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Burla

Es primavera, me subo a un autobús y siento ganas de vomitar.

Siempre me pasa lo mismo los tres primeros días de tratamiento con la cetirizina. Los mareos vienen y se van. A veces te caes y otras no sabes si aún te mantienes en pie.

Un señor, al verme, se acerca y me pide que me siente. Le digo que será sólo un rato, que se me pasará en seguida. Y, mientras me siento en el que era el lugar del señor, al ver tantas miradas de preocupación, pienso que ya me dará igual si vomito. Al menos todavía no me he caído.

Una amiga mía suele marearse y caer al suelo inconsciente en los hospitales. A un tío mío le ha pasado en la calle más de una vez. La última vez que le pasó fue conduciendo. Le dio tiempo a parar el coche y a que una señora que pasaba por ahí le reanimará.

Imagina que, de repente, te pasa algo grave de lo que no se puede culpar a nadie, y dependes de alguien desconocido que pase por al lado tuya. Eso es lo que me está pasando ahora mismo. Mientras la bilis baja voy mirando al cristal delantero. Pienso en no mirar ni los laterales ni los traseros en todo el viaje.

– Ya mismo pasamos por el ambulatorio. Te lo digo por si necesitas un médico.

Le digo que lo que necesito es que mi cabeza y mi estómago se calmen de una vez. He ido al médico muchas veces y esas pastillas son las únicas que me funcionan con la alergia. Son tres días de mareos, si logro pasarlos, ya no tendré mareos hasta que vuelva a dejar la cetirizina y otra vez vuelva a tomarla, es decir, cuando comience la primavera del próximo año.

Cuando me preguntan qué tipo de alergia, contesto lo mismo que mi médico me dijo para evitar mandarme al especialista: alergia al polen mezclado con la contaminación y la humedad. A veces pienso que nunca me he llevado bien con la primavera y es normal que seamos enemigos naturales. No puedo con todo ese polen y las abejas y avispas.

Las abejas y las avispas me dan miedo desde niño y más cuando me enteré que las avispas podían usar el aguijón más de una vez. Pero a veces cuento el número de abejas y avispas que me han herido y lo comparo con el número de personas que lo han hecho, y sale que el número de personas es notablemente superior. Quiero decir, es irracional, debería temer a las personas más que a las abejas y avispas.

Luego está lo de la advertencia de que no desespere. Cuando eres adulto y maduras sabes que tu vida es una mierda, que siempre lo ha sido y que seguramente lo será en un futuro, y te resignas y sigues con tu vida de mierda porque sabes que la alternativa es morir y, aunque no tengas miedo a la muerte, te importa seguir vivo/a. Piensas que, total, la vida te ha dado buenos momentos al igual que malos momentos, y es que ya no vivimos en árboles ni nos matan salvajemente tigres y leones continuamente. Nuestra figura paterna del progreso está ahí, sabes que la sociedad irá a mejor porque entiendes que el mundo es más seguro que antes (si vives en un lugar en el que te sientes seguro, claro está). Lo sabes y lo entiendes, pero con progreso o sin progreso tu vida será una mierda menos peligrosa o más peligrosa. En resumen, tu vida seguirá siendo una mierda. Y si aceptas que no hay forma de cambiar eso, pero que, después de todo, seguirás adelante por lo que sea (dar por saco, absorber todo el entretenimiento habido o por haber, no dejar en el mundo sola a tal persona, curiosidad por, porque sí y punto,… por lo que sea que te dé las ganas de vivir en ese momento), supuestamente habrás madurado.

Para no madurar puedes hacer cosas para evitar pensar en que tu vida es una mierda o pensar que lo es pero no lo será en el futuro. Conozco personas que se tiran en paracaídas desde un avión para decirse aquí estoy yo burlando a la muerte cuando es la muerte la que se burla de ti. Otros prefieren montar una empresa y decirse que todo saldrá bien y en el futuro serás el jefe, que serás el CEO que dará charlas TED sobre lo fácil que es triunfar en la vida y que pasarás tus días cabalgando sobre una montaña de billetes andante; pero en la realidad, en el mejor de los casos, fracasan e intentan seguir pagando el alquiler y la comida trabajando de siete de la mañana a once de la noche en eso que tanto decían que amaban trabajar. Hay quién prefiere tener hijos y ahorrar para mandarlos a la universidad inglesa más cara que puedan y confiar en que esa universidad hará algo mágico que los hará salir de la mierda de la que no pueden salir sus padres; pero esa universidad al final no era tan mágica como tanto se anuncia porque la mierda ni se crea ni se destruye, siempre te llega a las rodillas.

Hay quién me dice que no desespere cuando ven que me falta algo del plan de la vida porque en algún momento hago bromas sobre ello. Tu coche, tu pareja estable, tus hijos, tu propia casa y tu trabajo estable. Si te falta algo de eso, alguien te dirá que no desesperes, que todo llega. A veces pienso que no recuerdan cuándo se han caído, y otras pienso que ni saben si aún se mantienen en pie.

Sobrevivo al mareo y el estomago también está en su sitio. Le quiero devolver el sitio al señor, pero insiste en que me quede sentado. Nos enzarzamos en una amistosa discusión sobre quién debe estar sentado y, al final, él gana y me quedo yo sentado hasta que me bajo del autobús y le doy las gracias. Muchas gracias.

Llevo varios meses diciendo muchas gracias o gracias por su tiempo a completos desconocidos. He llegado a esa fase en la que todo lo que diga sale automáticamente. Las respuestas de lo que he hecho en mi vida laboral, lo que espero, el último libro que he leído, la película que más me ha gustado,… Nada está improvisado, no hay pregunta que no haya previsto ya y que no sepa la mejor forma de responderla. Después de eso vuelves a tu casa y sigues buscando. Luego cogen tu carta de presentación, tu CV, la entrevista, las pruebas y los test, y lo guardan en una base de datos bajo un cartel que reza “No desesperes”. Porque la realidad es que nunca buscaban a persona alguna, pero necesitan amenazar a sus empleados con que tienen una base de datos llena de personas dispuestas a quitarles el puesto.

