básicamente que cada cual le dé el significado que quiera. Aún así años después de llegar a ser un libro tan famoso (mayormente gracias a su película) y llevar un par de ediciones, Chuck Palahniuk aclara bastante en su prólogo.

Piensen en la película Ciudadano Kane, y en cómo los periodistas sin cara y sin nombre del noticiario crean el marco necesario para contar la historia a partir de un montón de fuentes distintas.

Eso es lo que yo quería hacer. Aquella tarde de aburrimiento en el trabajo.

Así que para aquel coro – aquel «mecanismo tradicional» – escribí ocho reglas. La idea misma de un club de la lucha no era importante. Pero las ocho reglas se tenía que aplicar a algo, así que ¿por qué no a un club donde le pudieras pedir a alguien que se peleara contigo? Igual que en una discoteca le pides a alguien que baile contigo. O igual que desafías a alguien a una partida de billar o de dardos. Las peleas no eran lo importante de la historia. Lo que me hacía falta eran las reglas. Esos mojones anodinos que me permitirían describir el club desde el pasado y el presente, de cerca o de lejos, el inicio y la evolución, embutir juntos un montón de detalles y momentos, todo en el curso de siete páginas y SIN que el lector se perdiera.

Por entonces yo llevaba un tiempo con un ojo morado, souvenir de una pelea a puñetazos durante las vacaciones de verano. Ninguno de mis compañeros de trabajo me había preguntado nunca por ello, así que supuse que uno podía hacer cualquier cosa en su vida privada con tal de que te dejara tantos moratones que nadie quisiera conocer los detalles.

También por entonces yo había visto un programa de televisión de Bill Moyers que contaba que las bandas callejeras no eran más que jóvenes que se criaban sin padres, y que simplemente intentaban ayudarse entre ellos a hacerse hombres. Promulgaban órdenes y desafíos. Imponían reglas y disciplinas. Recompensaban la acción. Las mismas cosas que hacen los entrenadores o los sargentos.

También por entonces la librerías estaban llenas de libros como «El club de la buena estrella» y «Clan ya-yá» y «Coser y cantar». Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran. Para que se sentaran juntas y contaran sus historias. Para que compartieran sus vidas. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas.

Una novela así tendría que otorgarles a los hombres la estructuras y los roles y las normas de un juego – o una tarea -, pero nada demasiado sensiblero. Tendría que presentar el modelo de una forma nueva de reunirse y estar juntos. Podría haber sido el «club de construir graneros» o el «club de golf» y probablemente habría vendido muchos más libros. Algo que no resultara amenazador.

[…]

Para convertir el relato en libro, añadí todas las historias que mis amigos me podían contar. Cada fiesta a la que asistía me daba más material. Como la historia en que Mike mete trocitos de porno en películas para niños. Como la historia en que Geoff se mea en la sopa mientras hace de camarero de banquetes. Una vez un amigo mío me dijo que le preocupaba el que aquellas historias pudieran provocar que salieran imitadores, pero yo le insistí en que no éramos más que don nadies de clase obrera que vivíamos en Oregón y habíamos ido a la escuela pública. No se nos podía ocurrir nada que no estuviera haciendo ya un millón de personas.

[…]

En realidad, lo que yo estaba escribiendo no era más que El gran Gatsby un poco actualizado. Era narrativa «Apostólica», donde un apóstol que sobrevive cuenta la historia de su héroe. Hay dos hombres y una mujer. Y a uno de los hombres, el héroe, lo matan de un tiro.

Era una narración romántica clásica y antigua pero actualizada para competir con la máquina de café o el canal de los deportes.

Es un detalle importante lo del programa de Bill Moyers. Debido a ese programa Palahniuk estaba más motivado aún en buscar las reglas para contar una historia de niños sin padres con un gran líder en la banda. Tyler les muestra el camino, aunque ya al final del libro Tyler acaba siendo un cretino incapaz de estar ni medio segundo delante de Marla Singer, dejando mártires por el camino, amenazando a jefes de policías y asesinando a políticos para lograr su objetivo.

Yo viví con mi padre unos siete años, pero no recuerdo nada. Cada seis años, más o menos, mi padre funda una nueva familia en otra ciudad. O mejor dicho, establece una franquicia.
Lo que ves en el club de la lucha es una generación de hombres criados por mujeres.

El padre de Tyler Durden y del narrador era un cargo medio que llevaba una franquicia y trabajaba tanto que no veía apenas a su hijo. Era un hombre ocupado que no sabia quién era su hijo y nunca le dejó ninguna huella, dejando todo el trabajo de educación y cuidados a su pareja. Realmente no hubo una relación padre e hijo fuerte, o por lo menos al narrador no le dejó huella alguna, al contrario que su madre. Para colmo, pasados siete años sus padres se separaron, dejando a la madre sola con su hijo.

Mi padre nunca fue a la universidad, así que era realmente importante que yo fuera. Al acabar la universidad, le llamé por teléfono y le pregunté: ¿Y ahora qué?
Mi padre no sabía qué responder.
Cuando conseguí un trabajo y cumplí veinticinco tacos, le volví a llamar y le pregunté: ¿Y ahora qué? Mi padre no sabía qué responder, así que me dijo: Cásate.
Tengo treinta años y me pregunto si lo que realmente necesito es otra mujer.

Es importante ese otra ya que marca una relación bastante fuerte del narrador con su madre, a pesar de él vivir de forma independiente y tener un trabajo todavía la ve como alguien tan importante en su vida. Luego está el necesito que significa que sigue necesitando a su madre o que al menos siga presente.

Su padre, en cambio, sólo contacta con él por teléfono y es él quién tiene que llamar (parece como que su padre ni se acuerda de que tiene un hijo). Es un hombre sacrificado con su trabajo que nunca fue a la universidad y le sobraba con que su hijo fuese a la universidad y consiguiese un trabajo y una vida mejor que la suya, según la novela es evidente que su hijo logró un trabajo de clase media («En aquel momento la vida me parecía demasiado completa y tal vez hubiera que romper con todo para sacar lo mejor de nosotros mismos»). Aunque jamás su hijo apreciase el esfuerzo de su padre, ni aprecie su estatus social («Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he dicho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito. Así de mala puede volverse la vida. Mátame.») y eche en cara su falta de presencia. Así que Tyler en su figura de jefe tiene que ejercer del padre que nunca tuvo y el padre que quiso tener.

La primera vez que luchamos era un domingo por la noche y Tyler no se había afeitado en todo el fin de semana, así que me ardían los nudillos en carne viva por culpa de su barba de dos días. Tumbados boca arriba en el aparcamiento, mientras contemplábamos una estrella que apareció entre las farolas, le pregunté a Tyler contra qué había luchado.
Tyler contestó que contra su padre.
Tal vez no necesitábamos un padre para sentirnos completos.
[…]
La mayoría de estos tíos está en el club de la lucha por culpa de algo contra lo que tienen miedo de luchar. Después de unos cuantos combates el miedo es mucho menor.

Al contrario que el narrador, Tyler luchaba contra su padre porque la ausencia de su padre dejó un vacío que no pudo llenar. Cuando Tyler conoce a Marla el personaje principal entra en una especie de miedo de perder a Tyler («Siempre, desde que fui a la universidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.»), y lo cierto es que la visión del protagonista con respecto a Tyler comienza a enturbiarse más.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se largó para establecer otra franquicia.
Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que el sexo se haga aburrido, o nunca te casarás».
Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cremalleras de nailon».
Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bordar en un cojín.
[…]
– Haz que Marla salga de casa – me dice Tyler -. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.
Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están enfadados. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.
[…]
Marla ha vuelto.
En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Tyler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desparece.
Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.
Marica.

Las discusiones en su casa eran algo tan normal que siempre sus padres se esquivaban. El narrador ve a Tyler como su padre, cosa que se acentúa más y más hasta el final del libro, el cual será el momento de vencer a Tyler, cosa que no logrará ni con reiterados intentos de suicidio. Tyler le hace prometer tres veces al protagonista (amenazándole de que jamás volvería a verle si no cumple su promesa) que jamás hable con Marla sobre él porque realmente Tyler teme a Marla, la ve una amenaza tan grande como para poder desenmascarar la verdadera identidad de Tyler. Algo que acaba sucediendo cuando el narrador llama por teléfono a Marla y ésta le confirma la verdad. Además, al final, gracias a Marla logra decidirse del todo en derrotar a Tyler.