Hay días que quisiera poder desesperarme, pero automáticamente digo que mi mayor defecto es que tengo demasiada paciencia.

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Cicatriz

Como aún no me dejaban entrar en las discotecas tampoco me dejaban pasar el bachillerato, pero eso no importaba porque de todas formas pasé un verano entero encerrado sin ir a la playa con nadie.

Con más de seis puntos en la parte baja del abdomen no puedes atarte los zapatos, ni siquiera puedes pensar en ir al baño sin ayuda. Esperaba que los puntos se cayeran en una semana, pero lo cierto es que tardaron un mes y medio. Los médicos decían que era normal porque aunque no tenía barriga se trataba de una zona complicada.

Mientras estaba ahí tumbado sólo pensaba en el día en que saldría de allí. Una de las cosas que también pensé fue en ese amigo que tenía y al que trataba de ayudar a superar su timidez, pensaba que ese año cumpliría su sueño de estar siempre en casa.

Recuerdo como su padre me decía “por qué no te lo llevas al cine con algunas amigas” con ese tono de aquel hijo alto de ojos azules que pasaba su vida encerrado en su cuarto. Solía pensar que nadie elige a alguien por casualidad, pero como una amiga quería conocerle una vez le dije que sí. Para agradecérmelo mi amigo se pasó toda la sesión pegado a mí, ella me miraba con un “¿qué está pasando?” y me concentraba por no mirarla con un “te lo dije”.

“¿Tu amigo habla?”, me preguntaban como quién pregunta si los perros ladran. “¿Es gay?”, me preguntaban mis padres como quién pregunta si tu perro muerde. Daban igual las explicaciones cuando cada cual tenía una imagen diferente de la situación y la mía era la de alguien que tira de una correa pero el perro no se mueve.

Le daba vergüenza salir a su calle a tirar la basura, por lo que jamás vino a verme durante aquellos meses de verano. No necesitaba estudiar porque el trato era que me aprobarían en cuanto cumpliera los dieciocho, pero él iba a repetir con toda seguridad. Los profesores odiaban su silencio y boicoteaban a todo aquel que se le acercara, llamaban a sus padres y les decían “Procure que su descendiente no se acerque a ése si no quiere que acabe mal”. Cuando les llamaron, los míos dijeron que en todo caso sería la mala influencia para él. Es entonces cuando sospeché que sabían lo de los discos.

En cierta forma hubiera tenido su lógica, poseía una enorme colección de discos de música que me habían regalado amigos que no tenían dinero para eso. Mi amigo, que lo sabía, me bajaba música de Internet, pero lo que me importaba no era la música y jamás podría entenderlo porque era demasiado tímido.

Dado que me había cansado hace tanto de ser el listo, hacer el tonto se me daba bien, pero en aquella cama lo más que podía era pedir por favor que alguien me ayudara a ir al baño. Al principio como no podía sentir nada de cintura para abajo tuve que vomitar tres veces para sacar del todo la anestesia. La primera de las veces que vomité fue cuando mi tío me hablaba de mi prometedor futuro porque le dije que nunca quería pensar en algo así. Lo único que quería era escapar de aquel antro de dolor.

Pero no había forma de escapar, si no me hubieran operado hubiera muerto y lo mejor era no mirar qué había realmente debajo de esas gasas.

Aún tengo la cicatriz y años después una novia que tuve me preguntó cómo me la hice, pero como dan igual las explicaciones cuando cada cual tiene una imagen diferente de la situación, para que no pensara en tiernos bebes con bultos le dije que me la hicieron en una pelea.

Tras la operación no volví a ver a mi amigo hasta que lo encontraron muerto. Me encontraba en la edad de dar tumbos entre conocidos y dejarse llevar por todo y me esforzaba en ello, algo que él jamás podría entender porque era demasiado tímido.

No se molestó en ni llamarme, meramente pasaba los días jugando a videojuegos y viendo series mientras una bandeja de su madre entraba en su cuarto con alguna de sus cuatro comidas diarias. Durante una ola de altas temperaturas su padre lo llevaba a regañadientes a una piscina y un día no salió.

A pesar de que todas las pruebas apuntaban a errores con la mezcla de la piscina, todos los actores implicados se las apañaron para que, como suele pasar, nadie se hiciera responsable de su muerte. Así que no lloré ni una lagrima pero apreté los puños lo más que pude.

Diría que siempre estará en nuestros recuerdos o que me acuerdo de él a menudo, diría otras mentiras, pero la verdad es que nunca más he vuelto a pisar la playa.

La trampa

El uno de febrero a las 21:16 me hicieron decir “heteróclito”.

Cada día a las 15:00 y a las 21:00 durante media hora debo decir delante de una cámara lo que me escriben que diga. No cavo en una mina, no construyo una pared, no limpio un edificio, no atiendo llamadas siguiendo un guión,… Sólo comunico siendo una cara visible más de la noticia. Digo lo que hay, digo lo que me escriben que diga, no puedo interferir en ello, lo que piense sobre ello no importa, lo que diga sin cámaras tampoco importa, porque lo que hago no tiene mérito alguno. Como pasa con todo ser vivo, en realidad soy dos personas: la más fácil de sustituir y la insustituible que sólo yo sé que existe.

El tres de febrero a las 21:27 me hicieron decir “malquerencia”.