Hay un detalle que diferencia mucho el libro de la película y es que Marla es un personaje con su personalidad, su historia, y sus sentimientos. No es un mero personaje secundario, sino un personaje que tiene un poder sobre el narrador y a quién Tyler teme.

– Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca conociste a tu padre, o si está el libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?
Es el dogma de Tyler Durden. […]
– Al final terminas pasándote la vida buscando un padre y a un Dios. – dice el mecánico.
» Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Puede ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.
Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indiferencia.
[…]
Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.
– Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo.

Dios es la figura del padre perfecto, y como padre perfecto te ignora a la perfección. Así que llamar la atención de Dios es llamar la atención de tu padre. Para Tyler, el hablar de Dios es hablar de su padre, y debe volverlo loco para que, al menos, se acuerde del nombre de su hijo.

El problema es que apreciaba bastante a mi jefe.
Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. A veces, encuentras ese padre en el trabajo.
Pero a Tyler no le gustaba mi jefe.
[…]
Quería dejar el trabajo. Le estaba dando permiso a Tyler. Vía libre. Mata a mi jefe.

Una vez más el simbolismo. Tyler mata al jefe del protagonista como un gesto más del odio a su padre y a un odio hacia todo lo que tiene que ver con la figura de un padre. Así Tyler se fortalece y la única figura paternalista que le queda al protagonista es Tyler.

En la casa de mi padre hay muchas moradas.
[…]
He visto a Dios detrás de un largo despacho de nogal con sus títulos colgados en la pared detrás de él. Dios me pregunta:
– ¿Por qué?
¿Por qué hice tanto daño?
¿No me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros somos sagrados, copos de nieve individuales de una singularidad especial y única?
¿Acaso no veo que todos somos manifestaciones del amor?
Veo a Dios tras su despacho, tomando notas en un bloc, pero Dios se ha equivocado de parte a parte.
No somos especiales.
Tampoco somos escoria o basura.
Simplemente, somos.
Somos y ya está, y lo que pasa, simplemente pasa.
Y Dios dice:
– No; eso no es cierto.
Sí, vale. Lo que quiera. A Dios no se le puede enseñar nada.

Con la frase «En la casa de mi padre hay muchas moradas.» comienza el último capítulo del El Club de la Lucha antes de contarnos que Tyler ha sido derrotado y el protagonista ahora vive en un psiquiátrico. De alguna manera el narrador ha vuelto con Dios y al camino marcado por los padres (siendo el psiquiatra la representación de Dios, el padre perfecto) al empezar a vivir en el psiquiátrico, esa casa del padre con muchas moradas.

La cultura del videoclip

“We take our music really seriusly, but music videos? They’re commercials. They’re candy commercials.”
(Dave Grohl cantante de los Foo Fighters y exbatería de Nirvana en el documental Foo Fighters: Back and Forth)

“They took the credit for your second symphony / Rewritten by machine on new technology / And now I understand the supernova scene / I met your children / What did you tell them? / Video killed the radio star”
(Video Killed the Radio Star de Bruce Woolley)

Este texto comienza cuando oí de pasada cómo dos compañeros de trabajo hablaban sobre una canción, uno le decía que ya había escuchado la canción mientras que el otro le contestó “pero la canción no, tienes que ver el videoclip”. Este texto no trata tanto sobre música, sino sobre cómo nosotros nos hemos convertido en el videoclip.

La historia del videoclip es casi tan antigua como la historia del rock, ya entre 1920 y 1930 estaban las primeras piezas video-músicales creadas con fines artísticos, en 1940 Walt Disney creó la película Fantasía y luego a finales de los años 1950’s tenemos los famosos videoclips de Elvis, tuvimos videoclips de The Beatles en los años 1960’s, en el 1975 tenemos el famoso videoclip moderno con efectos especiales más parecido a lo que conocemos hoy día que vino con Queen y su Bohemian Rhapsody, Pink Floyd ya hicieron algún que otro experimento en 1970’s, y en los 1980’s tenemos dos grandes hitos en la historia del videoclip: la aparición de la cadena de música, y fabrica del videoclip cada 24 horas, la MTV (la cual el primer vídeoclip que emitió fue Video Killed the Radio Star versionada por The Buggles, citada al principio del texto) y la banda Pink Floyd creó la mítica película de The Wall (casi sin diálogos, todo música y vídeo, un videoclip de todo el disco).

Ahora viene lo curioso. Después de la década de los 1980’s no hay ningún hecho destacable en la historia del videoclip hasta mitad de los 2000’s cuando apareció YouTube y Google Vídeo, plataformas en las cuales una enorme cantidad de usuarios se dedicó a subir videoclips y éstos a subir en visitas hasta el punto que a finales de dicha década las propias compañías de discos acaban optando por subir los videoclips ellas mismas a YouTube (visto que no podían detenerlo, por qué no hacerlas ellas mismas, ya sea la propia discográfica o el canal de Vevo). Y aquí es dónde comienza el melón que vamos a abrir.

Nunca hemos consumido tantos videoclips como hoy día. En la era de antes de YouTube los que veíamos videoclips eramos unos cuantos pringaos y frikis de la música, tanto que eramos capaces de tragarnos la mercadotecnia de la lista de Los 40 Principales que el Canal+ emitía en NO códificado, tanto que incluso llegábamos a grabar los de las canciones que nos gustaba porque seguramente a la siguiente semana no estarían allí. Normalmente cada banda llegaba a un máximo de tres videoclips, solía pasar que si veías los tres y te gustaban, acababas comprando o descargando el disco. Antaño para ver un determinado videoclip o esperabas a que saliera en televisión o, si lo tenías grabado, buscabas en la cinta VHS en qué parte estaba y lo veías (normalmente ya de paso veías varios antes y después). Hoy día basta con una conexión a internet para buscar un videoclip en concreto en cuestión de segundos y verlo. Además tras ver el vídeoclip puedes descubrir más videoclips parecidos en las recomendaciones.

Como veréis en los 2000’s se ha llegado a un cambio muy grande en la historia del videoclip y se ha tenido muy poco en cuenta. Si la MTV era, por entonces, el demonio por hacer consumir a sus televidentes (y además pagando) lo que en realidad son anuncios musicales de discos las 24 horas al día, YouTube es el mismísimo diablo. Dave Grohl de Foo Fighters tiene mucha razón cuando decía a la mitad del documental de Foo Fighters: Back and Forth que no se toman en serio los videoclips porque, en síntesis, los vídeoclips son como meros anuncios de chucherías, y después de ello otro miembro de la banda burlarse de las parafernalias egocéntricas de los vídeoclips (melenas al vuelo y esas cosas). Pero si lo son ¿por qué ese compañero mío de trabajo insistía en que el videoclip era lo importante y no la canción? ¿Hemos llegado acaso a un punto en la que los anuncios son más importantes que la película? Podría ser.

Lo mejor es que no sepáis cuánto dinero ganaban los Foo Fighters mientras se emitía este videoclip tan de escaso presupuesto, pero fue tanto dinero que nadie reconocía al cantante como el que fue el batería de Nirvana.

De cara a los consumidores los anuncios son la cara más dura del capitalismo, se trata de romper la coraza que te impide a comprar el producto y crearte una necesidad, y debido a la gran cantidad de trastos inútiles que nos rodean, hoy día para crearla necesitan crearte una emoción, un vínculo que logre que te hagas tan fan de ellos, como fan se hacen de Apple ciertos consumidores de la manzanita (aprovecho aquí para añadir: Steve Jobs cabrón, para una sola cosa de que inventaste – el no buscar consumidores, sino fans – y nos ha jodido tanto).