Tu imagen y tu voz son lanzadas a los televisores y lo único que puedes hacer es seguir leyendo punto por punto, coma por coma. Y pase lo que pase sigue leyendo, lee bien, de forma natural y sin trabas ni interrupciones o vendrán los problemas y sin indemnización.

El cinco de febrero a las 15:17 me hicieron decir “fratricidio”.

Pensé al principio que debían ser ordenes de la dirección, ese clásico aviso de “vamos a por ti”, pero los guionistas decían que no sabían nada, ni siquiera recordaban haber escrito esas palabras. Antes de solía leer dos palabras antes de decirlas, ahora leo tres palabras y visualizo si la cuarta es la trampa. Pasé un día entero en la sala de los guionistas, vigilé cada cambio en el guión que realizó cada persona que accedió al ordenador, pero a las 15:24 de aquel siete de febrero las cámaras me hicieron decir “regicidio”.

Fuera quién fuese, el saboteador o la saboteadora era demasiado ágil. Si, al menos, fueran deportes el tema sería investigado con rapidez, porque en deportes las palabras del guión son casi siempre las mismas (manejo, esférico, toma, deportista,…) luego si hubiera pasado en esa sección el cambio habría sido demasiado brusco, pero mi sección se trataba de las noticias y sucesos, lo cual no era tan medido.

A nadie excepto mí parecía preocuparle/a. Lógico, sólo yo me jugaba el puesto, si en algún momento me trababa o paraba, nadie se fijaría en la dificultad de palabra, pero sí en mi error. Nadie podía salvarme de un Trending Topic, del un millón de visitas al vídeo de youtube con el momento estelar, de las imágenes eslogan con lo que cobro vs mi error, del puñado de comentarios y gifts jocosos y todo sin ningún tipo de misericordia. Lo peor no sería una línea negativa en mi evaluación ni un punto más a favor para que pise la calle. Lo peor sería ese esperar a que sucediese otro algo en TV que hiciera olvidar lo que dije, esperar a que la atención de un ente externo que en teoría es imposible de controlar se desvíe a otro punto condenando mi error al olvido, una espera que dura un promedio de tres días.

El catorce de febrero a las 15:24 me hicieron decir “natalicio”.

La situación se agravó el 16 de febrero a las 21:01 cuando la cámara me pidió que dijera cosas como “el puto optimismo del cabrón del presidente de gob…”. No dije las palabrotas pero mis compañeros las vieron en la cámara y sus caras se congelaron en ese instante. Toda mi parte del guión al completo estaba repleta de palabrotas, lo cual pensé que significaría con toda seguridad el despido de algún guionista y el fin de mi problema. Pero nadie fue despedido porque todas las modificaciones del documento hechas por los distintos autores indicaban que ni uno solo de los guionistas había escrito aquellos tacos.

Pero la cámara siguió dictando groserías al día siguiente. Alguien de arriba sugirió que aunque era un problema que estaban investigando, mi voz aquel día le daba un cierto tono atractivo a las noticias y no sé qué quiso decir con eso hasta el día siguiente. Porque para el día siguiente ya habían pasado tres días.

No paré de preguntar ni de quejarme, pero, como se suele decir en las grandes empresas, debía comprender que mi asunto no era lo más prioritario ni del mayor interés para la cadena. Porque, total, era algo que lograba evitar con un “tono atractivo” que sólo la dirección podía captar. Porque un problema sólo es considerado problema si el trabajo no sale adelante, si el trabajo sale adelante se trata sólo de una barrera más que el o la profesional debe ser capaz de saltar con habilidad. El paso, tan a la última moda, del problema colectivo al problema individual, ese pasar la pelota porque, total, gracias a ti, nunca pasa nada.

Así que las trampas siguieron y siguieron. Palabras difíciles de pronunciar en el discurso, palabras mal sonantes que había que saltarse, dejar el café y tomar una pastilla todas las noches para calmarme y poder dormir. Habían pasado tres semanas y ni yo ni nadie logramos descubrir quién era la persona que saboteaba mi parte del guión, comenzamos a pensar que era la misma cámara que había cobrado vida propia.

La cámara se conectaba a través de la red wifi corporativa con el ordenador. Era indudable que alguien estaba interfiriendo en la conexión, el quién y con qué objetivo no me importaban, porque lo que hacía no tenía mérito alguno. Cuando algunas líneas de mi guión comenzaron a desaparecer, los informáticos me dijeron que vigilarían la conexión, la aislarían y bloquearían todo acceso que no fuera del ordenador a la cámara y de la cámara al ordenador. Pero las trampas siguieron y siguieron.

Cambiar de cámara era una opción, pero resultaba que el equipo directivo quería deshacerse del problema sin coste alguno, así que me pidieron, si no era mucha molestia pero también siempre por el bien de la cadena para que no pudiera rechazar la propuesta, que memorizase el guión. Sin embargo la versión que los guionistas me imprimieron contenía las trampas y cuando fui a la sala de guionistas y puse mis quejas sobre la mesa, ellos abrieron el fichero y se lo encontraron así, modificado. Cuando tratamos de rellenar los huecos nadie se acordaba de qué frase había escrito y ni siquiera la edición del diccionario que teníamos poseía una definición para esas palabras difíciles que nadie sabía qué significaban. Así que, para las 20:00, los guionistas me presentaron un guión escrito a bolígrafo, pero la trampa me miró con esa sonrisa de sorna que tantas veces había visto en ese mes. Exclamaron “¡qué clase de brujería es ésta!” pero para los de arriba seguía sin pasar nada grave.