En la música el factor emocional es crucial. Debe ser La Canción Que Tú Descubriste, debe ser El Disco Crucial Que No Te Perdiste (y que algún día se lo pondrás a tus hijos con cierta sonrisa), debe ser La Banda de Tu Vida, deberá de ser El Concierto de Tu Vida. Es crucial que la primera canción que oigas sea un temazo en toda regla que te haga levantar de la silla, una flecha de Cupido directa a tu corazón. Pero hay un problema: hay muy pocos estilos musicales que sean tan comerciales para ello, y los pocos que hay están agotados. Hoy día nos queda más que claro que toda música comercial suena a lo mismo que la canción comercial anterior, la originalidad que trajo consigo la música electrónica (tanto la comercial como la no comercial) fue demasiado grande, aún hoy día se está descubriendo y todavía no se ha podido superar.

Tengamos claro que no es que “ya no se hacen canciones como antes” (siempre, en todas las épocas, han habido canciones horrendas y canciones fantásticas), eso no es lo que sucede, lo que sucede es que estamos en un momento de la música comercial que está colapsada. En YouTube juegas con un mercado musical global, cada día hay cientos de vídeos y de artistas por todo el mundo y cada persona tiene un perfil musical diferente que le hará saltar un vídeo u otro. ¿Cómo se puede destacar ahí? A base de soltar pasta en el videoclip. Da igual que el estilo musical, sea el rock o metal más garrulo, el cantante pop más empalagoso o, incluso, la canción para echarse unas risas que no pareca ni música, o haces que sea espectacular el videoclip, casi una película de cinco minutos, o haces el ridículo más espantoso, o lo que sea pero que llame la atención a toda costa. Ya no sólo tienes que competir con Like a Prayer de Madonna, ni con Thriller de Michael Jackson, ya tienes que competir también con elrubiusOMG jugando al Fortnite. Ya es demasiado tarde para competir en calidad, hay que lograr el posicionamiento a base de sacar material que atraiga desde el segundo uno como churros (y más ahora que hay previsualización de vídeos en las búsquedas de YouTube).

La música es un mercado capitalista duro y lo que ha pasado con los videoclips no deja de ser un caso particular del capitalismo en internet. Cuando en La salvación del alma moderna Eva Illouz habla sobre el capitalismo emocional (como en casi todos sus magníficos libros) una de las cosas que dice es que «El capitalismo emocional ha reordenado las culturas emocionales, llevando el yo emocional más cerca de la acción instrumental». Esto explica el porqué el videoclip (que no deja de ser un anuncio de chucherías) puede llegar a ser más importante para alguien que la canción, que el disco o que la banda. Es decir, la sociedad actual ha transformado nuestras emociones, y juegan con ellas para que consumamos, y si los sentimientos son bienes de consumo y los bienes de consumo nos llevan a la creación de emociones (por ejemplo, a la felicidad o al amor romántico perfecto, que son de los más demandados en la publicidad), si tenemos en cuenta que, sobre todo en la web, la imagen puede llegar a ser más impactante que el audio, lo más fácil es que la imagen nos cree la emoción y el audio dé casi igual. Al final, como estamos en la era del capitalismo emocional, lo importante es el anuncio que transmite la emoción que se necesita para el público al que hay que llegar, no es importante el producto.

En una era en la que no se venden discos (salvo los frikis del vinilo que son una minoría para darles de comer aparte), y los conciertos cada día más caen en picado ante el presente auge los festivales, para ser una banda popular hay que destacar mucho. No hay otra manera que caer en la cultura del videoclip hasta el punto que nosotros somos el videoclip que ellos necesitan alcanzar para conseguir el éxito.

Así como tenemos a miles de personas viendo a youtubers que juegan al Fortnite (lo nombro mucho porque sé que es un juego muy popular, pero no tengo ni idea de qué es el Fortnite ni me interesa, la verdad) porque ellos juegan al Fortnite y son fans de dicho juego o porque es divertido verle jugar al Fortnite, tenemos a miles de personas viendo videclips en YouTube por el mismo motivo.

En una otra vuelta de tuerca más al “¿eres lo que consumes?” dejo ahí la idea de empezar a tener en cuenta el que logremos ser capaces de separar la música del videoclip tal como se suele separar a Pantera de que su cantante es un nazi de mucho cuidado. A veces escuchar la canción sin el video sigue siendo una pasada (y cuando eso sucede es toda una alegría), otras el vídeo es sólo una promesa de marketing viral.

El “a fregar” en el “club de los chicos”

Susie dandole un buen bolazo de nieve a Calvin

Susie en esta viñeta de Calvin & Hobbes.
Me gustaría decirlo de una forma adecuada y correcta, y sobre todo con diplomacia para que nadie se ofenda, pero me resulta imposible y, total, esto es sólo un blog, no cobro ni un duro por ello, y quién narices lee un blog cuando puede leer un hilo de 1000 y pico tuits en Twitter. La cosa es que llevo ya casi una década trabajando en tecnología y os quiero contar hasta qué nivel todo el tema de cómo se enfoca la igualdad de sexo dentro de estas empresas es un asco. ¿Sabéis por qué es un asco? Porque no existe la igualdad de sexos ahí dentro. Porque si eres mujer, y entras ahí, estás entrando en “el club de los chicos de la casa del árbol”.

Ya sé que está mal que lo diga porque soy un hombre, que sí, que este texto lo debería de escribir otra mujer que trabaje en tecnológicas para que la ignoren otra vez y la vuelvan a llamar feminazi, pero pasan los días, los meses y los años, y han habido montones de asociaciones, debates, hackathon, talleres y conferencias en mi provincia, en muchos de ellos podemos ver de asistentes a señores importantes aplaudiendo o asintiendo con una lagrimilla en el ojo, incluso muchos de esos eventos están patrocinados por sus empresas, pero, eh, sorpresa, que todo sigue igual.

Algunos días no sé si trabajo para una empresa de software o si trabajo en un taller de mecánicos de los años 80’s (con perdón de los mecánicos). En todo curro de tecnológicas por el que he pasado abrías el chat de los compañeros del proyecto en el que estás trabajando y lo más blando que te encontrabas eran fotos de chicas desnudas, lo más normal era porno duro, incluso zoofilia y comentarios de “le daba” y “jajaja”, sobre todo mucho “jajaja”. El problema principal de una empresa como Google no es que varios machistas distribuyan un manifiesto por su email de empresa, el problema es que estoy convencido de que abres su chat del trabajo y están igual que aquí, que los escuchas a la hora del café hablando de las tías que han visto de la empresa que ha abierto sus oficinas cerca y que incluso ya les tienen puesto algún mote a todas las que han visto, que tienen una extensa batería de chistes machistas que en poco tiempo ya te sabes de memoria de tantas veces que los dicen y de tan predecibles que son, que expresiones como “a fregar” son muy utilizadas. Es que además tratas de hablar con ellos de algún tema que no tiene absolutamente nada que ver con el sexo, pongamos, por ejemplo, impresoras que veo que están muy de moda, y en un absurdo giro de perversión sin igual ya encuentran cómo sexualizarlo.

Como veis, la solución a esto no pasa por concienciar a que chicas jueguen a los Legos ni que aprendan a programar con 5 años, sino pasa por crear una asociación que enseñe a dar collejas con la mano abierta justo a tiempo. Sí, una asociación en la cual las niñas desde muy pequeñas aprendan a dar collejas dolorosas, de las que pican mucho y su efecto dura un par de horas, a los chicos que ellas crean que serán futuros trabajadores en tecnología. Puede que en algunos casos también actúen sobre los futuros pocos tipos inocentes que queremos un ambiente laboral normal y humano, pero soy más que consciente que es un mal menor, un mero un daño colateral, comparado con décadas escuchando los mismos chistes y gracietas machistas una y otra y otra y otra vez. Así cuando llegue el momento del primer curro de esos chicos y se encuentren a un tipo de 50 tacos (sí, de los que ahora tienen entre 25-40 años) haciendo el Arévalo de la vida lo tratarán como a un bicho raro.