Cuando empezaba en una nueva cadena tendía a ver mi trabajo como sencillo e ideal. También es cierto que en esa cadena sólo llevaba un año, pero las peticiones de otras cadenas ya me resultaban tentadoras. Bastaba contestar un email o decir sí a una llamada para que toda trampa terminase. Y así fue, hasta que pasó otro año, la trampa volvió y dije sí a otra llamada. Siempre que me piden que me quede, que hay margen para negociar mejor salario o mejores condiciones, hago un esfuerzo para callar mi risa.

Desde la página 200

Libro verde viejo
Todo comenzó por febrero.

Pierre había fallecido tras unos años con demencia senil. No quería comer, ni tomar las pastillas, tenía alucinaciones y estaba como asustado la mayor parte del tiempo, aunque algunas veces tenía momentos de lucidez y soltaba aquello de “hay que ver lo que os estoy haciendo sufrir, no sé qué me está pasando pero soy la desgracia de la familia”. Luego pasó al siguiente estado de momentos de violencia extrema, hubo que retirar todos los cuchillos de la casa y su esposa se fue a dormir a casa de su hijo porque ya no soportaba escuchar “te voy a matar” o “te voy a rajar el pescuezo” cada dos por tres. Su marido nunca le había puesto la mano encima, ni le había insultado ni amenazado jamás, pero esa enfermedad le volvió loco. Finalmente cuando la familia se rindió hubo que llevarlo, por la fuerza, a una residencia, y allí se mantuvo vivo durante un mes. A la semana siguiente de su estancia en la residencia, Pierre no recordaba ni quién era su esposa, ni sus hijos, ni sus nietos. Le visitaban dos veces por semana y él les preguntaba que quiénes eran. La semana siguiente estaba durmiendo de forma tan profunda que ni pudieron despertarlo, pero Pierre seguía con vida. Tras la tercera semana de estancia se lo encontraron atado en su cama, pero igualmente inmerso en un sueño profundo. A finales de la cuarta lo llevaron de urgencias al hospital.

Cuando Pierre murió, comenzó el reparto de las que habían sido sus pertenencias, y lo que nadie quisiera se iría a la basura. Pierre se pasó toda su vida acumulando cosas entre para tener una vida más “cómoda” y el no tirar nada “por si acaso hace falta algún día”, la gran mayoría de esas cosas terminaron en la basura. Sus hijos no querían casi nada, incluso ninguno de ellos quería un gran reloj antiguo que a Pierre le costó meses de sueldo, y el cuál habría sido tirado a la basura de no ser porque la viuda dijo que se lo llevaría a casa de su hijo (donde de ahora en adelante viviría). Ni siquiera querían los álbumes de fotos, los cuales se los quedó también la viuda porque no quería que acabasen en la basura. “Criar hijos para esto”, decía la viuda cada dos por tres durante el reparto.

Puede que no fuera el momento más polémico, pero a la hora de repartirse los libros hubo broncas de todas las maneras posibles que la lengua hablada les permitió. Al final fue la viuda la que decidió con qué libro se quedaría cada cual, según a su juicio lo que hubiera querido Pierre cuando conservaba sus facultades mentales intactas. Ya que desde que tenía la enfermedad parecía ni recordar su afición a la lectura.

Casualmente el hermano más mayor, que casualmente era el hermano más abusón y el ojito derecho de su madre, se llevó la mejor parte de la biblioteca.

Ya en su casa, con la adquisición, el hermano mayor fue observando uno a uno los libros. Uno de los libros no tenía ni título, ni autor. Era un libro fino, a simple vista tendría sobre unas doscientas páginas, tamaño de edición normal y con una cubierta de tela que era de color verde oscuro, y con un pequeño símbolo blanco en la esquina inferior izquierda de la parte trasera del libro, el cual parecía un carácter árabe. Y en la primera página sólo había una frase. Tras leer, por primera vez, la primera página, nunca pasó a la siguiente. Leyó la frase en silencio, el libro cayó al suelo y se cerró de golpe. Y él se quedó sentado en un sillón, mirando a la pared como quién mira al infinito.

Su esposa le preguntó una y otra vez pero él contestaba que no le pasaba nada. Cuando ella fue a coger el libro del suelo para leerlo, él no opuso resistencia alguna. La reacción de ella fue tumbarse en el sofá y quedarse mirando el techo. Y nada más. Se quedó mirando el techo hasta que vino su hija de la universidad, la cual cuando le preguntó qué le pasaba, y le contestó que se fuera a su habitación que seguro que tenía muchas cosas de la universidad por estudiar. Le dijo eso y que no la molestara más.

La hija se quedó pensativa, “¿qué no la moleste? ¿Acaso es tan grosero preguntar ‘cómo estás’ cuando es evidente que te pasa algo?”. Así que en vez de irse a su habitación se fue a la cocina a comer algo. Cuando volvió al salón dijo “¿Cuánto tiempo pensáis quedaros así?”, y el padre “no me pasa nada” y la madre “no me molestes, vete a tu habitación que tienes mucho que estudiar”. Así que puso la televisión en el mismo salón, pero ellos ni la percibían. “Me estáis asustando”, “no me pasa nada”, “no me molestes, vete a tu habitación que tienes mucho que estudiar”.

Así que llamó a urgencias, pero mientras llamaba se dio cuenta de un libro que estaba en el suelo, “¡Incluso han dejado un libro en el suelo! ¡Con lo cuidadosos que son con los libros! ¡Esto es increíble!”. Cuando colgó el teléfono recogió el libro del suelo. Le llamó la atención que no tuviera título, ni autor, así que no pudo evitar abrirlo para ver si en la primera página venía algo. El libro volvió a caer y a cerrarse de golpe. Pero en su caso fue diferente, ella simplemente se encerró en el baño y se quedó mirando fijamente a sus ojos en el espejo.