Puede que algunas personas me lean ahora mismo con caras raras, pero esas personas deberían saber que esa cara es justo la misma cara rara que yo pongo cuando alguien me dice que todo esto se soluciona enseñando a programar Java a las niñas de 5 años, cuando el que pasen estas mierdas NO es problema de ninguna mujer. Porque si la solución al machismo es que las mujeres ocupen espacios en los que en el segundo 0,01 se les dirían “a fregar” (“pero que es broma, mujer”) y que se queden ahí las pobres aguantando como un objeto inanimado soltando una risita a las opiniones/conversaciones/chistes de esos tipos que luego, en privado en una conversación con otro/s chico/s, con suerte dirán de ella “yo es que para mí, ella es como un tío”, pues como que no me parece una solución muy bonita que digamos. Hasta el momento he trabajado en siete empresas y he conocido sólo a dos chicas que les han plantado cara a estos temas, y os cuento cómo han acabado: una ha dejado de trabajar en tecnología, y la otra fue despedida.

Otro taller/conferencia/debate/mesa-redonda no soluciona estas cosas, el enseñar desde pequeñas a aceptar algo que las llevará a un ambiente inaceptable tampoco soluciona estas cosas, el darles un poder de moderadoras en todo ambiente laboral a las chicas y hacer todo lo posible porque no comenzara la caza de brujas contra ellas podría funcionar durante un tiempo (hasta el día que ellas no aguanten más tanto trabajo despreciado y atacado por los machistas de turno), varias dolorosas collejas a tiempo a las nuevas generaciones de señores trabajadores de IT se guardaría en la memoria como si de un mecanismo de defensa se tratase.

El «sentimiento»

Sólo desde el inicio hasta el minuto 1:30.

No me gusta mucho que digamos Jesús Quintero (prefiero a El Risitas) y a Sabina sólo he escuchado lo que ha salido de vez en cuando en la radio, pero me parece interesante lo que cuenta en el primer minuto y medio de su entrevista a finales de los 90’s en la que fue, la hoy día cerrada, Canal 2 Andalucía (también conocida como Canal Sur 2, hoy día en su lugar hay una cadena de Canal Sur con lengua de signos). Sabina en ese fragmento describe al ya típico andaluz moderno, el que detesta todo el exagerado folclore andaluz, el que no quiere saber nada de “la gracia andaluza” (AKA “somos los más graciosos de toda España y del mundo”), el que no dice “Ole, ole”, el que no siente el flamenco como algo suyo sino sólo como un tipo de música, y que no quiere esa egocéntrica Andalucía que tanto se muestra de cara al exterior y que es tan promocionada por partidos como el PSOE-A o por la cadena autonómica Canal Sur.

Desde niño no hablo andaluz y estoy acostumbrado a que me pregunten de dónde soy (por mi falta de acento andaluz o por mi aspecto físico tan poco andaluz), y desde niño no me siento cómodo en los ambientes en los que se promociona con fuerza el andalucismo. Ambientes como ferias de los pueblos en los que alguien sale a un escenario a gritar que somos los más graciosos del mundo, que la de palabras que sólo existen en nuestra tierra (“campero”, “perita”, “cascarilla”), que la de artistas que han nacido aquí y que todo aquel que viva más arriba de Despeñaperros no podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí; ese tipo de ambientes dónde un publico ríe y grita con fervor, esos ambientes de tanto mirarse al ombligo, pues no puedo con ellos. Es por ello por lo que no consigo ver el sentimiento patriótico o nacionalista de mi tierra como algo con lo que uno se pueda identificar.