Los bomberos tuvieron que echar abajo la puerta para que el personal de urgencias entrase. Nadie les abría la puerta, nadie descolgaba el teléfono. La policía también se encontraba fuera y los vecinos no hacían más que asomarse especulando a qué venía tanto alboroto, “no lo entiendo, es una familia normal, ¡y siempre me saludaban!”, decían. Una persona del personal de bomberos vio el libro y tampoco pudo evitar leer la frase de la primera página, los otros, escuchar caer el libro (y, una vez más, cerrarse de golpe) y ver cómo su compañero se sentaba en el suelo y no hubo forma de entrar en razón con él, comenzaron a sospechar. Sólo otro más de ellos leyó la línea en silencio y cayó en la trampa, ninguno de los otros quiso ni tocar el libro y sin embargo sentían como una gran atracción por él. Era como si el libro estuviera eligiendo a su próxima víctima. Así que uno de los bomberos de un puntapie lo lanzó debajo de un mueble, para que así nadie más pudiera caer en desgracia. Tras ello se abrió sola y de golpe la puerta del baño, desvelando que la hija se encontraba allí desangrándose en el suelo y en el espejo, en grande, el símbolo de la esquina del libro escrito con la sangre de cierta vena de su muñeca izquierda. Los enfermeros la asistieron y rápidamente la llevaron al hospital para salvar su vida.

Tras los médicos realizar un rápido examen previo a las personas afectadas, varios psicólogos (uno por afectado) entraron en acción. A pesar de ser de los mejores psicólogos, con varios años de experiencia, les costó dos días lograr que reaccionasen. Lo lograron milagrosamente gracias a una becaria, la cual hasta las narices de estar allí sin hacer nada, a su juicio, de utilidad, realizó, sin querer y sin mala intención alguna por su parte, un sonoro bostezó delante de la mujer tumbada en el sofá. La mujer parpadeó y como si despertase de un mal sueño se inclinó rápidamente hacia delante, pegando la becaria un gran salto hacia atrás para no recibir golpe alguno. La mujer parecía ya encontrarse en un estado normal, salvo que alguna que otras veces se quedaba mirando al vacío, pero tras una semana de terapia ya no quedó secuela alguna. El resto de afectados salieron del trance igual que aquella mujer y también requirieron de una semana de terapia para eliminar toda secuela.

El bostezo había que realizarlo en un determinado tono e intensidad que los psicólogos tuvieron que aprender de la becaria. La becaria patentó su bostezo. Posteriormente el bostezo fue estudiado por los mayores especialistas en campos de biología y psicología, no sin antes pagar grandes sumas de dinero a quién lo patentó.

Nadie tras salir del trance sabía explicar qué decía aquella línea. El primer hombre de esta historia que leyó aquel libro pareció recordar más detalles:

“Recuerdo que esa línea no estaba escrita en lengua alguna que yo conociese. Ni siquiera las letras son las que se usan en lengua alguna que yo conozca, y están escritas a un tamaño de letra normal y justo en la parte de la página donde debería comenzar el texto de una página en mitad de un capítulo cualquiera. A pesar de la barrera del lenguaje entendí a la perfección lo que decía. Era como si fuera mi lengua natal de toda mi vida. No recuerdo exactamente qué decía pero era como… Va a parecer una locura lo que voy a decir pero ¿sabes cómo es esa sensación de que estás mirando algo, lees algo que te choca y que lo ves relacionado con un momento de tu vida o pensando sobre tu vida, y te sientes como abajo del todo? Es como… como si nada tuviera ya sentido. Sientes que no eres lo que querías ser, que no haces las cosas que deberías hacer y que ya hagas lo que hagas da igual. Y te sientes como abajo, como muy abajo de todo. Sientes que lo que te pasa es real y duele. Tras leer aquella línea sentí ese efecto multiplicado por un millón, era como si hubiera sido enviado al mismo infierno, a un lugar donde el miedo y el dolor se fusionaran y estuvieran tan dentro de ti que fueran uno mismo. Es una experiencia que no le deseo a nadie, además que no creo que todo el mundo pudiera sentir esa cosa y querer seguir vivo mientras la siente”

Otra cosa extraña es que los afectados no escucharon bostezo alguno, sino una voz que les decía “¡DES-PER-TAD! ¡DES-PER-TAD!”.

En Cuarto Milenio hablaron en un encendido debate sobre el libro. El lado conspiranoico del debate decía que, según las investigaciones del programa, se trataba de un grimorio que databa de años antes de la escritura griega, que debe haber sido escrito por algún demonio, los aliens o algún ser desconocido y que la primera página invocaba un hechizo maligno. En cuanto al símbolo de la esquina un experto del lado conspiranoico de la mesa decía que significaba “Nabucodonosor II” pero al revés y todo junto (“Iirosonodocuban”) y ése era el nombre del grimorio, “¡Yo no salgo de mi asombro!”, dijo Iker.

Sólo la viuda se atrevió a sacar el libro de debajo de la estantería, diciendo que ella lo había leído en varias ocasiones y no le había pasado nada, que era inmune a sus efectos. También era cierto que la viuda era analfabeta, pero eso ayudó a que la investigación de Cuarto Milenio diera sus frutos, ya que fue la única en pasar de la primera página, de hecho la viuda lo leía al revés. La última página lanzaba un hechizo de escudo contra el hechizo de la primera, la penúltima un escudo contra el hechizo de la segunda,… y así sucesivamente. Pero si leías el libro al revés sólo entendías la mitad final del libro, ya que los hechizos benignos impedían que entendieses lo que decían los hechizos malignos.