En los pueblos los jornaleros trabajaban la tierra mientras los señoritos se la jugaban a las cartas en los bares de los pueblos, para luego acercarse, dar una vuelta y contemplar todo lo que era suyo. Jugaban con sus jornaleros y criados como se jugaba en los feudos, pero en el bar al menor golpe de mala suerte los perdían junto a la tierra que se jugaron. Es normal que los jornaleros de los pueblos, durante la república, mataran a señoritos, y que luego cuando Franco los señoritos mataran a tantos jornaleros. Conozco historias de hablar con mis abuelos que vivían en pueblos sobre cómo trabajaban, sobre cómo lucharon porque no querían vivir de la forma de la que vivían y de cómo se rindieron y finalmente emigraron a una ciudad de una provincia que no era la suya pero en la que “hay trabajo”. De cómo pasaron de trabajar para la tierra a trabajar en fabricas que acabaron cerradas por culpa del cambio de modelo hacia el turismo. De cómo tuvieron que darles indemnizaciones por problemas respiratorios, además de luchar desde los sindicatos por un despido digno. Tuvieron la suerte de quedarse en Andalucía, debido a la pobreza en los pueblos, una gran parte de andaluces de su época emigraron a Madrid, Cataluña y al norte de España.

Lo que de verdad no se entiende de Despeñaperros para abajo es que luego vengan los ilustrados con sus discursos políticos a hablarte del PER como si fuera un pecado o lujo en vez de un derecho para los jornaleros por el que, si no lo tienen, deberían luchar. La vida en el campo ha sido siempre muy dura (obvio, si fuera tan fácil muchos no estaríamos encerrados en oficinas y otros no preferirían encerrarse en un gimnasio antes que hacer ese ejercicio físico en su trabajo) y es parte de los pocos trabajos reales que quedan (el que no se investigue tanto en tecnología para el trabajo real es algo habitual, un ejemplo lo podemos ver en que los del Silicon Valley piensan mucho en cómo sustituir a su madre en vez de cómo ayudarla), yo, por lo menos, respeto mucho a las personas que viven de la agricultura y la ganadería porque es algo de lo que no soy capaz de trabajar. Supongo que a los señoritos que nunca se mancharon las manos, ni son capaces de escuchar historias de las personas que sí lo han hecho, en cambio, les encanta dar lecciones y declarar qué es pecado y qué no, y que mucha gente les escuche y les crean y sigan al pie de la letra el “Como yo no lo tengo, nadie debería de tenerlo”. Espero, por el bien del humanidad, que lo que se hace con los becarios no se llegue jamás a ser lavado con ese discurso.

A día de hoy el campo andaluz no tiene tanta juventud como antaño y, curiosamente, lo primero que se piensa desde fuera es que la gran mayoría trabaja en el campo. Que si tomamos siestas continuamente, a pesar de que, en realidad, a la hora de la siesta estamos trabajando en oficinas. Que si vivimos como reyes, cuando cobramos menos que en las grandes ciudades y pagamos igual gracias al tema del turismo. Pero cuando entras a Torremolinos, Mijas o Marbella no ves ni oyes la Andalucía que te esperas, como tampoco ves ni oyes España, ves otra cosa. Porque, realmente, a la pregunta de quiénes somos no se puede responder fácilmente, porque somos muchas culturas (y hay muchos tipos de acentos diferentes incluso entre dos pueblos) que chocan contra la cultura que viene de Sevilla, la que nos quiere unificar en un sentimiento andaluz que a muchos nos resulta entre poco creíble, con acentos demasiado forzados y con gestos demasiado exagerados.

Cuando me pregunta alguien qué pienso del nacionalismo catalán o del nacionalismo vasco suelo contestar que no lo sé y que no puedo entender nada de eso porque no lo he vivido. Tengo familiares en Cataluña y su vida es de lo más normal, tengo amigos que emigraron a Cataluña y no les contó integrarse e incluso aprendieron catalán. Siempre han habido fachas nacionalistas que les han discriminado por ser andaluces, pero ellos siempre suelen aclarar que esos fachas son una minoría. Como he contado antes, en Andalucía hay gente que viven demasiado su nacionalismo y su sentimiento, y no veo porqué no pueda pasar eso mismo fuera de Andalucía, al igual que me imagino que puede pasar que haya quién nunca lo sienta pero que se identifique cuando notan que sus vecinos están siendo atacados y reaccionen en defensa de su tierra. Pero es sólo lo que me imagino, porque realmente no lo sé y nunca lo sabré porque no deja de ser un sentimiento, puede que no sea todo reducible a un mero “fuera de aquí, no se podrá entender jamás nada de que es lo bueno de aquí” o puede que sí. No lo sé.