Según las investigaciones de los conspiranoicos había 99 hechizos y no se sabía exactamente para qué eran algunos. La viuda dijo que el marido se lo solía llevar a su trabajo a menudo, en especial tras una bronca, “y tras volver del trabajo con el libro en la mano venía con una sonrisa de oreja a oreja”. En aquella empresa, durante el tiempo que Pierre trabajó, hubo 63 casos de depresión con su posterior suicidio, 60 de parálisis cerebral sin recuperación alguna, 4 muertes por enfermedad rara y grave, 3 casos de directivos que murieron por una especie de diarrea crónica y muy dolorosa, 7 casos de gente que murieron porque misteriosamente su estomago devoró sus intestinos delgado y grueso y la laringe,… La empresa nunca investigó todas aquellas muertes, es más logró por todos sus medios de que nunca salieran a la luz. “No queríamos mala publicidad a nuestra marca, y más después de aquel ERE que hicimos que nos montaron una huelga que duró meses ¡Lo que nos costó que se rindieran los hijos de puta! ¡Cómo para despedir a Pierre y que luego largase todo lo que había pasado allí! Y al final para nada, porque como todo el mundo sabe nuestra empresa quebró y tuvimos que darle una paguita hasta que se jubilaran a toda esa gente que trabajó para nosotros”, declaró un ex-directivo. Según algunos testigos algunos días Pierre dejaba, en su sitio de trabajo, el libro abierto por una página elegida por él y llamaba a alguien para que le explicara una cosa, ese alguien leía la línea del libro sin quererlo. Todo indica que tras la jubilación de Pierre hubo más afectados por estos hechizos principalmente gente que despertaban a Pierre de la siesta o trataban de timarle en pequeños o grandes comercios.

Por su parte el lado escéptico argumentó que aquella zona siempre ha sido dada a enfermedades extrañas, tanto físicas como psicológicas, cierto que había en esa localidad toda una fauna de insectos, virus y bacterias casi desconocida, pero también había una gran endogamia en la población desde tiempos muy anteriores a que la familia francesa de la que procedía Pierre llegase. De hecho, decían, varios médicos y psicólogos aún estudiaban algunas enfermedades asombrosas en dicho poblado. “Antes de la llegada de aquel libro, se decía que era debido a fantasmas, antes de eso que si era debido a demonios y brujas; siempre se le hecha la culpa a una absurda creencia cuando la ciencia aún se encuentra hallando la respuesta. Puede que dentro de seis o siete años ya tengamos la respuesta, gracias a las técnicas más innovadoras”. En cuanto a la letra extraña con la que se escribió, un médico del lado escéptico declaró que era la clásica letra que tenían los médicos como él, incluso escribió en riguroso directo una receta para probarlo.

– Y si tanto saben, ¿qué me dicen del símbolo? – preguntó alguien del otro bando.
– Claramente se trata de una mancha cualquiera de pintura blanca.

Dijeron eso y que querían que el lado conspiranoico leyeran unas cuantas líneas de las primeras páginas para probar si lo que decían los que alegaban al pensamiento mágico era verdad. Que hasta que no lo hicieran todo ese lado opuesto de la mesa al completo, no se creerían nada.

La viuda fue la que al final se quedó con el libro, la cual dijo que de tirarlo o quemarlo ni hablar. Que era el libro favorito de su Pierre y se lo había regalado el padre de Pierre cuando se jubiló.

Canción instrumental, con coros y orquestada, nada de gritos ni guitarras.
Perfecta para la noche y a modo de regalo por leer esto.

Extinción

interior de una casa en ruinas
Lentamente se aleja, casi sin mirarla a la cara y le grita que no se lo diga a nadie, que lo que ha pasado es algo que debe quedar entre ellos. Ella dice un tímido que sí doloroso por tal de que se largue, y sí, se va.

Lo primero que hizo cuando se él se largó, fue llorar a lágrima viva. No sabía qué hacer, nadie ni nada le había preparado para algo tan horrible. ¿Qué debía de hacer? Tenía miedo y casi ni conocía a ese hombre, él sabía donde ella vivía, y ese tío tras esto podía ser capaz de todo. Pero él se merecía un castigo y ella una protección, porque ¿qué le aseguraba que no volvería él?

Así que llamó a la policía.

El proceso fue lo peor, el rememorar cada detalle. Pensaba ella que había sido una estúpida por no haberlo visto venir, pero no era de lo que cuentan en las películas. No era un tipo que se escondiera en un callejón con una navaja, lo cierto es que parecía hasta agradable, pero de repente cambió y… en la propia casa de ella. A él no le bastaba, él no se detuvo y lo que pasó fue doloroso. La trató como un trapo, la pegó cuando ella intentó detenerle y cuando ella no pudo defenderse, él fue a más y pasó lo que pasó.

A la hora de testificar no fue difícil recordar cada detalle, pero sí fue difícil contarlos sin llorar. Y luego las pruebas. Y luego firma la denuncia.

Por supuesto que él fue detenido y contó su versión de los hechos, el clásico ella me fue provocando y al final se dejó, las heridas se la hizo sola porque estaba bebida, y como buena borracha se inventa lo que no recuerda y tal y cual. Es cierto que ella estaba bebida pero no tan bebida como para caerse, y menos aún para no recordar algo tan horrible como lo que él hizo, o su amenaza antes de irse de la casa de ella. El análisis de alcohol en ella había dado una cantidad que certificaba que tan borracha no estaba, además que las pruebas médicas indicaban que los moratones y arañazos habían sido producidos. Por no hablar que él ya tenía antecedentes penales por delitos de agresión y violación.

Le retuvieron hasta que se celebrara el juicio. Ella sentía miedo y lo único que quería es que todo acabara de una vez, que se fuera él de su vida. Intentaba recuperarse de todo en un grupo de apoyo, pero resultaba que siempre había alguien que lo había pasado peor que tú, lo que hacía que tu drama no pareciera tal. Lo que causó que se sintiera incomprendida, por mucho que las miembros del grupo de apoyo dijesen que la apoyaban y que ese cerdo merece estar entre rejas, ella sentía como que su dolor sólo era de ella.

Ya apenas salía, y si lo hacía procuraba ser acompañada y a sitios que no fueran los de antes. Compro pestillos para cada puerta de su casa y los puso su padre por mucho que él se negara, argumentando que esto sólo le haría tener más miedo. Lo cierto es que ella había pensado seriamente en obtener una licencia de armas, quería una pistola o algo para poder defenderse. El spray de pimienta le parecía un arma poco eficaz, además de que tenía que acertar en la cara y tener las manos libres, lo cual no habría podido ser en aquel caso que le pasó.

Así que se decantó por llevar en el bolso una larga navaja, además del spray de pimienta. Ante los nuevos objetos optó por comenzar a usar bolsos más grandes que pequeños.

La verdad es que su aspecto estaba cambiando desde entonces, ya no se cuidaba nada, a penas comía (ni para ir sola al supermercado del barrio tenía valor) y se despertaba muchas veces por la noche. Después de una baja a la que había optado por todo este asunto (para recuperarse psicológicamente), había agotado casi todos sus días de vacaciones en el trabajo y estaba pensando seriamente en abandonarlo. Sus padres le habían dicho varias veces que debería mudarse ella una temporada en su casa.

Cuando se celebró el juicio ella no parecía ni ella misma. El pánico de ver la cara de ese hombre era más que evidente. Por muy esposado que estuviera y aunque pareciera en calma, le daba miedo.

Entre el miedo, los nervios al subirse al estrado y el tiempo que había pasado desde entonces (ya casi un año), le fue difícil recordar la historia. La narraba casi a saltos y se le escapaba algún que otro detalle importante.

Su abogado le dijo que estuviera tranquila. La policía daría la versión que ella dio en el acto, por no hablar de los testigos del bar y los ruidos y gritos que sintieron y escucharon los vecinos (los cuales aunque habían escuchado ruidos y se temían algo malo, no se atrevieron en aquel momento hacer algo por rescatarla). Todo completaría la imagen final.

El abogado le contó que lo de ella era algo habitual en las víctimas de crímenes como el suyo. Él le decía que había tener en cuenta, además, que algo tan traumático la mente tiende a olvidarlo, por no hablar que no solemos recordar tantos detalles después de tanto tiempo. Le decía que calma, que todo saldrá bien para ella.

Durante el proceso se acentuaron los problemas psicológicos de ella, y se pidió excedencia en el trabajo hasta que terminase el juicio. Sus jefes ya empezaban a estar hartos de su extraña conducta, pero su responsable más cercano les dijo que ella era muy buena trabajadora y muy responsable, pero que desde que pasó aquel suceso, no rendía tanto. Les dijo que en cuanto acabará el proceso seguro que ella comenzaría a sentirse mejor y retomaría su vida.

Al final volvió a vivir en casa de sus padres. Ellos ya ni se fiaban de lo que pudiera pasarle a su hija, para ellos estaba como loca y querían vigilarla bien, estar con ella en todo momento. Daba la impresión de que en cualquier momento podía agarrar aquella larga navaja que siempre llevaba en el bolso y cortarse las venas, o peor aún tirarse desde la ventana de dónde vivía.

Total ya todas sus amigas se alejaban de ella, en cuando a los chicos no podía acercarse a ninguno desde entonces. Tenía miedo. Seguía asustada.

Bajo su gran indignación a él le condenaron sólo a un año de cárcel. No podía creer que tan poco era para la justicia lo que ese cerdo le hizo a ella. Así va todo, se decía.

Bajo la indignación de todos, ella no quiso recurrir. No quería pasar por esto otra vez. Lo que más deseaba era recuperarse, porque ya comenzaba a darse cuenta de que ella no estaba bien.

Aconsejada por las pocas amigas que conservaba y por sus familiares, decidió dejar su trabajo y mudarse lo más lejos posible de dónde vivía. No quería que dentro de un año él pudiera ir a por ella tan fácilmente. El grupo de terapia le había aconsejado cosas como que intentará ir a los mismos bares para intentar superar su terror, lo cierto es que nunca lo hizo y ya no había tiempo para ello.

Lo cierto es que le costó asentarse en un nuevo sitio y a su nuevo trabajo, en una diferente provincia. A pesar de que era una provincia cercana. Le costó hacer nuevas amistades, es más le costaba confiar en alguien que no fuera otra mujer. Y las pocas veces que practicó sexo voluntariamente con algún chico que le gustaba ya no sentía lo mismo que antes.

No quería pensar en que un cerdo como aquel había destruido su vida, ni que había extinguido todo lo que había en ella, y se esforzó todo lo que pudo. Antiguas amigas la visitaban para apoyarla, ver qué tal le iba y sobre todo si mejoraba; incluso algunas se mudaron cerca de donde ella vivía.

Poco a poco, al final, logró recuperarse, aunque, en el fondo, ella ya nunca sería la misma.

Ella siempre cerraba el periódico cuando llegaba a las páginas de sucesos por si salía la cara de él.

Ed

El día que enterramos al bueno de Ed fue el día en que sus padres volvieron a recuperar la fe en su matrimonio.

Suena raro. Cuando pensé de inmediato esta frase no estaba seguro de que fuera del todo cierta pero es así. Los padres de Ed nunca habían tenido problemas con su hijo, es más demasiado bueno le salio el niño, o eso pensábamos todos.

Ed era sólo uno más de esos chavales que se dedicaban a ir de un lado para otro del pueblo en su bicicleta y volvían a casa a la hora de merendar, para después quedarse un rato tonto viendo la televisión, hasta que se cansaba y hacía sus deberes.

No era un chico imbécil o engreído, ni tampoco se dedicaba a joder a los demás. No, sólo tenía 11 años, ni siquiera había entrado en la edad del pavo. Es más, ni él, ni los otros chicos del barrio, conocían las maldades del mundo de los adultos.

Ed no era más que un chico normal. De esos que hacen alguna trastada por inexperiencia más que por otra cosa, pero cuando eso pasaba bastaba con una regañina a tiempo y ya no lo volvía a hacer.

Tampoco era un tipo sobresaliente. Hacía todo a última hora y le salía bien, al igual que al resto de chavales de su clase, pero no se esmeraba ni se mataba por el trabajo bien hecho. Simplemente el estudio formaba una parte más de su vida.

A veces me pregunto cómo pudo torcerse las cosas tanto en el matrimonio de sus padres. Ed solía decir que se sentía solo, yo le decía que todos alguna vez nos hemos sentido igual, de hecho debemos aprender a soportar dicho sentimiento y seguir. Le dije que debía de pensar en la soledad de los demás y en cómo podían sentirse. Pero nada, para entonces el bueno de Ed no me atendía, supongo que no le interesaba mi opinión si no iba a ser la misma que la suya. Supongo que en las relaciones humanas sólo cuando nuestras opiniones son iguales hay amistad.

Los padres discutían al menos tres veces a la semana, y siempre por chorradas. Que por qué no cortas el césped, que si mira la comida que se te ha quemado, que cómo te has podido cargar esa camisa justo a final de mes, que si… A veces empezaba la madre, otras el padre. Eso le hacía, según el mismo, sentirse solo en su casa. Y cuándo eso pasaba decía que sólo le quedaba la música.

Grande Ed. Ed no parecía rendirse a pesar de todo. Pero un día pasó lo inevitable. De esas cosas que no salen en las noticias para no alarmar a la población, uno de esos accidentes de trafico demasiado horribles para ser contados y en los que sólo muere una persona. Y cuando sólo muere una persona por un accidente de trafico, la mayoría de las veces es como si esa persona no existiera para los medios.

Ed salió del colegio y yo estaba en la otra acera esperándole. Porque solíamos quedar en la parada de autobús en vez de a la entrada del colegio, porque en la parada siempre había más gente, a parte de que teníamos que coger el bus en esa misma parada.

Bueno, pues eso, como decía el bueno de Ed salió del colegio y comenzó a cruzar la carretera sin mirar, pero en ese momento un camión lo machacó. Lo aplastó tanto que lo que quedó de él era sólo una gran mancha de sangre en la calzada, y una masa aplastada de sangre y tripas que se quedó en la rueda del camión dando vueltas y más vueltas, y que fue dejando una huella roja de su carne, vísceras, venas y sangre durante un largo trayecto del camión. Nos quedamos paralizados ante el impacto del suceso, luego vinieron los gritos que nos sacaron de aquel estado de shock.

Era horrible. No pudimos identificar a su asesino. Seguramente era de esos tipos que cuando mataban a un animal por la carretera, para ellos era un leve bache. Seguro que cuando vio la rueda pensó que era otro maldito perro callejero.

Ed. Nunca supimos quién fue tu asesino. Ni siquiera pudimos enterrarte, sólo recogieron lo poco que quedó de ti en la carretera, después de que tantos coches pasasen sobre tu mancha. Ed mezclado con rueda y alquitrán. Recuerdo que te gustaba el olor a gasolina de los aparcamientos, pero no creo que te merecieras este final, Ed.

Tus padres lloraron como nunca pudieron haber imaginado que llorarían. Mi abuela solía decir que ningún padre está preparado para enterrar a su hijo. Tal vez por eso ya no discuten, ya no están al borde de una crisis, sino están unidos, más unidos que nunca por ese hilo del sufrimiento.

El día que enterramos al bueno de Ed fue el día en que sus padres volvieron a recuperar la fe en su matrimonio.

Esa maldita frase debe de ser cierta.

Notas:
Si publico relatos en este blog serán a razón de uno cada seis meses como máximo. Así que no esperéis ver relatos aquí.
Este relato lo he publicado aquí porque quería comenzar este blog de otra forma que no fuera con mi tan repetido relato de “Cosas de la casualidad”. “Ed” lo escribí hace casi un año, no es cómico como “Cosas de la casualidad” pero tiene un algo que me gusta para comenzar un blog como este “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.

Fantasía

“No existen, no existen”, dijo el niño al padre tras escuchar el cuento de hadas.

El padre ya no sabía que hacer, al niño sólo le gustaban las novelas realistas, nada de fantasía.

Odiaba a los dragones, se aburría con las hadas, ponía caras extrañas si le hablaban de brujos malvados,… no soportaba que le hablarán de magia o de algo que no pudiera percibir con los sentidos.

El niño creció y cuando se hizo mayor fue un importante empresario. Sin embargo nunca supo transmitir lo que sentía, jamás pudo amar a alguien, ni siquiera pudo querer a su propio trabajo.

Todo lo despreciaba, nada le inundaba de recuerdos la mente, tampoco había algo que le creará sufrimiento en su mente,… nada ni nadie podía romper su caparazón repleto de cosas empíricas.

Hasta que una primavera su coche le dejó tirado en medio del campo, su móvil se quedó sin batería y nadie pasaba por allí.

Lo encontraron una semana más tarde, en un estado salvaje. Decía que había visto a la hada del bosque y que ella con sus poderes había liberado sus sentimientos de la absurda prisión realista en la que estaban encerrados. “¡Ella rompió la cerradura de la celda!”, gritaba él una y otra vez como un demente.

Nadie le creyó, pero lo cierto es que desde entonces su mirada brilla y antes no.